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domingo, 26 de agosto de 2012

CASAS DE PLACER EN EL VIRREINATO Francisco Santiago Cruz


LAS CASAS DE PLACER EN EL VIRREINATO
Francisco Santiago Cruz



     Pequeña y recoleta era la ciudad de México en los siglos del Virreinato, con sus numerosas iglesias y conventos; con las mansiones lujosamente aderezadas de los ricos señores; con las amplias casas de la burguesía y las humildes viviendas de los pobres.
     La actividad de la ciudad dependía del calendario de las fiestas religiosas; numerosas eran las novenas, los octavarios, los triduos en honor de los santos patronos. Aún quedan por allí ejemplares del calendario dispuesto por don Felipe de Zúñiga y Ontiveros, hábil matemático de la corte y agrimensor titulado por su majestad, de tierra, agua, minas de todo el reino, para el año bisiesto del Señor de 1788. Calendario con los signos del zodiaco, con notas cronológicas, con las fases de la luna, con las fiestas movibles y las de fecha precisa.
     Pero, como todo en la ciudad, no podían faltar las fiestas de tipo mundano, las reuniones, los saraos de la corte, las ferias de barrio. Más estas reuniones no tuvieron lugar tan sólo en las casas citadinas, sino también en las casas de campo de las inmediaciones. Fueron notables los huertos y jardines de San Cosme, San Ángel y San Agustín de la Cueva. La arquitectura en sí de estas casas de campo no tuvo nada que admirarse: en ocasiones lucía la fachada el escudo de armas de su dueño, una o dos hornacinas con motivos religiosos, puerta de madera entablerada y grandes ventanas protegidas de gruesas rejas de madera o de fierro. Mas era en su interior en donde había que admirar la riqueza de los árboles, de las plantas, flores y frutos de las especies más variadas y ricas; cerezas, ciruelas, melocotones, albaricoques, higos, uvas, melones, manzanas, peras, zapotes, guayabas y otras frutas propias de los climas tropicales. Entre las casas de campo o de placer como entonces se llamaban, fueron notables las del Marqués del Valle, la una situada en donde estuvo el cementerio inglés y la otra en la antigua Tlaxpana.
     El padre Betancourt, en su Teatro Mexicano, al comentar los alrededores de la ciudad de México, tuvo a bien escribir:
     “Todo lo más de la comarca, en cinco leguas en contorno, está poblada de huertas, jardines y olivares, con casas de campo que los ricos de la ciudad han edificado para su recreo: en San Agustín de las Cuevas, paraíso occidental, donde se compiten con gastos excesivos los dueños de las huertas, a cual más curiosa la tiene, con intervenciones de agua que entretienen; donde la Peña pobre, con lo rico de sus aguas, abastece la huerta del Tesorero de la Casa de Moneda; hace salir de sus casillas para verla aún a los más serios: Cuyuacán, Mixquac y Tacubaya, donde el olivar del Conde de Santiago, aunque con los aceitunos y olivares todo es uno, precede a todos los olivares como solo; las lomas, y quebradas en tiempo de verano son vistosas, con arroyos de agua tan sonoros, y florestas de flores campesinas”.
     Mas si de viejos textos se trata, citemos aquí un curiosísimo texto de una información del año de 1556, en que un vecino declara que: “Muchas personas se iban a las huertas desde la mañana hasta la noche y muchas de ellas sin oír misa y otras personas estaban tres y cuatro días en sus regocijos y pasatiempos, sin tornar a la ciudad, donde se hacían ofensas a Dios nuestro Señor”.
     Hasta aquí estos curiosísimos relatos que con la venia del bondadoso lector hemos citado. Pero no siempre ocurrían en las casas de placer esta clase de regocijos y pasatiempos: servían también como retiro, fuese para entregarse a la lectura o bien para buscar la salud, a la sombra de las frondas de los árboles, en el deleite de los frutos, o bien en el goce de las flores de la tierra de primavera y verdor.

     Los que contribuyeron a los progresos rápidos de la agricultura fueron sobre todo los frailes misioneros. Las huertas de los conventos y de los curatos eran almácigos de donde salían los vegetales útiles, recientemente aclimatados.


Francisco Santiago Cruz. La Conquista Florida. Flores y frutos en la historia de México. Primera edición 1973. Editorial JUS, México, D. F.

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