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viernes, 9 de septiembre de 2016

EL HOMBRE QUE PLANTABA ÁRBOLES Jean Giono

EL HOMBRE QUE PLANTABA ÁRBOLES
JEAN GIONO


Traducción de francés por Olga S. Ricalde de Koehnen La novela de Jean Giono que fue escrita alrededor de 1953, es poco conocida en Francia. El texto se pudo recuperar gracias a que contrariamente a lo que sucede en Francia, la historia ha sido ampliamente difundida en el mundo entero y ha sido traducida a trece idiomas. Lo que ha contribuido también a que se hallan hecho numerosas preguntas alrededor de la personalidad de Eleazar Bouffier y sobre de los bosques de Vergins. Si bien es cierto que el hombre que plantó los encinos es un simple producto de la imaginación del autor; es importante aclarar que efectivamente en ésta región se ha realizado un enorme esfuerzo de reforestación, sobretodo a partir de 1880. Cien mil hectáreas han sido reforestadas antes de la Primera Guerra Mundial, utilizando predominantemente pino negro de Austria y malezas de Europa. Estos bosques son actualmente bellísimos y han efectivamente transformado el paisaje y el régimen de las aguas de esta región. He aquí el texto de la carta que Giono escribió al director del Departamento de Aguas y Bosques, el señor Valderyon, en 1957 haciendo referencia a esta novela.
Querido Señor:
Siento mucho decepcionarlo, pero Eleazar Bouffier es un personaje inventado. El objetivo de esta historia es el de hacer amar a los árboles, o con mayor precisión: hacer amar plantar árboles (lo que después de todo, es una de mis ideas más preciadas). O, si se considera por el resultado; el objetivo es obtener el mismo resultado de nuestro personaje imaginario. El texto que usted ha leído en "Trees and life" ha sido traducido al Danés, Finés, Sueco, Noruego, Inglés, Alemán, Ruso, Checoslovaco, Húngaro, Español, Italiano, Yddish y Polaco. Cedo mis derechos gratuitamente a todas las reproducciones. Un americano me ha buscado recientemente para solicitarme la autorización para hacer un tiraje de 100 000 ejemplares del texto que van a ser repartidas gratuitamente en América (algo que tengo bien entendido y aceptado). La Universidad de Zagreb ha hecho una traducción al Yugoslavo. Este es uno de los textos que he escrito de los que me siento más orgulloso, porque cumple con la función para la que fue escrito. Dicho sea de paso, esta historia no me aporta ningún céntimo.

Si a usted le es posible, me encantaría que pudiéramos reunirnos para hablar precisamente de la utilización práctica de este texto. Yo considero que es ya el tiempo de que hagamos una política favorable al árbol, a pesar de que la palabra política parezca bastante mal adaptada.
Muy cordialmente,
Jean Giono

