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sábado, 25 de febrero de 2012

FAUSTO DE GOETHE


FAUSTO
GOETHE (Juan Wolfgang)
Escritor alemán (1749-1832)



En un prólogo cuya acción transcurre en el Cielo y que comienza con un concepto platónico-pitagórico puesto en boca del arcángel San Rafael, el Señor autoriza a Mefistófeles para inducir a la tentación al doctor Fausto, “cuyo espíritu cabalga por los espacios”, según la frase del propio demonio.

     El doctor Fausto, sabio profesor para quien las ciencias no tenían ya secretos, es presentado en su estudio-laboratorio, rodeado de libros, ochentón, anhelante del conocimiento de lo sobrenatural y hastiado del mundo hasta el extremo de pensar en quitarse la vida. El tañido de las campanas que anunciaban la Pascua de Resurrección le hace volver el pensamiento a Dios y desistir del intento suicida.

     Meditabundo y triste, el doctor sale a pasear por el campo con su criado-discípulo, Wagner, y al caer la tarde se le aparece el Diablo en figura de perro, siguiéndole a su casa con ánimo de tentarle. Adoptando la forma humana, le promete devolverle la juventud perdida, hacerle conocer prácticamente el mundo y los goces del amor  - de los cuales Fausto solo tenía conocimiento por los libros-  y revelarle los misterios de la vida futura; y el viejo sabio, a cambio de todo eso, a cambio de poder decir un solo instante que es feliz, consiente en ligarse para siempre a su tentador, al cual firma el pacto con su sangre.




     Mefistófeles empieza por llevar a su protegido a la bodega de Auerbach, donde pasan un rato con alegres compañeros y realiza aquel el prodigio de obsequiar a todos con variados vinos que saca del tablero de una mesa dándole un taladro; después conduce a Fausto a la cocina de una hechicera, y allí le hace beber el filtro que ha de rejuvenecerle y que “le hará ver una Helena en cada mujer que encuentre”. En el perol de la hechicera ve un rostro femenino del cual se enamora, ella es Margarita.

     Ya rejuvenecido el sabio doctor, pasa con su diabólico acompañante a una ciudad en la que encuentra a Margarita, muchacha pobre e inocente, por la cual el artificial doncel se siente inflamado de amor. Tratan de vencer fácilmente la frágil virtud de la casta doncella merced al regalo de unas joyas –suministradas por Mefistófeles- y con la complaciente ayuda de la buena amiga Marta, que presta su casa y jardín para las entrevistas de los amantes, pero Margarita desechando lo material sólo llega a sucumbir a base de atenciones que le solicita a su pretendiente. Fausto proporciona a su adorada un brebaje para que se lo administre a su madre y la haga dormir profundamente, con el fin de que pueda la joven recibirle en su habitación sin peligro de ser sorprendidos, como así se realiza.

     Mas, al salir de casa de Margarita, tropieza Fausto con Valentín, militar y hermano de aquella, el cual pide cuentas al seductor por la deshonra de la inocente muchacha; y Fausto aconsejado y ayudado por el Diablo, provoca y mata al ofendido, huyendo inmediatamente después.

     Mefistófeles conduce a su protegido a la montaña de Harz, donde le hace asistir a un aquelarre. Después tiene Fausto la visión de Margarita presa y condenada a muerte, y obliga a Mefistófeles a llevarle al calabozo de su ex amante y a prestarle ayuda para ponerla en libertad. Pero la joven pecadora –que fue a causa de la muerte de su madre por excederse en la administración del brebaje somnífero y que además quitó la vida al hijo que tuvo como fruto de sus amores con  Fausto-, con la razón trastornada, se niega a seguir a su seductor por una inspiración divina, y, horrorizada, se refugia en un rincón del calabozo mientras Mefistófeles arrastra fuera de allí a fausto, al mismo tiempo que “una voz de lo alto” clama: “ ¡Está salvada!...”



     Finalmente Fausto se convierte en un amo muy rico y poderoso, gracias a haberle regalado el rey una provincia como gratitud a un favor.  Más no se siente feliz, pese a haber ayudado a toda la gente a su cargo con hospitales y mucha ayuda humanitaria. Ciego y anciano maldice de su suerte. Pronuncia la frase final del pacto. Acude Mefistófeles, pero no puede llevarse su alma por existir al final del contrato una cláusula que lo anula en caso de portarse con pureza y benevolencia. Así que finalmente los espíritus que se llevan su alma son los espíritus celestiales.

     Los puntos fundamentales del argumento están tomados de una leyenda medieval.




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