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lunes, 8 de agosto de 2016

HUYÓN El Feto Escapista

HUYÓN
EL FETO ESCAPISTA
Antonio Fco. Rodríguez Alvarado


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     Se dice entre los tzotziles, en Chiapas, del feto que después de dos meses de permanecer en el útero de su madre tiene la capacidad de huir y regresar varias veces al vientre materno por propia voluntad, o bien alojarse en otro vientre. Para escapar puede aprovecharse de la oscuridad, cuando su madre sale a orinar sin tener la precaución de llevar consigo una astilla o tea de pino encendida. La madre ayuna y ruega porque “se pegué”. El ansía de escapar se debe al hecho de que el alma del infante puede haber vivido en la tierra con anterioridad, en lugares alejados. En otros casos, el feto puede ser apartado temporal o permanentemente, a medianoche, del útero de la madre por el mono (tot max) o la mona (me´max). A esta remoción la consideran un “robo”. Si la criatura a sido sustraída por la mona, su verdadera madre tiene su regla y puede procurar un embarazo futuro, si es el simio quien se la lleva, menstruará un mes más tarde y nunca quedará encinta, por haber recibido el “escalofrío” del chango. Con el objeto de evitar el hurto de los changos, ciertas mujeres, sabedoras del secreto, cuando se acuestan o se retiran a descansar se ponen en el vientre los calzones de sus maridos, ya que tales prendas tienen el poder de asustar al mono macho, alejándolo. Algunas mujeres piensan que ante la falta de deseo del feto o inconformidad del alma del mismo de permanecer en sus úteros condiciona a los simios a buscarles otra matriz, aunque en algunos casos, el feto puede desear el retorno al vientre que antes abandonó. Estos hechos indican que la criatura es lista e inquieta (“el hijo del mono macho”), y auguran que será rezador, ´ilol (curandero), o Totilme´il (Padre-Madre, alguien principal). Tomado mayoritariamente de Guiteras Holmes (1965: 98).


     Extraído del Diccionario de Dioses, Demonios y Enfermedades del México Prehispánico, de mi autoría. Inédito.



domingo, 7 de agosto de 2016

ÚTERO MUNDO Antonio Fco. Rguez. A.

ÚTERO MUNDO
Antonio Fco. Rodríguez Alvarado


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     Hay veces que me siento tan sólo, y me agobia la tristeza, pensando si todo el tiempo será igual. No sé si el mundo sea de colores. Para mí todo es tan monótono, que solo aprecio el blanco, negro y gris que me rodea. Y me encierro en mi mundo de penumbras y de sombras, me da miedo asomarme a la luz que desde afuera entra a lastimarme, veo su camino en las sombras que proyecta marcando su andar. No sé si al final del túnel esa luz me atrape para nunca retornar y me da mucho miedo porque la primera vez viajé de la oscuridad a la luz y me lastimó ese destino, del cual huí para refugiarme nuevamente en este mundo que ha sido parte de mí… y del cual nunca debí de haber salido.




sábado, 6 de agosto de 2016

EL FALSO Y PÍCARO CURA. Antonio Fco. Rguez. A.

EL FALSO Y PÍCARO CURA
DIOS APRIETA… PERO NO AHORCA

Antonio Fco. Rodríguez Alvarado

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     Hace muchos años, sería un día como este, con lluvia torrencial debido a la tormenta, en que don Juvenal Sosa, vio casi destruido por completo su pequeño rancho en Juanita, Veracruz. El agua arrancó de raíz todo su maizal, le mató varias gallinas y la más pródiga de sus vacas lecheras. Esperó que acampara el mal tiempo para checar bien todos los daños. Con gran tristeza, no le quedó más remedio que subir sus cuatro vacas en la camioneta para venderlas entre sus conocidos en Acayucan. No le fue cómo esperaba, tuvo que venderlas muy por debajo del costo. Era temprano aún, así que aprovechó para ir a la iglesia y visitar a su gran amigo y pariente el padre Domínguez.