EL LIBRO

El Hombre que plantaba árboles Para que el carácter de un ser humano excepcional muestre sus verdaderas cualidades, es necesario contar con la buena fortuna de  poder observar sus acciones a lo largo de los años. Si sus acciones están desprovistas de todo egoísmo, si la idea que las dirige es una de generosidad sin ejemplo, si sus acciones son aquellas que ciertamente no buscan en absoluto ninguna recompensa más que aquella de dejar sus marcas visibles; sin riesgo de cometer ningún error, estamos entonces frente a un personaje inolvidable. Hace aproximadamente cuarenta años, yo hacía una larga travesía a pie, en las regiones altas, absolutamente desconocidas para los turistas, en la vieja región de los Alpes que penetra hasta La Provenza. Esta región está delimitada al sureste por el curso medio del Durance, entre Sisteron y Marabeau; al norte por el curso superior del Drome, después de su nacimiento, justo al oeste, por las planicies de Comtant Venaissin y al pie de monte de Mont-Ventoux. Comprende toda la parte norte del Departamento de Bases - Alpes, el sur del Drome y un pequeño enclave de Vaucluse. En el momento en el que emprendí este largo viaje, entre los 1200 y 1300 metros de altitud, el paisaje estaba dominado por desiertos, eran tierras tomadas por la monotonía. Lo único que podía crecer ahí eran lavandas silvestres. Yo pasaba por esta región en su parte más ancha cuando después de tres días de camino me encontré en medio de una desolación sin igual. Acampaba al lado del esqueleto de un pueblo abandonado. Ya no tenía agua. La que me quedaba del día anterior la había utilizado durante la vigilia y necesitaba encontrar más. No pude encontrarla. Las casas, de lo que alguna vez había sido un poblado, estaban aglomeradas alrededor de unas ruinas apiladas, lo que me hizo pensar que en algún tiempo ahí debió haber habido una fuente o un pozo. El arreglo de las cinco o seis casitas de piedra con techos volados y lavados por el viento, y la pequeña capilla daban la apariencia de un pueblo habitado. Sin embargo, cualquier resquicio de vida había desaparecido. Era un hermoso día de junio, pleno de sol, pero en estas tierras sin abrigo, y a estas alturas del cielo, el viento soplaba con una brutalidad insoportable. La fuerza con la que el viento golpeaba las carcasas de las casas era tan violenta como el de una bestia salvaje que es interrumpida durante sus alimentos. Era necesario mover mi campamento. A cinco horas de marcha, no había encontrado agua, ni ningún otro indicio que pudiera darme la esperanza de encontrarla. Por todas partes era la misma aridez, las mismas hierbas leñosas. Me pareció percibir a lo lejos una pequeña silueta negra, de pie. De primera instancia pensé que se trataba de la sombra de un tronco solitario. Por casualidad, me dirigí hacia ella. Era un pastor. Una treintena de corderos yacían sobre la tierra ardiente reposando cerca de él. Me dió de beber agua de su botella, y un poco más tarde él me condujo hasta su casita en una ondulación de la meseta. El obtenía su agua -excelente, por cierto- de un pozo natural muy profundo, en el que él mismo había instalado un malacate muy rudimentario.
Este hombre hablaba poco. Esta es una práctica común entre aquellos que viven solos. Sin embargo, se le percibía como un hombre seguro de sí mismo, confiado en sus convicciones. Me parecía insólita su presencia en estos lugares tan desprovistos de todo. No vivía en una cabañita, sino en una verdadera casa de piedra donde saltaba a la vista claramente que él mismo había restaurado las ruinas con las que se encontró a su arribo. El techo era sólido y estaba bien fijo. El viento que golpeaba las tejas del techo producía un ruido similar al del mar cuando golpea en las playas. Sus muebles y pertenencias estaban en orden, su bajilla estaba lavada, el piso estaba pulcramente trapeado, su rifle estaba engrasado; su sopa hervía en el fuego. Fue entonces cuando me di cuenta de que también estaba recién afeitado, que todos sus botones estaban sólidamente cosidos y que su ropa estaba cuidadosamente remendada, a tal punto, que los parches eran casi invisibles. El compartió su sopa conmigo y después de cenar yo le ofrecí tabaco de mi saquito. Él me comentó que ya no fumaba. Su perro era tan silencioso como él, era amigable sin llegar a ser ruin. Rápidamente entendí que pasaría la noche ahí, el poblado más cercano se encontraba todavía a más de un día y medio de marcha. Más aún, ya había tenido la oportunidad de conocer el raro carácter de los habitantes de esta región. Que por cierto, no era en absoluto recomendable. En las laderas de estas montañas, entre los matorrales de encinos blancos que están en los extremos de los caminos aptos para vehículos, hay cuatro o cinco poblados dispersos, lejos los unos de los otros. Estos poblados están habitados por talamontes que hacen carbón con la madera. Son lugares donde se vive mal; en las garras de la exasperación. Las familias viven unas en contra de las otras, en un clima hostil, de rudeza excesiva, ya sea en el verano o en el invierno, viven amagando su egoísmo aún más por la irracional desmesura en su deseo de escapar de este ambiente. Los hombres llevaban su carbón al pueblo en sus camiones y, después regresaban. Las más sólidas cualidades se rompen bajo este perpetuo baño escocés. Las mujeres cocinaban a fuego lento sus rencores. Había competencia en todo, desde la venta del carbón hasta las bancas de la iglesia; las virtudes se combaten entre ellas, los vicios y las virtudes se arrebatan unas a otras haciendo un revoltijo sin reposo. Hay epidemias de suicidios y numerosos casos de locura casi siempre fatales. El pastor, que no fumaba, saco un pequeño saco y vació su contenido sobre la mesa, formando una pila de bellotas. Se puso a examinarlas una por una, poniendo muchísima atención, separando las buenas de las malas. Yo fumaba mi pipa y le propuse ayudarle. Él me respondió que esto era asunto suyo. En efecto, viendo la devoción y cuidado que ponía a su trabajo, decidí no insistir más. Esa fué toda nuestra conversación durante la noche. Cuando hubo terminado de separar todas las bellotas que estaban en buen estado, entonces las contó y las puso en montoncitos de diez. De esta manera iba haciendo una selección más, eliminando aquellas bellotas que eran muy pequeñas o aquellas que tenían ligeras grietas. Al terminar, una vez más las examinaba gravemente. Cuando tuvo enfrente de él cien bellotas perfectas detuvo su tarea, y entonces nos retiramos a dormir. La compañía de éste hombre me daba paz. Al día siguiente, le pedí permiso para quedarme todo el día con él. Él lo encontró perfectamente natural, o con mayor exactitud, él me daba la impresión de que nada podría distraerlo. Este descanso no me era absolutamente necesario, pero yo estaba intrigado, quería saber más acerca de este hombre. Antes de salir, sumergió en una cubeta con agua el pequeño saco donde había puesto las bellotas que habían sido seleccionadas y contadas previamente con tanto cuidado. Me di cuenta de que su cayado tenía un triángulo de fierro tan grueso como un dedo pulgar y de alrededor de un metro cincuenta de largo. Yo me fuí siguiendo una ruta paralela a la suya. La pastura de sus corderos yacía en el fondo de un pequeño valle. Él dejó el pequeño rebaño al cuidado del perro y subió hacia la derecha donde yo me encontraba parado. Me temía que hubiera venido a reprocharme por mi indiscreción, pero este no fue el caso de ninguna manera. Era su propio camino, y me invitó a acompañarlo si no tenía nada mejor que hacer. Continuamos unos doscientos metros más hacia arriba. Cuando llegamos al lugar que él quería, comenzó a enterrar su triángulo de fierro en la tierra. Este hacía un pequeño agujero en él que el ponía una de las bellotas, que posteriormente cubriría de tierra nuevamente. Él estaba plantando árboles de encino. Entonces le pregunte si la tierra le pertenecía. Él me respondió que no. - ¿Sabe de quién es? Él no lo sabía. Suponía que se trataba de una tierra comunal, o quizás podría ser que se tratara de tierras a cuyos propietarios no les interesara. De esta manera, él plantó cien bellotas con mucho cuidado. Después de los alimentos del medio día, él comenzó una vez más a seleccionar semillas. Creo que puse demasiada insistencia en mis preguntas, porque él las respondió una a una. A tres años de haber comenzado, él continuaba plantando árboles en esta soledad. Él había plantado ya cien mil. De estos cien mil, veinte mil habían germinado. De estos veinte mil, él consideraba que todavía se perderían la mitad, por causa de los roedores o por cualquier otro designio de la Providencia imposible de predecir. Quedarían entonces diez mil encinos que podrían crecer en este lugar donde antes no había sobrevivido nada. Fué en este momento en el que comencé a preguntarme sobre la edad de este hombre. Era evidente que se trataba de un hombre de más de cincuenta años. Cincuenta y cinco me dijo. Se llamaba Eleazar Bouffier. Solía tener una granja en las planicies, donde había vivido la mayor parte de su vida. Había perdido a su único hijo y después a su mujer. Se retiro a la soledad donde acogió el placer de vivir lentamente con su rebaño de corderos y su perro. Él había juzgado que este país se estaba muriendo porque le faltaban árboles. Añadió entonces que no teniendo nada más importante que hacer había tomado la resolución de poner remedio a este estado de las cosas. Viviendo yo mismo en ese momento una vida solitaria, y a pesar de mi juventud, sabía como acercarme con delicadeza a aquellas almas solitarias. Aún así, cometí un error. Fué precisamente mi juventud la que me forzó a imaginar el porvenir en mis propios términos, y en cierta medida también un anhelo en la búsqueda por felicidad. Le comenté que dentro de treinta años estos cien mil encinos serían majestuosos. Me respondió con tal simpleza, que si Dios le prestaba vida, en treinta años él habría plantado tantos otros que estos diez mil serían tan sólo como una gota en el mar. Él había comenzado también a estudiar la propagación de las hayas. Cerca de su casa había instalado un pequeño vivero donde crecía los arbolitos. Los sujetos que había protegido de sus corderos con una pequeña barda, que funcionaba como barrera, estaban creciendo hermosamente. Él estaba considerando plantar también algunos abedules que serían muy convenientes para las partes bajas de los valles, donde aclaro que había en estado latente un poco de humedad que se extendía sobre la superficie del suelo por algunos metros. Al siguiente día, nos separamos.

Al año siguiente la guerra del catorce había comenzado. Yo estuve comprometido en ella por cinco años. Un soldado de infantería apenas y podía pensar en árboles. A decir verdad, todo este asunto no me había dejado ninguna impresión. En lo personal la considere como un hobby pueril, como una colección de timbres y la olvide. Al terminar la guerra me encontré al frente a una pequeña desmovilización y con un gran deseo de tomar un pequeño respiro de aire puro. Sin ninguna otra preconcepción más allá de tomar un nuevo aliento. Fue así que retomé el camino hacia aquellas tierras desérticas. La región no había cambiado. Sin embargo, más allá de ese poblado abandonado percibí a la distancia una especie de neblina grisácea que convergía en las alturas de las colinas como una alfombra. A partir de ese momento no deje de pensar en el pastor que plantaba árboles. Diez mil encinos, me dije: ocupan un gran espacio verdaderamente. Había visto morir a mucha gente durante esos cinco años de guerra, pero no me podía imaginar de ninguna manera la muerte de Eleazar Bouffier, a pesar de que un hombre de veinte años piense que un hombre de cincuenta es ya tan viejo que no le resta más que morir. Él no estaba muerto, en efecto, estaba lleno de vitalidad. Había cambiado la materia de su interés. Ahora sólo tenía cuatro corderos, pero tenía un centenar de colmenas. Se había desecho de los corderos porque amenazaban los retoños de los árboles. Él me comentó entonces que la guerra no lo había distraído en absoluto, como yo mismo me pude dar cuenta, él continuó con su labor de cultivador de árboles imperturbablemente. Los encinos de 1910 ahora tenían 10 años y eran más altos que yo y que él mismo. El espectáculo era impresionante. Yo me quede literalmente privado de la palabra. Como él, no podía hablar más. Pasamos todo el día en silencio caminando por su bosque. Estaba divido en tres secciones, el largo total era de once kilómetros, y en su punto más ancho la sección era de tres kilómetros. Cuando caí en la cuenta de que todo esto había florecido de las manos y del alma de este único hombre solo, sin ningún avance técnico en su herramienta, comprendí que los hombres pueden llegar a ser tan eficaces como Dios en otros dominios además de el de la destrucción. Él había perseguido su ideal, prueba fehaciente de ello era que las hayas habían alcanzado mis hombros y se habían extendido tan lejos como la vista podía alcanzar. Los encinos eran ahora robustos y frondosos, habían ya pasado la edad en la que estaban a la merced de los roedores y en cuanto a los designios de la Providencia, si deseaba destruir la obra creada, se necesitaría de un ciclón. Él me mostró sus admirables parcelas de abedules que databan de cinco años atrás, es decir de 1915; cuando yo tuve que estar combatiendo en Verdún. Él los había plantado en las partes bajas del valle, donde había sospechado, con justa razón, que había humedad justo a flor de tierra. Eran tan tiernos como jóvenes adolescentes, y muy decididos. La creación estaba en el aire, por doquiera, se veía como la sucesión estuviera tomando su propio camino. Él no se preocupaba, se ocupaba. Perseguía obstinadamente su objetivo. Era tan simple como eso. Al descender por el poblado, pude ver agua correr en los arroyos que en la memoria de los hombres, habían estado siempre secos. Era la más extraordinaria reacción en cadena la que este hombre me había dado la oportunidad de presenciar. Estos arroyos secos que en tiempos muy antiguos habían llevado agua, habían vuelto a florecer. Algunos de estos tristes poblados, de los que había comentado al comienzo de mi relato, estaban construidos sobre edificios de antiguas ciudades galo-romanas, donde aún quedaban algunos trazos de estas antiguas culturas. Ahí, los arqueólogos habían encontrado anzuelos de pesca, en lo que en tiempos más recientes habían sido cisternas para abastecer de un poco de agua a estos secos lugares.

