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lunes, 29 de octubre de 2018

UN MÉDICO RURAL Franz Kafka


UN MÉDICO RURAL
Franz Kafka

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Estaba muy preocupado; debía emprender un viaje urgente; un enfermo de gravedad me estaba esperando en un pueblo a diez millas de distancia; una violenta tempestad de nieve azotaba el vasto espacio que nos separaba; yo tenía un coche, un cochecito ligero, de grandes ruedas, exactamente apropiado para correr por nuestros caminos; envuelto en el abrigo de pieles, con mi maletín en la mano, esperaba en el patio, listo para marchar; pero faltaba el caballo… El mío se había muerto la noche anterior, agotado por las fatigas de ese invierno helado; mientras tanto, mi criada corría por el pueblo, en busca de un caballo prestado; pero estaba condenada al fracaso, yo lo sabía, y a pesar de eso continuaba allí inútilmente, cada vez más envarado, bajo la nieve que me cubría con su pesado manto. En la puerta apareció la muchacha, sola, y agitó la lámpara; naturalmente, ¿quién habría prestado su caballo para semejante viaje? Atravesé el patio, no hallaba ninguna solución; distraído y desesperado a la vez, golpeé con el pie la ruinosa puerta de la pocilga, deshabitada desde hacía años. La puerta se abrió, y siguió oscilando sobre sus bisagras. De la pocilga salió una vaharada como de establo, un olor a caballos. Una polvorienta linterna colgaba de una cuerda.

Un individuo, acurrucado en el tabique bajo, mostró su rostro claro, de ojitos azules.

-¿Los engancho al coche? -preguntó, acercándose a cuatro patas.

No supe qué decirle, y me agaché para ver qué había dentro de la pocilga. La criada estaba a mi lado.

-Uno nunca sabe lo que puede encontrar en su propia casa -dijo ésta. Y ambos nos echamos a reír.

-¡Hola, hermano, hola, hermana! -gritó el palafrenero, y dos caballos, dos magníficas bestias de vigorosos flancos, con las piernas dobladas y apretadas contra el cuerpo, las perfectas cabezas agachadas, como las de los camellos, se abrieron paso una tras otra por el hueco de la puerta, que llenaban por completo. Pero una vez afuera se irguieron sobre sus largas patas, despidiendo un espeso vapor.

-Ayúdalo -dije a la criada, y ella, dócil, alargó los arreos al caballerizo. Pero apenas llegó a su lado, el hombre la abrazó y acercó su rostro al rostro de la joven. Esta gritó, y huyó hacia mí; sobre sus mejillas se veían, rojas, las marcas de dos hileras de dientes.

-¡Salvaje! -dije al caballerizo-. ¿Quieres que te azote?

Pero luego pensé que se trataba de un desconocido, que yo ignoraba de dónde venía y que me ofrecía ayuda cuando todos me habían fallado. Como si hubiera adivinado mis pensamientos, no se mostró ofendido por mi amenaza y, siempre atareado con los caballos, sólo se volvió una vez hacia mí.

-Suba -me dijo, y, en efecto, todo estaba preparado.

Advierto entonces que nunca viajé con tan hermoso tronco de caballos, y subo alegremente.

-Yo conduciré, pues tú no conoces el camino -dije.

-Naturalmente -replica-, yo no voy con usted: me quedo con Rosa.

-¡No! -grita Rosa, y huye hacia la casa, presintiendo su inevitable destino; aún oigo el ruido de la cadena de la puerta al correr en el cerrojo; oigo girar la llave en la cerradura; veo además que Rosa apaga todas las luces del vestíbulo y, siempre huyendo, las de las habitaciones restantes, para que no puedan encontrarla.

-Tú vendrás conmigo -digo al mozo-; si no es así, desisto del viaje, por urgente que sea. No tengo intención de dejarte a la muchacha como pago del viaje.

-¡Arre! -grita él, y da una palmada; el coche parte, arrastrado como un leño en el torrente; oigo crujir la puerta de mi casa, que cae hecha pedazos bajo los golpes del mozo; luego mis ojos y mis oídos se hunden en el remolino de la tormenta que confunde todos mis sentidos. Pero esto dura sólo un instante; se diría que frente a mi puerta se encontraba la puerta de la casa de mi paciente; ya estoy allí; los caballos se detienen; la nieve ha dejado de caer; claro de luna en torno; los padres de mi paciente salen ansiosos de la casa, seguidos de la hermana; casi me arrancan del coche; no entiendo nada de su confuso parloteo; en el cuarto del enfermo el aire es casi irrespirable, la estufa humea, abandonada; quiero abrir la ventana, pero antes voy a ver al enfermo. Delgado, sin fiebre, ni caliente ni frío, con ojos inexpresivos, sin camisa, el joven se yergue bajo el edredón de plumas, se abraza a mi cuello y me susurra al oído:

-Doctor, déjeme morir.

