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viernes, 6 de mayo de 2016

CHISPAS Antonio Fco. Rguez. A.

CHISPAS…
Antonio Fco. Rodríguez Alvarado

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Eres una mujer de fuego
De inquietas chispas,
De volátiles chispas,
Chispitas
Tan seductoras y lindas…

Cómo el danzar de tu cuerpo
Qué me transporta
En un terebrante y
Sensual vaivén
Que nunca termina.


AMO LO QUE ME HACES SENTIR Gloria Echeagaray Blancarte

AMO LO QUE ME HACES SENTIR
Gloria Echeagaray Blancarte



Amo lo que me haces sentir
Una nueva forma de amar
Lentamente te apoderaste de mí.

Me enamoré de tu alma
Porque ella me sedujo a mí
Somos un mar de letras
Un mar de pasión.....


GREB

jueves, 5 de mayo de 2016

EL ALMOHADÓN DE PLUMAS Horacio Quiroga

EL ALMOHADÓN DE PLUMAS
Horacio Quiroga

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Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. El, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

     Durante tres meses--se habían casado en abril--vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía en seguida.

     La casa en que vivían influía no poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso--frisos, columnas y estatuas de mármol--producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

     En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.

     No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin, una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.

     Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma detención, ordenándole calma y descanso absolutos.

     --No sé--le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja.--Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme en seguida.

     Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio.
     Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.

     Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

     --¡Jordán! ¡Jordán!--clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

     Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.

     --¡Soy yo, Alicia, soy yo!

     Alicia lo miró con extravío, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.

     Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte.

     La observaron largo rato en silencio y pasaron al comedor.

     --Pst...--se encogió de hombros desalentado su médico.--Es un caso serio... poco hay que hacer...

     --¡Sólo eso me faltaba!--resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.

     Alicia fue extinguiéndose en subdelirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas olas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza.

          No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.

     Perdió, luego, el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.

     Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.

     --Señor--llamó a Jordán en voz baja.--En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.

     Jordán se acercó rápidamente y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchas de sangre.

     --Parecen picaduras--murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.

     --Levántelo a la luz--le dijo Jordán.
     La sirvienta lo levantó, pero en seguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.

     --¿Qué hay?--murmuró con la voz ronca.

     --Pesa mucho--articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

     Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó la  funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós:--sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

     Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca--su trompa, mejor dicho--a las sienes de aquella, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.

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     Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no  es raro hallarlos  en los almohadones de pluma.



jueves, 28 de abril de 2016

ANDROGÉNESIS Antonio Fco. Rguez. A.

ANDROGÉNESIS
Relato breve
Antonio Fco. Rodríguez Alvarado










Recuerdo muy bien ese día:
El Universo tenía programado -por decreto- hacer una nueva criatura en nuestro Mundo, y el aleatorio Caos, tan antagónico al Cosmos cómo la cordura y la locura, se interpuso entre la idea y la acción, y fue así que...nació el Hombre.



domingo, 24 de abril de 2016

NEGRA ESTRELLA Antonio Fco. Rguez. A.

NEGRA ESTRELLA
Antonio Fco. Rodríguez Alvarado


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Esa cálida noche tu cuerpo
Impregnado de sudor,
Se insinuaba ante el fino fulgor
De la luna, como una negra estrella,
Emergida de algún oscuro
Universo de pasión.


Las dos esferas de tu pecho,
Como dos mundos en colisión,
Rebotaban en la inmensidad
De mis manos,
Las cuales te atrapaban
Por la órbita elíptica de tu cintura.


Y en el subibaja cósmico
De tus caderas,  mi nave
Se preparaba para explorar
Tus misteriosos y profundos
Agujeros negros que guardan
La sabiduría de la vida
Y del placer…

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Y tus dos pilares,
En gran proeza,
Sostienen y equilibran,
La hermosa galaxia…
De tu ser.




viernes, 22 de abril de 2016

LA AMANTE MORTAL Antonio Fco. Rguez. A.

LA AMANTE MORTAL
Antonio Fco. Rodríguez Alvarado

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Venía muy atento escuchando unos corridos norteños, en lo que manejaba mi vieja camioneta rumbo a Ciudad Juárez, las primeras penumbras de la noche me hicieron extremar más mi atención en el camino. Dos horas después, avizoré unos charcos de color rojo crucificados por huellas de neumáticos. Aminoré la velocidad y penetró a mis narinas el desagradable aroma de la sangre. Me invadió el miedo, me llené de nervios, y un gran escalofrío quedó pegado a mi piel. Empero, continúe manejando. Unos 10 kilómetros más adelante, de reojo, descubrí metida entre la maleza una camioneta policial, estarán cavando, fue lo primero que pensé. Media hora después me percaté de que un vehículo me venía siguiendo, mi corazón empezó a violentar sus latidos, y pese a traer puesto el clima, comencé a sudar.


     El vehículo se emparejó momentáneamente a mi costado izquierdo, me sentí observado, volteé y alcancé a distinguir en la oscuridad el rostro de una mujer. Aceleró y se perdió delante de mí.


     Quedé fatigado con tanta tensión, aparqué en la primera gasolinera, y en lo que cargaban de combustible mi camioneta, me dirigí a tomar un café. Intenté ubicar el momento de riesgo en que me encontraba, cuando una voz femenina junto a mí me preguntó: ¿Qué andas haciendo por acá? E instintivamente le respondí que venía a visitar a unos parientes. La invité a sentarse y ella amablemente se negó diciéndome: -¡Tengo prisa, otra vez será! Y antes de retirarse me sonrió y me dio su tarjeta: Camelia Estuardo, anotando con pluma “Vivo sola, háblame de V a S”. En lo que caminaba a la salida pude contemplarla a mi antojo: Güera, caballona y jamonsona. Unos 30 a 35 años, 10 a 15 más que yo. Todo un bouquet. Mayor aún fue mi sorpresa al ver que se subía al vehículo que me había emparejado momentos antes.