El viento dispersaba también algunas semillas. Al mismo tiempo que el agua reapareció, reaparecieron los sauces, las enredaderas, los prados, los jardines, las flores y positivas razones para vivir. Realmente la transformación había tenido lugar de manera tan paulatina que había penetrado y se había instalado en la costumbre sin provocar ningún sobresalto o sorpresa. Los cazadores que subían a la soledad de las montañas para perseguir liebres o jabalíes habían constatado también la presencia de pequeños árboles. Sin embargo, atribuían los cambios a los procesos naturales de la tierra. Esta era la razón por la que nadie había tocado su obra, porque nadie en absoluto había llegado a estar en contacto con este hombre. Era insólito. ¿Quién podría imaginar que en estos poblados y administraciones, que existiera alguien con tal obstinación y poseedor de una generosidad extrema que llegase al punto de ser sublime? A partir de 1920, no dejé pasar más de un año sin ir a visitar a Eleazar Bouffier. Jamás lo ví decaer, ni dudar. A pesar de que sólo Dios sabe los sin sabores que hubo de superar. Para obtener el éxito en su empresa fué necesario superar muchas adversidades y luchar contra la desesperación. Baste decir que durante un año había logrado plantar diez mil arces y todos murieron. Al siguiente año de este suceso, decidió abandonar los arces y volver a plantar hayas. Estas lograron crecer sanas y con mayor esplendor que los encinos. Para tener una idea más precisa del carácter excepcional de nuestro personaje, no hace falta más que recordar que vivía en una soledad total, sí total, a tal punto que hacía el final de su vida había perdido la costumbre de hablar. O quizás: ¿Era que ya no había visto la necesidad de hacerlo? En 1933 recibió la visita de un guardia forestal atolondrado. Este funcionario le advirtió de no provocar fuegos a la intemperie, ya que podría a poner en riesgo el bosque "natural". Fue la primera vez que un hombre le dijera de forma tan pueril que había visto crecer este bosque por sí solo, de manera espontánea. En este tiempo él estaba pensando en plantar hayas en un claro a doce kilómetros de su casa. Para evitar el ir y venir de ese sitio, - ya que para aquel entonces él contaba ya con setenta y cinco años de edad-, estaba ambicionando construir una pequeña casita de piedra en el lugar mismo donde se encargaría de plantar los árboles. Esto fué lo que hizo al año siguiente. En 1935, un verdadero delegado de la administración vino a examinar "el bosque natural". Había con él un personaje importante del Ministerio de Aguas y Bosques, un diputado y técnicos. Se pronunciaron muchas palabras inútiles. Se decidieron hacer algunas cosas y, afortunadamente, no se hizo nada; excepto por una medida verdaderamente útil: se puso al bosque bajo la salvaguarda del Estado, y se prohibió que se viniera a hacer carbón. Era evidente que era imposible no ser subyugado ante la belleza de estos jóvenes árboles plenos de salud. Este bosque ejercía sus poderes seductivos incluso en el mismo diputado. Yo tenía un amigo entre los directores del departamento forestal que estaban en la delegación. Le explique lo que para él era un misterio. Un día de la siguiente semana, fuimos los dos juntos a buscar a Eleazar Bouffier. Lo encontramos en pleno trabajo, a veinte kilómetros del sitio donde se había realizado la inspección anterior. Este capitán forestal no era mi amigo nada más porque sí. Él conocía el verdadero valor de la cosas. El sabía permanecer en silencio. Le ofrecí algunos huevos que había traído conmigo como regalo; dividimos nuestros alimentos en tres y pasamos algunas horas sin decir ninguna palabra, en la contemplación del paisaje.