Miro en torno; nadie lo ha oído; los padres callan, inclinados hacia adelante, esperando mi sentencia; la hermana me ha acercado una silla para que coloque mi maletín de mano. Lo abro, y busco entre mis instrumentos; el joven sigue alargándome las manos, para recordarme su súplica; tomo un par de pinzas, las examino a la luz de la bujía y las deposito nuevamente.

Sí pienso indignado, en estos casos los dioses nos ayudan, nos mandan el caballo que necesitamos y, dada nuestra prisa, nos agregan otro. Además, nos envían un caballerizo…

En aquel preciso instante me acuerdo de Rosa. ¿Qué hacer? ¿Cómo salvarla? ¿Cómo rescatar su cuerpo del peso de aquel hombre, a diez millas de distancia, con un par de caballos imposibles de manejar? Esos caballos que no sé cómo se han desatado de las riendas, que se abren paso ignoro cómo; que asoman la cabeza por la ventana y contemplan al enfermo, sin dejarse impresionar por las voces de la familia.

-Regresaré en seguida -me digo como si los caballos me invitaran al viaje. Sin embargo, permito que la hermana, que me cree aturdido por el calor, me quite el abrigo de pieles. Me sirven una copa de ron; el anciano me palmea amistosamente el hombro, porque el ofrecimiento de su tesoro justifica ya esta familiaridad. Meneo la cabeza; estallaré dentro del estrecho círculo de mis pensamientos; por eso me niego a beber.

La madre permanece junto al lecho y me invita a acercarme; la obedezco, y mientras un caballo relincha estridentemente hacia el techo, apoyo la cabeza sobre el pecho del joven, que se estremece bajo mi barba mojada. Se confirma lo que ya sabía: el joven está sano, quizá un poco anémico, quizá saturado de café, que su solícita madre le sirve, pero está sano; lo mejor sería sacarlo de un tirón de la cama. No soy ningún reformador del mundo, y lo dejo donde está. Soy un vulgar médico del distrito que cumple con su deber hasta donde puede, hasta un punto que ya es una exageración. Mal pagado, soy, sin embargo, generoso con los pobres. Es necesario que me ocupe de Rosa; al fin y al cabo es posible que el joven tenga razón, y yo también pido que me dejen morir. ¿Qué hago aquí, en este interminable invierno? Mi caballo se ha muerto y no hay nadie en el pueblo que me preste el suyo. Me veré obligado a arrojar mi carruaje en la pocilga; si por casualidad no hubiese encontrado esos caballos, habría tenido que recurrir a los cerdos. Esta es mi situación.

Saludo a la familia con un movimiento de cabeza. Ellos no saben nada de todo esto, y si lo supieran, no lo creerían. Es fácil escribir recetas, pero en cambio es un trabajo difícil entenderse con la gente. Ahora bien, acudí junto al enfermo; una vez más me han molestado inútilmente; estoy acostumbrado a ello; con esa campanilla nocturna todo el distrito me molesta, pero que además tenga que sacrificar a Rosa, esa hermosa muchacha que durante años vivió en mi casa sin que yo me diera cuenta cabal de su presencia… Este sacrificio es excesivo, y tengo que encontrarle alguna solución, cualquier cosa, para no dejarme arrastrar por esta familia que, a pesar de su buena voluntad, no podrían devolverme a Rosa. Pero he aquí que mientras cierro el maletín de mano y hago una señal para que me traigan mi abrigo, la familia se agrupa, el padre olfatea la copa de ron que tiene en la mano, la madre, evidentemente decepcionada conmigo -¿qué espera, pues, la gente?- se muerde, llorosa, los labios, y la hermana agita un pañuelo lleno de sangre; me siento dispuesto a creer, bajo ciertas condiciones, que el joven quizá está enfermo.