     Ya en Ciudad Juárez, le comenté a mi prima Ana lo que me había sucedido en el viaje. Ella se alarmó, y me dijo: - Es una señora muy peligrosa, ten mucho cuidado, se dice que mata a la mayoría de los jóvenes con los que anda. O en su defecto, son asesinados por el jefe del cartel de aquí, ya que ella es su amante. Entre preocupado y burlón le contesté: -Bien, de ser así, será hasta después de tu boda, todavía me queda una semana de vida.



     Esa noche se me dificultó dormir, imaginaba a la güera dirigiendo la masacre en la carretera; después checar que los cuerpos quedaran bien sepultados, y de ahí seguirme al verme pasar, pensando que yo hubiera visto algo. 



     Dentro del caos de mis fantasías oníricas, se presentó ella vistiendo un negro negligé que resaltaba más el color de su piel, y provocándome con sensuales palabras y con los brazos abiertos, me aventó sobre la mullida alfombra donde hicimos el amor con tanta pasión e intensidad, que quedamos finalmente exhaustos. Fue entonces, que ella se levantó y se dirigió hacia el tocador trayendo una rosa negra la cual me entregó diciéndome: -¡Me has hecho feliz como nunca! En ese momento desperté de mi lúbrico sueño, con la certeza de que esa rosa negra era un regalo premorten.


     -Años después entendí que era en símbolo de agradecimiento y entrega total.



     A partir de ese sueño, el cual sentí tan real, mí cabeza empezó a desvariar, ya no sabía si huir, o enfrentar lo que consideraba mi destino. Mi prima dándose cuenta de lo que me pasaba, me invitaba a ir con ella para "ayudarle" en sus trámites de boda.




     El salón se llenó, mi prima como toda novia recién casada se encontraba feliz, saludando, junto con el novio, mesa por mesa a todos sus invitados. Los músicos tocaban canciones norteñas y melodías románticas. Yo me encontraba sentado solo, disfrutando de la alegría del ambiente, y claro que no dejaba de admirar la belleza de las mujeres del lugar, y ensimismado en mis observaciones, alcancé a escuchar una conocida voz femenina que me dijo: -¡Hola, hoy si tengo tiempo para ti!



martes, 19 de abril de 2016

LA CONCEPCIÓN DE HERACLES (HÉRCULES) Antonio Fco. Rguez. A.

LA 
CONCEPCIÓN DE HERACLES (HÉRCULES)
(Mi versión sobre la astuta Hera)
Antonio Fco. Rodríguez Alvarado

Zeus y Hera


Esa mañana un ruido estruendoso
Despertó a Hera
Toda sobresaltada
De su profundo sueño,
Pensó que los Gigantes
Atacaban el Olimpo,
Pero pronto se dio cuenta
Que eran los latidos
Del corazón de Zeus,
Que sonaban tan colosales
Como los del mismo sol.


Aprovechó que el dios dormía
Para meterse en sus sueños,
Y al leer sus pensamientos
Sintió una enorme rabia:
Zeus soñaba con otra mujer,
La mortal Alcmena,
Esposa de Anfitrión.


Hera preparó su estrategia.
Alcmena esposa fiel
Y doncella aún...
No amancebaba con Anfitrión
Hasta que éste no vengara
La muerte de los hermanos de ella.
La ocasión se presentó, y él salió
Con un ejército a cumplirla.


Zeus consideró oportuno el momento,
Se presentó disfrazado
Como el propio Anfitrión,
Sin saber que previamente
La misma Hera había adormecido
Y hecho invisible a Alcmena.
Disfrazándose como ella
Para recibir al dios.


Alcmena y Zeus


Ella también tenía gran ayuno carnal...
Y esperaba este momento
Con apasionada ansiedad.
Zeus contempló desnuda a la supuesta
Alcmena, quedando atónito
Al ver su piel rosada,
Las redondas, turgentes
Y voluptuosas formas
Que sobresalían de su cuerpo perfecto
Y virginal.
Ella se mantenía virgen...
Y el dios sabía de ello.


Ambos se buscaron,
Con sed y hambre infinita,
La apoteosis sexual
Por el supremo goce
Tras la conquista
De la joya himeneal.
Fue un orgasmo cósmico,
Durante tres noches,
(O por una que valió por tres).
No se sabe de otro igual,
Pues la entrega de uno y otro,
No se repitió jamás.


Cuando el dios se retiró
Extasiado de placer,
Hera pidió a su hija Ilitia,
Que pusiera simiente de él
En la aún adormecida Alcmena.


Alcmena al nacer el hijo del dios,
El cual fue llamado Alcides
O descendiente de Alceo,
Padre de Anfitrión,
Lo dejó abandonado
En las murallas de Tebas.


La diosa Atena, lo recogió
Y lo llevó a Hera para que le diera de comer
Ésta lo amamantó
Y él succionó con tanta fuerza
Que gran parte de la leche
Se regó en el cielo
Formando la Vía Láctea.
La leche de Hera,
Lo volvió inmortal.


Ella tenía sentimientos encontrados:
Por un lado amaba a la criatura
Y por otro lado, reavivaban sus celos
Al recordar que Zeus lo creó
Pensando en otra mujer.
Empero, manifestó su gran amor
Llamándolo Heracles “Gloria de Hera”.


Heracles continúo viviendo
Bajo el regazo de Alcmena.
Y los rencores de Hera,
Escribiendo con sus hazañas una historia
De gloria para las dos mujeres.

Heracles ó Hércules