La ladera donde estábamos estaba cubierta por árboles de seis a siete metros de alto. Yo recordé el aspecto del sitio en 1913: un desierto... El trabajo apacible y regular, el aire lleno de vitalidad de las alturas, la frugalidad, y sobretodo la serenidad de su alma le habían dado a este hombre una salud casi solemne. Era un atleta de Dios. Me preguntaba cuántas hectáreas más él habría todavía de cubrir con árboles. Antes de partir, mi amigo hizo una simple sugerencia concerniente a algunas especies de árboles para las que el terreno parecía especialmente adecuado. Él no insistió más. Por una muy buena razón. Me aclaro después. Este buen hombre sabe mucho más que yo. A una hora más de camino, - esta idea se le había fijado en su pensamiento, y entonces agregó: "Él sabe mucho más que todo el mundo". Él había encontrado un motivo para sentirse orgulloso y feliz. Fue gracias a este capitán forestal que no solamente el bosque fue protegido, sino que junto con él la felicidad de este hombre. Hizo nombrar a tres guardias forestales para la protección de los territorios. Los ubico de tal manera que permanecieran indiferentes a cualquier cantidad de vino que los talamontes pudieran ofrecer como soborno. La obra no estuvo en riesgo grave, salvo en la guerra de 1939; cuando los automóviles comenzaron a entrar por madera, pues nunca había suficiente. Comenzaron a talar algunos de los encinos de las parcelas de 1910. Por suerte, estos bosques están tan lejos de cualquier arroyo o camino que no resultó costeable seguir extrayendo la madera y la compañía decidió pronto abandonar esta extracción. El pastor no vio nada. Él estaba a treinta kilómetros del sitio, y continuaba pacíficamente con su labor, tan imperturbable por la guerra de 39 como lo había estado por la guerra de 14. Ví por última vez a Eleazar Bouffier en 1945. Tenía entonces ochenta y siete años. Yo había retomado de nueva cuenta el camino del desierto, sólo para encontrarme ahora con lo que a pesar de todo había dejado como legado la guerra en esa región. Había un carro que hacía la ruta entre el Valle del Durance y la montaña. Yo me apreste a tomar este relativamente rápido medio de transporte, pues los cambios eran tan grandes que yo no pude reconocer el lugar de mis últimas visitas. Me pareció también que el trayecto me hacía pasar por lugares nuevos. Me vi obligado a preguntar el nombre del poblado, para estar bien seguro que esta era la región que en otros tiempos había visto en ruinas y desolación. El carro me dejó en Vergons. En 1913, en este pequeño caserío había diez o doce casas con tres habitantes. Estas gentes eran salvajes, detestándose los unos a los otros, siempre en eterno conflicto y pillaje. Física y moralmente, ellos parecían hombres prehistóricos. Eran devorados por el contorno de las paredes de las casas abandonadas. Su condición era de total desesperanza. Parecía que sólo estaban esperando a que la muerte los encontrara. Una condición que claramente no los predisponía a cultivar ninguna virtud. Todo había cambiado. Incluso el aire mismo. En el lugar de borrascas secas que en otros tiempos había sido, ahora soplaba suavemente una brisa con dulce olor. Un sonido que recuerda el del correr del agua que cae de las alturas. Pasaba lo mismo con el viento que ululaba entre los árboles del bosque. En fin, lo más asombroso de todo era que se escuchaba el ruido del agua que circulaba hacía un verdadero pozo. Vi que habían construido una fuente, y que había abundante agua en ella; lo que me estremeció más es que junto a esta fuente habían plantado limoneros que tenían por lo menos cuatro años y que ya habían crecido gruesos. Eran un símbolo de la indisputable resurrección. Más aún Vergons mostraba ya signos de trabajo, de aquellos que tienen por condición necesaria la presencia de la esperanza. La esperanza había retornado. Habían limpiado las ruinas, habían tirado las paredes rotas, y habían reconstruido las cinco casas. El poblado contaba ahora con veintiocho habitantes que incluía a cuatro parejas jóvenes. Las casas nuevas, recién remozadas estaban rodeadas por jardines, hortalizas y verduras entremezcladas con malezas alineadas, había legumbres y flores, coles y rosales, puerros y albahaca, apios y anémonas. Era ahora un lugar donde cualquiera estaría encantado de vivir. A partir de este poblado seguí mi camino a pie. La guerra de la que a penas estábamos saliendo, no nos permitía más que reincorporarnos pausadamente a la vida. Sin embargo, Lázaro estaba fuera de su tumba. En los flancos de las montañas ví campos verdes de cebada y de centeno en hierba. Al fondo podía ver algunas praderas que reverdecían. Nos separan ahora ocho años desde que vi a toda esta región florecer con una suave ligereza que resplandecía de verdor. Los despojos de las ruinas que había visto en 1913, ahora mantenían granjas prósperas, que proporcionaban una vida feliz y confortable. Los viejos manantiales eran alimentados por agua de lluvia y nieve que ahora podía ser alojada y retenida por los bosques; el agua volvía a correr recuperando su ciclo natural. Parte del agua se había acanalado. Bordeando a cada granja había arboledas de pinos y arces, los manantiales de agua estaban bordeados por carpetas de mentas frescas. Los poblados estaban siendo reconstruidos poco a poco. Una población venida de las planicies donde la tierra era muy cara llegaron a establecerse, trayendo con ellos juventud, movimiento y espíritu de aventura. Ahora se encuentran por los caminos hombres y mujeres bien nutridos, jóvenes y muchachas que saben reír, y que han retomado el gusto por las fiestas de la campiña. Si reencontramos a la antigua población, ahora veremos que es irreconocible por su dulzura y plenitud por la vida. Contando a los nuevos llegados, tenemos a más de diez mil personas que le deben su felicidad a Eleazar Bouffier. Cuando reflexiono que un solo hombre confiado en sus simples recursos físicos y morales fué suficiente para hacer surgir de un desierto esta tierra de Cannan, me doy cuenta que a pesar de todo, la condición humana es admirable. Pero, cuando hago un recuento de lo que puede crear, la constancia, la generosidad y la grandeza de un alma resuelta a lograr su objetivo, soy presa de un inmenso respeto por aquel viejo campesino sin cultura que a su manera supo como materializar una obra digna de Dios. Eleazar Bouffier murió apaciblemente en 1947 en el asilo de Banon.



jueves, 8 de septiembre de 2016

MUERTE PLATÓNICA Antonio Fco. Rguez. A.

MUERTE PLATÓNICA
Antonio Fco. Rodríguez Alvarado

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Amiga, me provocas 
esa sensación 
de miedo a mí mismo, 
no puedo controlarme, 
cada vez que te veo 
lucho contra mí, 
por no abrazarte, besarte 
y hacerte mía.


Hasta en sueños te deseo. 
Perdona mí osadía.


Lo sé, muero por ti, sin ti. 
Eres mí néctar 
y mí ambrosía. 
Eres todo para mí.


Y además... 
eres mi muerte platónica
pues sin saberlo tú...
muero por ti.



Xalapa, Ver. 08.09.16



martes, 6 de septiembre de 2016

EMBOBADO Antonio Fco. Rguez. A.

EMBOBADO
Antonio Fco. Rodríguez Alvarado

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Xalapa. Una y media de la mañana, pensando en ti, en tus labios carmesí, en tu boca que estimula mis deseos por besarte, en tus ojos cafés que dan ganas de tomar, en tu risa y tu sonrisa que me atrapan como niño, en tus melifluas palabras de sirenas, que mortalmente me atraen, en la perfecta belleza de tu cara que deslumbra como un sol, en la voluptuosidad de tu cuerpo, que como serpiente me hipnotiza. Y aquí me tienes, pendiente de ti, porque me tienes embobado.



REVELACIONES José Joaquín Rincón Chaves

REVELACIONES
JOSÉ JOAQUÍN RINCÓN CHAVES

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Hoy, he despertado un poco inquieto,
Porque en sueños me han visitado,
Unos fantasmas del pasado,
Que de joven-niño fueron mi angustia y mi alegría.
La angustia, de ese amor incipiente,
Con el que uno, no sabe lo que siente,
Y la alegría de tenerle cada instante,
De seguirle paso a paso, sin que cuenta se diera,
Como se sigue la estela de una estrella,
Que fulgura, aun siendo de día.


En mi mente, decía que era mi fe,
Por las letras iniciales de su nombre,
Y guardaba en silencio esa pasión naciente,
Como una braza ardiente,
Que sentía muy adentro,
Y que se desbordaba en el alma,
Como ese bálsamo que semeja felicidad bendita,
Como esas aguas que cristalinas corren,
Por algunos valles y que arrullan los árboles,
Y se arrojan en cascadas y se pierden de vista.


Pero, la realidad, como la madrugada,
Nos despierta de ensueños engañosos,
Por esos días, era pobre en riquezas,
Y la niña- mujer, de sentir orgulloso,
Y tal vez sin querer, se volvió mi sufrir.
La cascada, cristalina y feliz,
Convirtiose en negrura y neblina,
La risa alegre, pasó a ser, angustia que calcina,
Y se perdió la alegría y la cordura
Quedando como un halo, la amargura.


Hoy, he despertado un poco inquieto,
Y recordé los hombros de mi viejo,
Que en un día de ese ayer,
Me sirvieron de apoyo y como Pedro Apóstol,
Me ayudaron a cruzar las calles de mi barrio,
Pues como Cristo desgonzado,
También tuve mi cruz,
Después, a ratos triste, a ratos feliz,
He vivido la vida como la vivo hoy día,
Acompañado de otra estrella refulgente, que dormita a mi lado.


Bogotá D.C.  Enero 22 de 2016



domingo, 4 de septiembre de 2016

NOCHE EN XALAPA Antonio Fco. Rguez. A.