     El padre estaba terminando de dar la misa, diciéndoles a sus feligreses que el diablo había enviado tan atroz tormenta para recordarles a todos de su existencia. –Yo, personalmente, al darme cuenta de ello, empecé a rezar, a pedirle a nuestro Padre Eterno que nos librara de tal maleficio, él me escuchó y me dijo que todo esto sucedió porqué aún quedaban muchos ateos y paganos en todos estos pueblos y, además me dijo: recuerda a tus feligreses que  deben de dar el diezmo para que yo pueda seguir protegiéndolos.

     El padre, levantó la mano para darles su bendición al tiempo que les decía: “Amados hijos míos, podéis ir en paz, la misa ha terminado”.

     Al verse los dos parientes, se dieron un fuerte y jubiloso abrazo. Y como era su costumbre, se fueron al curato en donde fueron recibidos por el rico aroma de la jaiba en chilpachole que “Chonita” había preparado. Sonriendo pícaramente le dijo el padre al primo: -“Ves cómo sufro”, y riendo le contesta don Juvenal: “Primo, cual sufrir… si no hay dolor”. Platicando con gran camarería, les llegó esta vez el estimulante aroma de un café de olla, que “Chonita”  gustosamente les ofreció.

     El padre le pidió al primo que fuera a la mañana siguiente a una ranchería a avisar que por esta vez no podría ir a oficiarles misa. Así que, al día siguiente don Juvenal se presentó muy temprano con la gente de la ranchería y al empezar a decir de que iba de parte del padre, la gente creyó que él daría la misa, era tanta la alegría de la gente que don “Juve” no pudo desengañarlos, y se ofreció a presidir la misa. No sería nada difícil para él, tan acostumbrado a escuchar tantas veces al primo.

     Ya en plena misa, don “Juve” se comportó como todo un profesional, la capilla estaba más llena que nunca puesto que, varios fueron a conocer al “nuevo padre”. Mucho antes de terminar la misa se acordó de la última letanía de su primo y cerró con ella. La gente estaba fascinada con el nuevo padre, el cual tuvo que tardar un par de horas más por tantas confesiones, las cuales él gozó escuchándolas.

     Cuál no sería la sorpresa de don “Juve” cuando miró tanta limosna en los tenates. Y mayor aún, cuando salió y vio que su camioneta la habían cargado con gallinas, cochinos, una vaca flaca, y costales de semillas.

     Lleno de satisfacción, se comprometió a volver a tan agradecida ranchería.


     Ah, pero el agradecido botín, no sería sólo para él, dos días después llegó  el primo a reclamar su DIEZMO.


viernes, 5 de agosto de 2016

EL LAGO Ray Bradbury

El LAGO
Ray Bradbury

     Un cielo a mi medida arrojado sobre el lago Michigan; sobre la arena amarilla, algunos críos gritones botando pelotas; una o dos gaviotas, una madre criticona y yo huyendo de una ola y encontrando este mundo nublado y húmedo.

Subí corriendo por la playa.

Mamá me frotó con una esponjosa toalla.

-Quédate aquí y sécate -dijo.

Me quedé allí y observé cómo el sol evaporaba las gotas de agua de mis brazos. Las sustituí por carne de gallina.

-Hace viento -dijo mamá-. Ponte el suéter.

-Espera que vea mi carne de gallina -dije.

-Harold -dijo mamá.

Me embutí en el suéter y contemplé alzarse y caer las olas sobre la playa. Pero no desmañadamente, sino adrede, con una especie de verde elegancia. Ni siquiera un hombre borracho podría derrumbarse con la misma elegancia que aquellas olas.

Eran los últimos días de septiembre, cuando las olas se vuelven tristes sin ninguna razón. Con sólo seis personas en ella, la playa aparecía demasiado larga y solitaria. Los críos habían dejado de botar la pelota Porque también el viento los ponía tristes, silbando como silbaba, y permanecían sentados, sintiendo avanzar el otoño por la larga playa.