NOCHE EN XALAPA
Antonio Fco. Rodríguez Alvarado

Foto de Internet

En Xalapa, se despidió la tarde con una torrencial lluvia y se anunció la noche con una húmeda cortina de chipi-chipi y neblina. El aire fresco, trae a nuestras narinas el aroma a jazmines de España, a galanes de noche, a citronelas y albahacas. Algún olvidado goteo moja este nocturnal y suave vientecillo y estalla en el piso su sonoro splash. En tanto, beso a beso sorbo mi taza de café caliente, cuyo vapor exhala su sagrada esencia. Es una delicia este momento. Como parafernalia del instante llega a mis oídos el molesto tinnitus de mis queridos grillos. Atempero la sonoridad de las melodías para poder seguir disfrutando la lectura de mis grandes tesoros de palabras,  llamados por algunos... libros.


     Me levanto por otra taza de café y al pasar por el emisor del sonido escucho "Runaway". En automático, me envuelvo en una partícula mágica de la eternidad de mi alma. Cierro los ojos, y me amo...a mí mismo.





viernes, 2 de septiembre de 2016

RUSALKA Nikolai Andrieivich Postélnikov

Rusalka
Memorias humanas y sobrehumanas de la revolución de 1917,
por Nikolai Andrieivich Postélnikov

Rusalka, imagen de Internet 


Soy ruso. Abandoné mi país hace cuarenta años, tras desertar del ejército del que hasta hacía poco era oficial, con el fin de poner a salvo mi vida y eludir mi más que probable ejecución. No he podido volver. Desconozco el paradero y el estado en que se encuentran los familiares que dejé. Evidentemente mis padres habrán muerto. Murieron sin saber de mí. ¡Pobres míos, cuánto habrán sufrido! En cuanto al resto de mi familia, en vano he intentado hacer averiguaciones. Temo lo peor.


No soy político ni historiador, pero me veo obligado a relatar desde el punto de vista de un testigo directo los hechos que desencadenaron una revolución primero y una cruenta guerra civil después, hechos que fueron determinantes de la situación en que nos encontrábamos mi compañero y yo, y que nos forzaron a huir a través de la grandeza de los bosques rusos y de la miseria de los campesinos que encontramos en nuestro camino, en dirección a una promesa de salvación tras cruzar el Mar Negro con un destino prácticamente incierto.

Revolución rusa. Imagen de Internet

Recuerdo con extraordinaria nitidez todo lo sucedido en aquellos días, la nitidez propia de los recuerdos, muchos de ellos supuestamente olvidados, que acuden a la mente de un anciano. Sin embargo viví aquellos días como envuelto en un ensueño, en una bruma que tal vez constituyese una especie de protección que uno mismo confecciona frente a la atroz realidad que le envuelve. Puedo decir que prácticamente desperté un día muy lejos de mi patria y de los peligros que me acecharon.

Cuando estalló la revolución nadie la esperaba, ni siquiera aquellos que posteriormente se adjudicaron el mérito de haberla protagonizado. Por aquel entonces yo era oficial del ejército zarista destinado junto con un modesto destacamento en la ciudad de Belgorod, a unas ochocientas verstas al sur de Moscú. Allí conocí a Iván Ivánovich Nelidovsky, que era mi inmediato superior. Ambos procedíamos de la provincia de Krasnodar. Yo de la misma capital y él de Novorosíisk, ciudad costera del Mar Negro. Iván, de carácter algo arisco y retraído, no gozaba de excesiva popularidad.

Oí que años atrás perdió a su prometida en un accidente de caballo y que desde entonces no había vuelto a ser el mismo. Comprendí su tragedia y mi trato para con él fue, de resultas, más benévolo. Tal vez por eso llegó a tomarme cariño y llegamos poco a poco a convertirnos en inseparables.

La marcha del país iba de mal en peor. A la nefasta política del zarismo se unió la guerra contra Japón, en la que Iván había luchado antes de ser destinado a Belgorod.

Nosotros, los de las familias nobles y ricas, no nos dimos cuenta de la situación hasta el último momento. Éramos por completo ajenos al hambre del pueblo, sobre todo de los campesinos, abrumadora mayoría. Cierto es que habían dejado de ser siervos de sus señores hacía tiempo, pero también es verdad que en la práctica eso supuso poco para su bienestar. Rusia era un gigantesco latifundio feudal, en el que los campesinos gemían de hambre y opresión. En las ciudades la cosa no funcionaba mejor. Cada día cerraban más fábricas y miles de obreros iban al paro. Nosotros desconocíamos la desesperación que debieron de sentir aquellos hombres y mujeres que un mal día se encontraron con que no tenían nada que llevar a casa. Pero de todo esto me hice consciente después. Una pacífica manifestación de familias trabajadoras, encabezada por el pope y enarbolando iconos, se echó a las calles de Petrogrado (hoy San Petersburgo) para suplicar la mejora de sus miserables condiciones de vida y el cese de la guerra. Pero los soldados recibieron orden de responder con fuego a las súplicas de aquellos miles de desgraciados que jamás habían cuestionado la autoridad del zar. Aquel día sería recordado por siempre con el expresivo nombre de "domingo sangriento". Desde entonces se abrió un abismo insalvable entre el poder y el pueblo. Un amago de revolución fue aplastado con contundencia en 1905.
Revolución de octubre Imagen de Internet

Para colmo de penalidades, unos años después, en 1914, estalló la Gran Guerra y Rusia entró de lleno en ella sobreestimando su capacidad. Alemania nos declaró la guerra. Ellos estaban infinitamente mejor preparados que nosotros: nuestro ejército era menos potente y disciplinado; nuestras comunicaciones dejaban mucho que desear. Tras un año de guerra el ejército cosechó derrota tras derrota. Era una carnicería. La moral de las tropas estaba por los suelos, y las deserciones se contaban por miles. Los prófugos se constituían en bandas que asaltaban las isbas de los pobres campesinos y cometían toda clase de infamias contra ellos y sus familias. Se oía que varios oficiales habían sido muertos por sus propios soldados, que se negaban a seguir obedeciendo.

El caos llegó a su punto culminante cuando el zar Nicolás, en contra de la opinión de sus consejeros, dejó Petrogrado para ponerse al frente de los ejércitos. Si su política social había sido un desastre, su labor al frente de la tropa fue devastadora. Desastres en la guerra y desastres en la política, pues los asuntos de Estado habían quedado en manos de la zarina, neurótica y rabiosa absolutista, dominada por el "monje siniestro".

Nicolás II, la zarina y zarevich. Imagen de Internet


Pero de muchas de estas cosas no me enteré sino después. Por aquel entonces las noticias nos llegaban tarde y distorsionadas. Nunca estábamos seguros de cuándo algo era cierto y cuándo era rumor. Un día, en 1917, llegó la nueva de que había estallado la revolución. Los militares, que en un principio fueron el instrumento para reprimir la insurrección, confraternizaron con el pueblo y las guarniciones se amotinaron. Días después el zar se vio obligado a abdicar y a abandonar Petrogrado. Se constituyó un gobierno provisional que no consiguió frenar el caos ni traer paz ni bienestar a los rusos.

Rasputín. Imagen de Internet


A nuestro destacamento llegaban noticias y órdenes contradictorias. Se constituyó el soviet de soldados obedeciendo al gobierno provisional. Soldados rasos y antiguos oficiales entrábamos a formar parte del soviet y las decisiones se tomaban por mayoría.

La situación era completamente insólita.
La situación se fue degradando hasta que en octubre tuvo lugar la segunda revolución. Los bolcheviques, facción de un partido con el agitador Ulianov, que se hacía llamar Lenin, a la cabeza, perpetraron un golpe de estado y derrocaron al gobierno provisional. Bajo las consignas de paz, pan y trabajo se ganaron a buena parte del pueblo. Su idea inicial, que nunca se llevó a cabo, era otorgar todo el poder a los soviets de obreros, campesinos y soldados. Pero con Alemania atacando por un frente, las antiguas naciones aliadas ahora en contra de los bolcheviques y ejércitos "blancos" luchando aquí y allá por restablecer el antiguo orden, Lenin y los suyos concentraron todo el poder y se constituyeron en Comisarios del Pueblo. Se firmó la paz con Alemania, que algunos consideraron inadmisible, pues hubo que ceder territorios que jamás se recuperaron. Sin embargo estalló la guerra civil, alentada por los antiguos aliados, cuyas tropas apoyaban a los generales que querían restablecer el antiguo gobierno, y llegaron a penetrar en nuestro país para derrocar a los bolcheviques y forzar así a Rusia a volver a la guerra contra Alemania.

Así las cosas, para mantener el seguro el gobierno revolucionario, se instauró el terror como medida oficial. Las promesas iniciales de justicia social se fueron al traste.


Se eliminaron definitivamente las  graduaciones en el ejército: todos éramos igualmente soldados y todos compartíamos las faenas de las que antes se ocupaba sólo la soldadesca. ¡Qué desaires hubimos de soportar por parte de nuestros antiguos subordinados, qué insultos! Se constituyó el Ejército Rojo y se nos dio orden de integrarnos en él, bajo pena de muerte. Ésta había sido abolida en un arranque entusiasta, pero esta abolición duró tan sólo tres meses. Se daba libertad para fusilar sobre el terreno, sin juicio previo, a ladrones, desertores y traidores. Esta orden fue el detonante de un terror sin precedentes. Cualquier denuncia o sospecha, fundadas o no, eran más que suficientes para fusilar de forma indiscriminada. El monstruo de la venganza que se esconde detrás de toda revolución no había despertado todavía. Pero muertas definitivamente las buenas intenciones de los Comisarios del Pueblo el monstruo se reveló con todo su horror y toda su crueldad. Pronto comenzaron las purgas. Familias nobles hubieron de ver a los bolcheviques arrancarles de sus propias casas para ser sumariamente ejecutados algunos o todos sus miembros. Miles de seres humanos fueron eliminados sin miramientos, reos de conspiración. La paranoia colectiva veía conspiradores por todas partes. Los soldados descargaban su frustración y su rabia contra sus antiguos oficiales. Se desató el odio contra todo lo que recordaba al antiguo sistema zarista. Quienes tuvieron suerte fueron fusilados. Otros fueron cruelmente linchados, como aquellos cincuenta oficiales de la marina del Mar Negro, que en Sebastopol fueron arrojados a la bahía, en la impunidad de la noche, con los pies atados a planchas de hierro y piedras. Iván y yo pertenecíamos a la casta doblemente maldita de los oficiales procedentes de familias nobles. Asistíamos con desesperación a cada noticia de ejecuciones y purgas, pues la llegada de nuestro turno era cuestión de tiempo.

Y de esta situación enloquecedora, en la que el frío mordía nuestras carnes y el hambre nuestros estómagos, es donde comienza verdaderamente mi increíble historia.

Un día Iván me tomó aparte sigilosamente y me hizo una confesión.
—Lo tengo todo preparado —me dijo—. Pasado mañana, si vivimos para verlo, saldremos furtivamente en la noche. He conseguido ropas de paisano, fusiles, munición... Nos llevaremos dos caballos y hasta un burro de carga. Partiremos al abrigo de la noche en dirección al Mar Negro. En Novorosíisk tengo conocidos que nos facilitarán los medios para cruzar el Mar Negro y alcanzar Turquía, y de allí, Europa.
— ¡Pero es una locura! — le contesté aterrado.— Es noviembre. Si no nos mata el frío lo harán los bolcheviques que encontremos en el camino, o los ejércitos blancos que atacan desde Ucrania, por no hablar de los bandidos sanguinarios que infestan los campos y los bosques.

— ¡No estoy pidiendo tu opinión, Nikolai Andrieivich! ¡Es una orden! No voy a dejar que me atrapen aquí como a una rata, de eso puedes estar seguro. Si he de morir será con el enemigo de frente y empuñando un fusil. Y tú vendrás conmigo, de grado o a la fuerza.

Ignoro en qué forma consiguió mapas, brújulas, palas para la nieve, provisiones, munición, tiendas de campaña... todo lo necesario para nuestro viaje y que fue sustraído, al parecer, poco a poco y desde hacía algún tiempo. Dado el caos reinante no fue advertido el robo, cuyo botín fue ocultado cuidadosamente bajo una enorme pila de leña. El caso es que llegado el día burlamos la guardia ebria de vodka y, con animales hurtados de las cuadras, abandonamos el acuartelamiento con destino al Mar Negro.

Toda aquella noche avanzamos sin parar. Iván lo tenía todo calculado. Lucía una espléndida luna llena que hacía brillar la nieve y que iluminaba nuestra marcha. Para cuando se descubriese nuestra falta ya no podrían alcanzarnos. Antes de partir procuramos averiar seriamente todos los aparatos de radio para que nuestra huida no pudiera ser comunicada al menos en varios días. Esa misma noche penetramos en territorio ucraniano. La posibilidad de topar con ejércitos rojos o blancos era muy elevada, pero nada ocurrió.

Mientras duró la luna llena avanzábamos de noche y descansábamos de día, por turnos ocultos en el bosque. ¡Qué largas las horas de vigilia, junto al fuego! Horas de vodka para poder conservar el calor, pero no tanto como para caer vencidos por el sueño y el alcohol. Envueltos en pieles, en torno a la hoguera, con la espalda helada, velábamos atentos al menor ruido, temerosos siempre de que el humo delatase nuestra posición. Poco a poco comenzamos a avanzar de día y dormir de noche, lo cual hacía más aterradoras las vigilias, por el frío. Avanzábamos entre veinte y treinta verstas diarias, según lo abrupto del terreno. Nuestro burro de carga, al que jocosamente bautizamos como Lenin, se portaba como un héroe procurando casi siempre seguir el ritmo, y eso a pesar de que nuestro avance era en extremo penoso, por entre bosques y barrancos.

Muchas veces nos cruzamos con cabañas de campesinos. Toda la familia huía y el padre nos retaba adustamente al tomarnos por bandidos. Sin hacer caso pasábamos de largo. Tuve entonces la ocasión de comprobar la miseria en la que se encontraban tales gentes. Nunca fui militar de vocación, sino más bien por imposición familiar. Mi alma, sin embargo, era de poeta. Y como tal tenía en mi mente una imagen idealizada del campesino, tomada directamente de la literatura romántica alemana y francesa, mezclada con una especie de repugnancia de clase por el "sucio pueblo ruso". Nunca caí en la cuenta de que ambas concepciones eran antitéticas. Pero el idealismo cayó estrepitosamente y el rechazo se trocó en lástima y confraternización al enfrentarme a la descarnada realidad del campesino ruso.

Iván parecía conocer el terreno palmo a palmo, pues cruzamos ríos y riachuelos y, a pesar de evitar los caminos despejados de común tránsito, siempre dábamos con algún puente o vado que nos permitía salvar el obstáculo.

—Cuando lleguemos a las cercanías de Rostov —me dijo— buscaremos a Rustam Saltyk, un oficial cosaco retirado que combatió junto a mí contra los japoneses. Él nos guiará por la maraña de pantanos, bosques y corrientes en las que se ramifica el Kubán entre Rostov y Krasnodar. Nadie como él conoce esos parajes, pero hasta entonces puedes confiar en mí como guía.