     Todos los puestos de perritos calientes estaban cerrados con maderas doradas, clausurando los olores a mostaza, a cebolla y a carne, del largo y alegre verano. Era como clavetear el verano dentro de una hilera de féretros. Uno tras otro, los puestos bajaron sus toldos, cerraron con candados sus puertas, y el viento llegó y barrió la arena, borrando las millones de huellas de pisadas de julio y agosto. Así era en septiembre, no quedaba nada más que la señal de mis zapatillas de tenis, de goma, y los pies de Donald y Delaus Schabold y su padre bajaron por la curva del agua.

     Cortinas de arena soplaban sobre las aceras, y el tiovivo estaba tapado con lonas, con todos los caballos paralizados entre el cielo y la tierra en sus barras de latón, mostrando los dientes, galopando. Con sólo la música del viento deslizándose a través de la lona.

     Yo estaba allí. Todos los demás estaban en la escuela. Yo no. Mañana estaría de camino hacia el oeste, atravesando en un tren los Estados Unidos. Mamá y yo habíamos llegado a la playa para pasar un último y breve momento.

     Había algo en la soledad que me hizo desear alejarme.

-Mamá, quiero correr por la playa.

-De acuerdo, pero date prisa en volver, y no te acerques al agua.

Corrí. La arena giraba bajo mis pasos y el viento me levantaba. Ya se sabe cómo es eso al correr, los brazos extendidos mientras se siente como velas entre los dedos, causadas por el viento. Como alas.

     Mamá apartada en la distancia, sentada. Pronto no fue más que una mota oscura y yo me encontraba completamente solo. Permanecer solo es una novedad para un niño de doce años. Está acostumbrado a verse siempre rodeado de gente. El único modo de estar solo está en su mente. Por eso es que los niños se imaginan cosas tan fantásticas. Hay tantas personas a su alrededor, diciéndoles lo que tienen que hacer y cómo, que los niños tienen necesidad de escaparse a correr por aunque sólo sea en su mente, para encontrarse en su propio mundo con sus propios valores diminutos.

     De manera que yo estaba realmente solo. 

     Me metí en el agua y sentí el frío en el vientre. Antes, con la multitud, no me había atrevido a mirar. Pero ahora... un hombre serrado por la mitad. Un mago. El agua es así. Se siente como si uno estuviera serrado por la mitad, y que una parte se disuelve como si fuera azúcar. Agua fría, y de vez en cuando una ola que rompe elegantemente, con una ostentación de encajes.

     Pronuncié su nombre. La llamé una docena de veces:

     -¡Tally! ¡Tally! ¡Oh, Tally!

     Es curioso, pero uno espera respuestas a sus llamadas cuando es joven. Uno siente que lo que piensa tiene que ser real. Y, a veces, quizá eso no es tan erróneo. Pensé en Tally, nadando en el agua en el pasado mayo, con sus trenzas colgando, rubia. Se fue riéndose, y el sol caía sobre sus pequeños hombros de doce años. Pensé en el agua que permanecía quieta, en el salvavidas saltando al agua, en la madre de Tally gritando, y en que Tally nunca salió...

     -El salvavidas intentó convencer a Tally de que saliera, pero no salió. El salvavidas regresó con sólo hebras de entre sus grandes dedos huesudos, y Tally desapareció. Ya no se sentaría más frente a mí en la escuela, ni perseguiría la pelota en las losas de la calle las noches de verano. Se había internado demasiado y el lago no le permitiría regresar.

     Y ahora, en el solitario otoño, cuando el cielo era enorme y el agua era enorme y la playa tan larga, yo había bajado por última vez, solo.

     Grité su nombre una y otra vez.

     -¡Tally! ¡Oh, Tally!

     El viento soplaba suavemente en mis oídos, como sopla en la boca de las conchas marinas, haciéndoles murmurar. El agua subió y se abrazó a mi pecho y luego a mis rodillas, y subió y bajó, absorbiendo la arena bajo mis talones.

     -¡Tally! ¡Oh, Tally, vuelve!