Noté que el humor de Iván iba tornándose más retraído según avanzábamos hacia el sur. No solía decir apenas palabra. Al cabo me di cuenta de que nos dirigíamos a nuestras comarcas de origen, y tal cosa debía de traerle malos recuerdos, sin duda.

La caza, que en tiempo de bonanza fue uno de nuestros deportes, se reveló ahora como medio imprescindible de supervivencia. ¡Cómo ignorábamos en los buenos tiempos que nuestro pasatiempo iba a sernos de vital importancia en el futuro! Siempre que podíamos, y con todas las precauciones, abatíamos alguna pieza grande, temerosos de delatarnos por los disparos. Pero cuando no se cruzaba en nuestro punto de mira ningún animal grande habíamos de recurrir a los humildes conejos. ¡Cazar conejos con munición militar! Cuando los abatíamos recogíamos lo que quedaba de ellos y preparábamos el asado.

Un día topamos con una patrulla. Nos habíamos perdido y anduvimos en círculo hasta llegar al punto en el que habíamos perdido la pista, pero entonces descubrimos junto a nuestras huellas las de otros hombres que nos seguían. Les tendimos una emboscada y caímos sobre ellos. Rusos abriendo fuego a sangre fría contra rusos, hermanos contra hermanos. Eran cinco bolcheviques. Los enterramos en la nieve tras despojarlos de todo lo que nos pudiera ser útil. Si en el momento de escondernos Lenin hubiera hecho el menor ruido nos habría delatado, pero gracias a Dios y por desgracia para los cinco hombres no fue así.

En otra ocasión intercambiamos disparos con bandidos, que trataron de sorprendernos sin conseguirlo. Iván se había adelantado para explorar, como otras veces, cuando volvió a mi lado bastante alarmado. Había descubierto una partida de bandidos que nos esperaban en un paso. Lo peor era que había que atravesar por allí necesariamente. Dar un rodeo estaba descartado, pues la nieve a esas alturas del año hacía impracticable cualquier ruta alternativa. Así que no tuvimos más remedio que enfrentarnos a ellos, pero con la ventaja de saber que estaban allí, esperándonos. Eran al menos ocho contra nosotros dos. Varias veces trataron de rodearnos y otras tantas rompimos el cerco. Nuestros estudios de estrategia nos resultaron de un valor incalculable. Volvimos a ser soldados, siquiera por un día. Abatimos tal vez a cuatro de ellos y los demás huyeron.

Así seguimos avanzando sin novedad. Llegamos una tarde a las cercanías de Krasniy Krym, una aldea cercana a Rostov. Esperamos en los bosques a que se hiciese de noche y entonces Iván salió en busca de la cabaña del cosaco Rustam Saltyk. Al cabo de una hora regresaron los dos. Saltyk me abrazó con efusividad, como amigo de su amigo, y levantamos el campamento para ir furtivamente a la isba del cosaco.

¡No hay palabras para describir el placer que proporciona pasar la noche a resguardo junto al fuego y con una familia acogedora, después de quince días de marcha y temperaturas bajo cero! Sólo lo sabe de cierto el que lo ha experimentado. La rústica aunque abundante cena nos supo mejor que los manjares más exquisitos que degustáramos en el pasado en los palacios de nuestras aristocráticas amistades. Tenía doble valor debido a la escasez reinante. El cosaco hizo gala de toda su hospitalidad.

Cuando Iván se hubo retirado a descansar yo me quedé hablando con nuestro anfitrión, y entonces supe el porqué de todas aquellas atenciones. En la guerra contra Japón Iván le había salvado de caer bajo la bayoneta enemiga. En el suelo y desarmado esperaba el golpe fatal cuando acudió Iván en su rescate justo a tiempo. Eso es algo que un cosaco no olvida, y no dudé de que Rustam Saltyk fuese capaz de dar hasta la vida por el hombre que le salvó un día.

¿Y qué diré del lecho? Me pareció que el colchón sobre el que descansé y las mantas que me abrigaron estaban confeccionados con plumas de ángeles.

Al amanecer nos dispusimos a partir. Saltyk se despidió de su mujer y encomendó el cuidado de la casa a su hijo mayor. Una vez preparado todo y después del desayuno, nos pusimos de nuevo en marcha. Durante un rato en que pude hablar con Iván a solas de su amistad con el cosaco, escuché su versión.

—Cargamos sobre las trincheras Japonesas –me contó—. La lucha fue feroz, una carnicería. No se sabía cómo acabaría todo ni de qué bando se inclinaría la fortuna.

Entonces vi el valor y el coraje en su esencia más pura. Nunca tuve buen concepto de los cosacos, pero cuando vi a Saltyk caído y desarmado, con una expresión feroz, retando aún al enemigo que alzaba la bayoneta para acabar con su vida, mi admiración fue profunda. De un certero disparo volé la cabeza del soldado japonés, no sólo para salvar a un aliado, sino porque me pareció en ese momento que sería una gran lástima que tanto valor se perdiese. Ayudé al cosaco a levantarse y le proporcioné caballo. En ese momento no me dijo palabra, pero jamás olvidaré su mirada de agradecimiento.

A partir de entonces nuestra marcha fue más alegre, para mí al menos. Saltyk y yo charlábamos animadamente, pero Iván seguía sumergido en su mutismo. Solía adelantarse a nosotros como buscando soledad. El cosaco me preguntó acerca de su actitud.

—Nunca fue un alegre parlanchín —me dijo—, pero me pregunto qué es lo que le ocurre.
—No lo tomes a mal —le expliqué—. Nos dirigimos hacia las tierras de su juventud. Allí perdió a su prometida en un accidente, cuando se le desbocó el caballo.

Al parecer la amaba profundamente, y no creo que pasar por allí de nuevo le vaya a traer gratos recuerdos.

Durante toda la travesía me preguntaba cómo haríamos para cruzar el río Don, pues sin duda sus puentes estarían controlados. Desde un otero divisamos su desembocadura, el punto donde la amplia corriente venía a entregar mansamente sus aguas al mar de Azov. Pronto se desveló para mí el misterio. Al abrigo de la noche, un amigo de Saltyk nos cruzó en su balsa. ¡Bendita amistad en un tiempo en que el hombre era, más que nunca, el lobo para el hombre, citando al filósofo! No hay nada que revele más la nobleza o la vileza de un ser humano que la calidad de los amigos que posee. Muy a favor hablan de un hombre las amistades que están dispuestas a jugarse hasta la vida por él.

No recuerdo cómo vino a dar la conversación en tales temas, pero disfruté mucho mientras Saltyk me relataba cuentos y creencias populares. ¡Qué lejos quedaban las intrigas humanas y la guerra! Entre el imponente paisaje y los relatos del cosaco, me pareció que la guerra y la revolución eran repugnantes tumores que habían brotado en mi patria, y que la verdadera Rusia estaba representada en las creencias de sus gentes y en la majestad de su naturaleza.

—Mi abuelo me contó que su abuelo vio en el bosque al leshii —comenzó a relatar Saltyk.
— ¿De verdad?
—Sí señor. Lo vio como un hombre peludo, de pies a cabeza, con cara de viejo malvado. Antiguamente se intentaba tener al leshii contento, pues podía volverse muy peligroso.
— ¡Supersticiones de los ignorantes! —bramó Iván.
Saltyk y yo nos miramos sin comprender tal reacción por su parte.
—No le hagas caso y cuéntame más.
—En mi familia se cuidaba mucho de no ofender al domovoi. Se dice que es como un hombrecito muy pequeño y peludo. Es el espíritu protector de la casa y vive en la estufa.
— ¿Y no se quema?
—No, hombre, porque es un espíritu —dijo el cosaco rizándose su gran mostacho con los dedos—. Mi madre siempre me prevenía contra los espíritus de los ríos y las charcas. Cada vez que se construía un molino se sacrificaba un animal y se le echaba al río, pues el vodyanoi, que vive debajo del agua, reclama una vida cada vez que se construye un nuevo molino, y sacrificando un animal los hombres se aseguraban de que el vodyanoi no se llevara una vida humana. Mi abuela nos recomendaba siempre santiguarnos antes de entrar en el río, por si el vodyanoi intentaba ahogarnos.