     Yo sólo tenía doce años. Pero sabía lo mucho que amaba a Tally. Era ese amor anterior a todo significado del cuerpo y de la moral. Era ese amor que estaba hecho de todos los días calurosos pasados en la playa y de los tranquilos días en la escuela. Todos los largos días de otoño de los pasados años, cuando yo le llevaba los libros a casa desde la escuela.

-¡Tally!

     Grité su nombre por última vez. Tirité. Sentí el agua en la cara y no supe cómo había llegado allí. Las olas no habían subido a esa altura.

     Volviéndome, me retiré a la arena y me quedé allí durante media hora, esperando un destello, una señal, un pequeño indicio que me recordara a Tally. Luego, como una especie de símbolo, me arrodillé e hice un castillo de arena, hermoso y alto, como los que Tally y yo habíamos hecho tantas veces. Pero esta vez sólo hice la mitad. Luego me levanté.

     -Tally, si me oyes, ven y haz tú lo que falta.

     Empecé a caminar hacia la lejana mota que era mamá. El agua avanzó en círculos sucesivos y se mezcló con la arena del castillo, desmoronándolo poco a poco en la uniformidad original.

     No pude evitar pensar que no hay castillos que uno edifique en la vida que alguna ola no desmorone.

     Subí silenciosamente por la playa.

     Un tiovivo, a lo lejos, cascabeleaba débilmente, pero era sólo el viento.

     Salí en el tren al día siguiente.

     Atravesamos los campos de trigo de Illinois. El tren tiene escasa memoria. Pronto lo deja todo atrás. Olvida los ríos de la niñez, los puentes, los lagos, los valles, las casas de campo, los dolores y alegrías. Los va esparciendo detrás y se hunden en el horizonte.

     Mis huesos se alargaron y se cubrieron de carne; mi mente se cambió en otra más vieja; me despojé de lo que ya no era apropiado; cambié la escuela primaria por el instituto, y los libros del colegio por los libros de Derecho. Y entonces hubo una joven en Sacramento y hubo palabras y besos.

     Continué con mis estudios de Derecho. Tenía a la sazón veintidós años y casi había olvidado cómo era el Este.

     Margaret sugirió que nuestro aplazado viaje de luna de miel fuera en esa dirección.

     El tren actúa en dos sentidos, como la memoria. Devuelve rápidamente todas aquellas cosas que uno dejó atrás hace muchos años.

     Lake Bluff, una ciudad de diez mil habitantes, surgió perfilada contra el cielo. Margaret estaba encantadora con su precioso vestido nuevo. Se dedicó a observarme al tiempo que yo miraba mi viejo mundo. Sus fuertes y blancas manos sujetaron las mías mientras el tren se deslizaba en la estación de Bluff y sacaban nuestro equipaje.

     ¡Hay que ver lo que cambian los años los rostros y cuerpos de las personas! Cuando paseamos por la ciudad, cogidos del brazo, no reconocí a nadie. Había rostros que traían recuerdos. Recuerdos de excursiones por barrancos. Rostros con pequeñas risas, procedentes de escuelas primarias ya cerradas, y columpiándose en balancines, y subiendo y bajando en subibajas. Pero no hablé. Me limité a pasear y mirar y llenarme de aquellos recuerdos, como hojas amontonadas en otoño para ser quemadas.

     Pasamos allí días felices. Dos semanas en total, volviendo a visitar juntos todos los lugares. Pensé que amaba mucho a Margaret. Por lo menos pensé que la amaba.

     Era uno de los últimos días y habíamos bajado a pasear por la costa. El año no estaba tan avanzado como aquel de hacía muchos años, pero en la playa se advertían las primeras señales de abandono. La gente se dispersaba, varios de los puestos de perritos calientes habían cerrado y el viento, como siempre, zumbaba.

     Casi vi a mamá sentada en la arena tal como solía sentarse. De nuevo tenía el sentimiento de querer estar solo. Pero no podía decidirme a decírselo a Margaret. Me limité a cogerme a ella y esperé.

     Era tarde. La mayor parte de los niños se había ido a casa, Y sólo unos pocos hombres y mujeres permanecían tomando el sol, acariciados por el viento.

     La barca del salvavidas subió a la orilla. El salvavidas salió de ella con algo en los brazos.
Me estremecí. Contuve la respiración y me sentí pequeño, sólo con doce años, muy pequeño, muy infinitesimal. y asustado. El viento aullaba. No veía a Margaret. Sólo podía ver la playa, al salvavidas emergiendo lentamente de su barca con un saco gris en las manos, no muy pesado, y su cara, casi tan gris y arrugada.

     -Quédate aquí, Margaret -dije, sin saber por qué lo decía.

     -Pero ¿por qué?

     -Quédate aquí, eso es todo...

     Bajé lentamente por la arena hacia donde estaba el salvavidas. El hombre me miró.

     -¿Qué es eso? -le pregunté.

     El salvavidas se quedó mirándome durante un largo rato, sin poder hablar. Dejó el saco gris en la arena -el agua murmuró a su alrededor- y retrocedió.

     -¿Qué es? -insistí.

    -Está muerta -dijo el salvavidas tranquilamente.

     Esperé.

     -Raro -dijo él en voz baja-. La cosa más rara que he visto jamás. Lleva muerta... mucho tiempo.

     Repetí sus palabras.

     -¿Mucho tiempo?

     -Diez años, diría yo-. Este año no se ha ahogado ningún niño. Desde 1933 se han ahogado aquí doce niños, pero recuperamos los cuerpos de todos ellos a las pocas horas. De todos menos de uno, que yo recuerde. Este cuerpo, que debe de llevar diez años en el agua. No es... agradable.

     -Abra el saco -dije, sin saber por qué.

     El viento era más fuere. El salvavidas toqueteó el saco torpemente.

     -Me parece que es una niña pequeña, porque todavía lleva trenzas. No hay mucho más que decir.

     -¡Vamos, ábralo! -grité.

     -Es mejor que no lo haga -dijo, y quizá vio el aspecto de mi rostro-. Era una niña pequeña...

     Abrió el saco lo justo.

     La playa estaba desierta. Solamente el cielo y el viento y el agua y el otoño. La miré.

     Dije algo, una y otra vez. El salvavidas me miró.

     -¿Dónde la encontró? -pregunté.

     -Abajo, en la playa, en agua profunda. Es mucho, mucho tiempo para ella, ¿verdad?

     Sacudí la cabeza.

     -Sí, lo es. Oh, Dios, sí lo es.

     Las personas crecen, pensé. Yo he crecido. Pero ella no ha cambiado. Ella es todavía pequeña. Ella es todavía joven. La muerte no permite crecer ni cambiar. Ella es todavía joven. Todavía tiene el pelo rubio. Será siempre joven, y yo la amaré siempre, oh Dios, la amaré siempre.

     El salvavidas ató el saco de nuevo.

     Pocos minutos después, yo paseaba solo por la playa. Encontré algo que verdaderamente no esperaba.

     -Este es el lugar donde el salvavidas descubrió su cuerpo -me dije a mí mismo.

     Allí, al borde del agua, permanecía el castillo de arena, sólo a medio construir. Tally y yo solíamos hacer castillos. Ella, medio. Y yo, medio.

     Lo miré. Allí era donde habían encontrado a Tally. Me arrodillé junto al castillo de arena y vi las pequeñas huellas de pies que procedían del lago y que volvían al lago de nuevo... y no retornaban nunca.

     Entonces... me di cuenta.

     -Te ayudaré a acabarlo -dije.

     Así lo hice. Construí el resto del castillo muy lentamente y luego, levantándome, me di la vuelta y me alejé para no ver cómo se desmoronaba en las olas, como todas las cosas se desmoronan.