Iván se revolvía en su montura. Parecía no soportar el oír hablar de las creencias populares. Su actitud me parecía desproporcionada, pero alguna razón había de tener.

—También se decía —continuó Saltyk— que las rusalkas eran los espíritus de muchachas que se habían ahogado antes de contraer matrimonio. Quedaban atadas al lugar en el que murieron y se decía que atraían a los mozos con sus cantos para ahogarlos en el río...


Llegado este punto Iván no pudo más, y nos dijo de manera bastante grosera que dejásemos de hablar de semejantes tonterías. Dicho esto trotó para adelantarse aún más.

A pesar de todo Saltyk me contó, en voz baja, varias historias de la bruja Baba Yaga, entre ellas la de Vasilisa y la bruja. Unas ya las conocía y otras no.

Así transcurrió nuestro viaje. Cada vez nos acercábamos más al delta del río Kubán.

Cruzamos innumerables riachuelos. No volvimos a hablar de tradiciones ni creencias populares, pero Iván seguía nervioso. A menudo se giraba en su montura como para oír en la lejanía.

— ¿No habéis oído algo? —nos preguntaba a veces.
—No, nada extraño.

Una noche, en torno al fuego, Iván apenas cenó nada. Estaba muy pálido y nervioso. Se revolvía en su asiento y miraba frecuentemente hacia la oscuridad.

— ¿Qué te pasa? —le preguntamos.
Rehusó contestarnos, pero ante nuestra insistencia, confesó que llevaba todo el día oyendo una voz que le llamaba por su nombre. Nos costó convencerle de que nosotros no oíamos tal voz.

—Estás cansado —dijo Saltyk—, tal vez enfermo. Vete a dormir. Nosotros haremos tu turno de guardia, ¿verdad, Kolya?
—Claro que sí —dije yo—. Toma una taza de té caliente y vete a descansar. No te preocupes por nada.

Saltyk y yo quedamos preocupados. Estábamos llegando a la última etapa de nuestro viaje hacia Novorosíisk, y no era momento oportuno para que ninguno de nosotros cayese enfermo.

Al día siguiente Iván se levantó mucho mejor, pero a lo largo del trayecto su humor fue empeorando. De nuevo miraba receloso alrededor. Nos daba la impresión de que volvía a oír voces. El día estaba nublado y brumoso. Un pesado silencio imperaba en la región. No se oía el canto de ningún pájaro, no se movía el aire. Poco a poco fuimos internándonos en una comarca dominada por los pantanos, que íbamos dejando a nuestra derecha. Estábamos acercándonos al delta del río Kubán. ¡Qué doloroso me resultó pasar a hurtadillas tan cerca de mi Krasnodar natal y no poder ir a dar noticias de mi persona a mi familia, a mis padres y hermanos, y a recibirlas de ellos! Pero haber hecho tal cosa hubiera significado mi perdición, y lo sabía muy bien.

Sumido en mis tristes meditaciones no imaginé que ese día iba a ser testigo de algo sobrenatural y doloroso. Nos habíamos visto obligados a internarnos en zona pantanosa para avanzar a cubierto. Sin embargo no nos habíamos internado tanto como para que resultase peligroso. Pues aquellos pantanos, al parecer, eran muy traicioneros y muchas incautos de las aldeas cercanas habían acabado siendo víctimas de sus aguas estancadas y sus trampas de arena.

Rusalka. Imagen de Internet.


En ese momento Iván detuvo bruscamente su cabalgadura. Miró en torno y clavó la mirada en una zona concreta entre la maleza. Su gesto se tornó desencajado. Saltyk y yo miramos en esa dirección y vimos que casi oculta por un árbol nos observaba una muchacha de blancura espectral. Su larga cabellera negra caía mojada sobre sus hombros. Sus labios y ojos presentaban un tinte amoratado. Cubría su cuerpo una fina gasa, o mejor dicho una especie de neblina que conformaba algo así como una delgada vestidura.
— ¡Nina! —exclamó Iván totalmente fuera de sí.
La muchacha dio media vuelta y desapareció entre la vegetación pantanosa. Iván dirigió su caballo en aquella dirección gritando como un loco.
— ¡Espérame, Nina! ¡No te vayas! ¡No me dejes otra vez!
Saltyk le gritó para advertirle.
— ¡No, Iván! ¡Es una rusalka! ¡Déjala ir! ¡Será tu perdición!

Pero Iván no atendía a razones. Picó espuelas hacia donde había desaparecido la muchacha. Internarse de esa manera en los pantanos era muy peligroso, probablemente mortal. Intenté detenerle pero era tarde. Saltyk me hizo detenerme, pues temía que yo también me perdiese detrás de él. Iván desapareció cabalgando entre la vegetación.

Seguimos gritándole que volviera, pero no nos oyó o no quiso hacernos caso. Al poco sus gritos se amortiguaron por la distancia hasta que dejamos de oírle. Saltyk se quitó su grueso gorro de astrakán.
—Recemos una oración por el alma de Iván y por la de su prometida. Ahora sabemos cómo fue el accidente en el que murió. Su caballo desbocado probablemente la llevó a morir al pantano. Dios se apiade de ellos.

Aquellas frases se clavaron en mi corazón y todavía hoy me conmueven en lo más hondo. Lloré por Iván, y por mí mismo, pues con lo que acababa de presenciar se derrumbaba parte del mundo que me era supuestamente conocido. Esperamos allí muchas horas, pero Iván no regresó. A duras penas conseguí sobreponerme y continuar el viaje. Llegamos a las afueras de Novorosíisk y Saltyk se encargó de buscar a los conocidos de Iván para que me facilitasen la huida, mientras yo permanecía oculto. Iván me había proporcionado un papel con su dirección y una carta de presentación para ellos en caso de que a él le pasara algo para que al menos yo pudiese huir. Jamás pensé que la necesitaría.

No voy a alargar el relato, pues lo esencial ha sido ya contado. Tan sólo decir que la despedida fue muy emotiva.
— ¿No has pensado en abandonar Rusia con tu familia? —pregunté a Saltyk.
— ¿Irme yo? Nada de eso. ¿Un cosaco en una ciudad? Eso es un adefesio. Mi lugar está en mi tierra, rodeado de los de mi raza. Vete, Kolya, y sé feliz.

No volví a verlo ni a saber de él. Oí que muchos cosacos de la zona en que él vivía se opusieron a las fuerzas gubernamentales cuando Stalin colectivizó sus tierras.


Muchos murieron o fueron deportados a Siberia. Quiero creer que él no terminó así.

Di muchos tumbos hasta llegar a París, donde pude malvivir con un modesto oficio.


Al final me casé y formé una familia. Hoy puedo, gracias a Dios, educar a mis nietos en el amor a la tradición y en el respeto a la dignidad y a las creencias del pueblo, y sobre todo a nunca, nunca menospreciarlas, pues ¿qué sabemos los "civilizados", creadores de miseria, guerra y revolución, acerca de los secretos que guardan en su seno los campos y los bosques, los ríos y los pantanos, que tan bien conocían los abuelos de nuestros abuelos?


Tomado del libro. Relatos Inverosímiles
Copyright 2014 Marco Antonio Cupido Naranjo