     Volví por la playa hacia donde una mujer extraña llamada Margaret me esperaba, sonriendo...


jueves, 4 de agosto de 2016

MI OTRO YO Gabriel García Márquez

Mi otro yo GGM
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     MÉXICO, D.F. (Proceso).- Hace poco, al despertar en mi cama de México, leí en un periódico que yo había dictado una conferencia literaria el día anterior en La Palma de Gran Canaria, al otro lado del océano, y el acucioso corresponsal no sólo había hecho un recuento pormenorizado del acto, sino también una síntesis muy sugestiva de mi exposición. Pero lo más halagador para mí fue que los temas de la reseña eran mucho más inteligentes de lo que se me hubiera podido ocurrir, y la forma en que estaban expuestos era mucho más brillante de lo que yo hubiera sido capaz. Sólo había una falla: yo no había estado en La Palma ni el día anterior ni en los 22 años precedentes, y nunca había dictado una conferencia sobre ningún tema en ninguna parte del mundo.


     Sucede a menudo que se anuncia mi presencia en lugares donde no estoy. He dicho por todos los medios que no participo en actos públicos, ni pontifico en la cátedra ni me exhibo en televisión, ni asisto a promociones de mis libros ni me presto para ninguna iniciativa que pueda convertirme en un espectáculo. No lo hago por modestia sino por algo peor: por timidez. Y no me cuesta ningún trabajo, porque lo más importante que aprendí a hacer después de los 40 años fue a decir que no cuando es no. Sin embargo, nunca falta un promotor abusivo que anuncia por la prensa, o en las invitaciones privadas, que estaré el martes próximo a las seis de la tarde en algún acto del cual no tengo noticia. A la hora de la verdad, el promotor se excusa ante la concurrencia por el incumplimiento del escritor que prometió venir y no vino, agrega unas gotas de mala leche sobre los hijos de los telegrafistas a quienes se les sube la fama a la cabeza, y termina por conquistarse la benevolencia del público para hacer con él lo que le da la gana. Al principio de esta desdichada vida de artista, aquel truco malvado había empezado a causarme erosiones en el hígado. Pero me he consolado un poco leyendo las memorias de Graham Greene, quien se queja de lo mismo en su divertido capítulo final, y me ha hecho comprender que no hay remedio, que la culpa no es de nadie, porque existe otro yo que anda suelto por el mundo, sin control de ninguna índole, haciendo todo lo que uno debiera hacer y no se atreve.


     En ese sentido, lo más curioso que me ha ocurrido no fue la conferencia inventada de Canarias, sino el mal rato que pasé hace dos años con Air France a propósito de una carta que nunca escribí. En realidad, Air France había recibido una protesta altisonante y colérica, firmada por mí, en la cual yo me quejaba del mal trato de que había sido víctima en el vuelo regular de esa compañía entre Madrid y París, y en una fecha precisa. Después de una investigación rigurosa, la empresa había impuesto a la azafata las sanciones del caso, y el departamento de relaciones públicas me mandó a Barcelona una carta de excusas, muy amable y compungida, que me dejó perplejo, porque en realidad yo no había estado nunca en ese vuelo. Más aún: siempre vuelo tan asustado, que ni siquiera me doy cuenta de cómo me tratan, y todas mis energías las consagro a sostener mi silla con las manos para ayudar a que el avión se sostenga en el aire, o a tratar de que los niños no corran por los pasillos por temor de que desfonden el piso. El único incidente indeseable que recuerdo fue en un vuelo desde Nueva York en un avión tan sobrecargado y opresivo que costaba trabajo respirar. En pleno vuelo, la azafata le dio a cada pasajero una rosa roja. Yo estaba tan asustado, que le abrí mi corazón. “En vez de darnos una rosa –le dije– sería mejor que nos dieran cinco centímetros más de espacio para las rodillas”. La hermosa muchacha, que era de la estirpe brava de los conquistadores, me contestó impávida: “Si no le gusta, bájese”. No se me ocurrió, por supuesto, escribir ninguna carta de protesta a una compañía de cuyo nombre no quiero acordarme, sino que me fui comiendo la rosa, pétalo por pétalo, masticando sin prisa sus fragancias medicinales contra la ansiedad, hasta que recobré el aliento. De modo que cuando recibí la carta de la compañía francesa me sentí tan avergonzado por algo que no había hecho, que fui en persona a sus oficinas para aclarar las cosas, y allí me mostraron la carta de protesta. No hubiera podido repudiarla, no sólo por su estilo, sino porque a mí mismo me hubiera costado trabajo descubrir que la firma era falsa.


     El hombre que escribió esa carta es sin duda el mismo que dictó la conferencia de Canarias, y el que hace tantas cosas de las cuales apenas si tengo noticias por casualidad. Muchas veces, cuando llego a una casa de amigos, busco mis libros en la biblioteca con aire distraído, y les escribo una dedicatoria sin que ellos se den cuenta. Pero más de dos veces me ha ocurrido encontrar que los libros estaban ya dedicados, con mi propia letra, con la misma tinta negra que uso siempre y el mismo estilo fugaz, y firmados con un autógrafo al cual lo único que le faltaba para ser mío es que yo lo hubiera escrito. Igual sorpresa me he llevado al leer en periódicos improbables alguna entrevista mía que yo no concedí jamás, pero que no podía reprobar con honestidad porque corresponde línea por línea a mi pensamiento. Más aún: la mejor entrevista mía que se ha publicado hasta hoy, la que expresaba mejor y de un modo más lúcido los recovecos más intrincados de mi vida, no sólo en literatura sino también en política, en mis gustos personales y en los alborozos e incertidumbres de mi corazón, apareció hace unos dos años en una revista marginal de Caracas, y era inventada hasta el último aliento. Me causó una gran alegría, no sólo por ser tan certera, sino porque estaba firmada con su nombre completo por una mujer que yo no conocía, pero debía amarme mucho para conocerme tanto, aunque sólo fuera a través de mi otro yo.


     Algo semejante me ocurre con gentes entusiastas y cariñosas que me encuentro por el mundo entero. Siempre es alguien que estuvo conmigo en un lugar donde yo no estuve nunca, y que conserva un recuerdo grato de aquel encuentro. O que es muy amigo de algún miembro de mi familia al cual no conoce en realidad, porque el otro yo parece tener tantos parientes como yo mismo, aunque tampoco ellos son los verdaderos, sino que son los dobles de los parientes míos. En México me encuentro con frecuencia con alguien que me cuenta las pachangas babilónicas que suele hacer con mi hermano Humberto en Acapulco. La última vez que lo vi me agradeció el favor que le hice a través de él, y no me quedó más remedio que decirle que de nada, hombre, ni más faltaba, porque nunca he tenido corazón para confesarle que no tengo ningún hermano que se llame Humberto ni viva en Acapulco.


     Hace unos tres años acababa de almorzar en mi casa en México cuando llamaron a la puerta, y uno de mis hijos, muerto de risa, me dijo: “Padre, ahí te buscas tú mismo”. Salté del asiento, pensando con una emoción incontenible: “Por fin, ahí está”. Pero no era el otro, sino el joven arquitecto mexicano Gabriel García Márquez, un hombre reposado y pulcro, que sobrelleva con un grande estoicismo la desgracia de figurar en el directorio telefónico. Había tenido la gentileza de averiguar mi dirección para llevarme la correspondencia que se había acumulado durante años en su oficina. Hacía poco, alguien que estaba de paso en México buscó nuestro teléfono en el directorio, y le contestaron que estábamos en la clínica porque la señora acababa de tener una niña. ¡Qué más hubiera querido yo! El hecho es que la esposa del arquitecto debió de recibir un ramo de rosas espléndidas, y además muy merecidas, para celebrar el feliz advenimiento de la hija con que soñé toda la vida y que no tuve nunca.



     No. Tampoco el joven arquitecto era mi otro yo, sino alguien mucho más respetable: un homónimo. El otro yo, en cambio, no me encontrará jamás, porque no sabe dónde vivo, ni cómo soy, ni podría concebir que seamos tan distintos. Seguirá disfrutando de su existencia imaginaria, deslumbrante y ajena, con su yate propio, su avión privado y sus palacios imperiales donde baña con champaña a sus amantes doradas y derrota a trompadas a sus príncipes rivales. Seguirá alimentándose de mi leyenda, rico hasta más no poder, joven y bello para siempre y feliz hasta la última lágrima, mientras que yo sigo envejeciendo sin remordimientos frente a la máquina de escribir, ajeno a sus delirios y desafueros, y buscando todas las noches a mis amigos de toda la vida para tomarnos los tragos de siempre y añorar sin consuelo el olor de la guayaba. Porque lo más injusto es eso: que el otro es el que goza de la fama, pero yo soy el que se jode viviendo.





¿POR QUÉ? Antonio Fco. Rguez. A.

¡POR QUÉ?
Antonio Fco. Rodríguez Alvarado

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¿Por qué la soledad?
¿Por qué el olvido?
¿Por qué el dolor?
¡Por qué…?


Quiero regresar al pasado
¿Cuánto faltará para el ayer...?
Cuando iluminabas la mañana,
Cuando coloreabas  al mundo,
Y perfumabas  al viento.


Cuando en las noches sin luna
Tu cabellera era una cometa de luz
Que resplandecía la oscuridad.
Y dos luceros parpadeantes
Eran tus verdes  ojos.


Cuando con tu voz y tu sonrisa
Dabas musicalidad y vida
Al mágico entorno
La naturaleza volvía a primaverar
Así fuera invierno...


¿Por qué la soledad?
¿Por qué el olvido?
¿Por qué el dolor?
¿Por qué tu ausencia…?



miércoles, 3 de agosto de 2016

SORPRENDENTE PARTO HAITIANO

SORPRENDENTE PARTO HAITIANO
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     José Seoane Gallo, uno de los más profundos y rigurosos investigadores del arte cubano y de la cultura popular en general, escuchó, entre tantos, para la realización de su libro: El Folclor médico de Cuba, este sorprendente relato de uno de sus campesinos informantes.

     Hace unos cuarenta años yo estaba de mayoral en una colonia en donde casi todo el personal era de haitianos. Un día estaba de parto una mujer, haitiana ella también, y los familiares empezaron a recolectar gente para ayudar a la mujer en el parto. Fuimos doce personas en total las que recolectaron, y todos eran negros y haitianos, menos yo. El partero era también haitiano y prieto de verdad, el negro más prieto que he visto en mi vida. Ya era tarde en la noche y la casa estaba toda en penumbra, porque la única luz que había venía de dos o tres chismosas encendidas que había en una repisita hecha con madera de cajón. El partero y los demás hablaban solamente en patúa, la jerigonza esa que hablan los haitianos, que ellos dicen que es francés pero que los franceses no entienden. Aunque parecía que todo el mundo sabía lo que había que hacer, el partero dio las instrucciones. Yo me guie por las señas que hacía con las manos y lo que no entendí lo pregunté. Entre todos levantamos la mujer para mantenerla en el aire como si estuviera acostada. Unos la cogieron por los muslos, otros por la cabeza, otros por la espalda, y así. El partero se metió debajo de la mujer, entre los muslos; la pobrecita gemía y resoplaba como un toro, de tanto que pujaba y pujaba. Cuando el partero se metió abajo de ella, todo el mundo empezó a pujar también. ¡Partía el alma oír tanto pujido! Aquello duró más de una hora, hasta que el partero consideró que había llegado el momento en que la criatura iba a nacer. Entonces dijo algo en su jerigonza patúa y todo el mundo pareció enloquecer y empezó a dar grandes alaridos y a morder a la mujer por todas partes. ¡La pobre infeliz aguantaba las mordidas como una bestia y se retorcía de dolor en el aire como una culebra! ¡Y al fin parió! ¡Yo nunca olvidaré aquello! La madre y la criatura salieron bien del trance, pero la pobre mujer, cuando ya estaba completamente bien del parto, todavía se estaba curando las mordidas.


Bibliografía.


     El Folclor médico de Cuba. José Seoane Gallo. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, Cuba. 1987.