Me acerco a él, que me sonríe como si le trajera un cordial… ¡Ah! Ahora los dos caballos relinchan a la vez; ese estrépito ha sido seguramente dispuesto para facilitar mi auscultación; y esta vez descubro que el joven está enfermo. El costado derecho, cerca de la cadera, tiene una herida grande como un platillo, rosada, con muchos matices, oscura en el fondo, más clara en los bordes, suave al tacto, con coágulos irregulares de sangre, abierta como una mina al aire libre. Así es como se ve a cierta distancia. De cerca, aparece peor. ¿Quién puede contemplar una cosa así sin que se le escape un silbido? Los gusanos, largos y gordos como mi dedo meñique, rosados y manchados de sangre, se mueven en el fondo de la herida, la puntean con sus cabecitas blancas y sus numerosas patitas. Pobre muchacho, nada se puede hacer por ti. He descubierto tu gran herida; esa flor abierta en tu costado te mata. La familia está contenta, me ve trabajar; la hermana se lo dice a la madre, ésta al padre, el padre a algunas visitas que entran por la puerta abierta, de puntillas, a través del claro de luna.

-¿Me salvarás? -murmura entre sollozos el joven, deslumbrado por la vista de su herida.

Así es la gente de mi comarca. Siempre esperan que el médico haga lo imposible. Han perdido la antigua fe; el cura se queda en su casa y desgarra sus ornamentos sacerdotales uno tras otro; en cambio, el médico tiene que hacerlo todo, suponen ellos, con sus pobres dedos de cirujano. ¡Como quieran! Yo no les pedí que me llamaran; si pretenden servirse de mí para un designio sagrado, no me negaré a ello. ¿Qué cosa mejor puedo pedir yo, un pobre médico rural, despojado de su criada?

Y he aquí que empiezan a llegar los parientes y todos los ancianos del pueblo, y me desvisten; un coro de escolares, con el maestro a la cabeza, canta junto a la casa una tonada infantil con estas palabras:

Desvístanlo, para que cure,
y si no cura, mátenlo.
Solo es un médico, solo es un médico…

Mírenme: ya estoy desvestido, y, mesándome la barba y cabizbajo, miro al pueblo tranquilamente. Tengo un gran dominio sobre mí mismo; me siento superior a todos y aguanto, aunque no me sirve de nada, porque ahora me toman por la cabeza y los pies y me llevan a la cama del enfermo. Me colocan junto a la pared, al lado de la herida. Luego salen todos del aposento; cierran la puerta, el canto cesa; las nubes cubren la luna; las mantas me calientan, las sombras de las cabezas de los caballos oscilan en el vano de las ventanas.

-¿Sabes -me dice una voz al oído- que no tengo mucha confianza en ti? No importa cómo hayas llegado hasta aquí; no te han llevado tus pies. En vez de ayudarme, me escatimas mi lecho de muerte. No sabes cómo me gustaría arrancarte los ojos.

-En verdad -dije yo-, es una vergüenza. Pero soy médico. ¿Qué quieres que haga? Te aseguro que mi papel nada tiene de fácil.

-¿He de darme por satisfecho con esa excusa? Supongo que sí. Siempre debo conformarme. Vine al mundo con una hermosa herida. Es lo único que poseo.

-Joven amigo -digo-, tu error estriba en tu falta de empuje. Yo, que conozco todos los cuartos de los enfermos del distrito, te aseguro: tu herida no es muy terrible. Fue hecha con dos golpes de hacha, en ángulo agudo. Son muchos los que ofrecen sus flancos, y ni siquiera oyen el ruido del hacha en el bosque. Pero menos aún sienten que el hacha se les acerca.

-¿Es de veras así, o te aprovechas de mi fiebre para engañarme?

-Es cierto, palabra de honor de un médico juramentado. Puedes llevártela al otro mundo.

Aceptó mi palabra, y guardó silencio. Pero ya era hora de pensar en mi libertad. Los caballos seguían en el mismo lugar. Recogí rápidamente mis vestidos, mi abrigo de pieles y mi maletín; no podía perder el tiempo en vestirme; si los caballos corrían tanto como en el viaje de ida, saltaría de esta cama a la mía. Dócilmente, uno de los caballos se apartó de la ventana; arrojé el lío en el coche; el abrigo cayó fuera, y sólo quedó retenido por una manga en un gancho. Ya era bastante. Monté de un salto a un caballo; las riendas iban sueltas, las bestias, casi desuncidas, el coche corría al azar y mi abrigo de pieles se arrastraba por la nieve.

-¡De prisa! -grité-. Pero íbamos despacio, como viajeros, por aquel desierto de nieve, y mientras tanto, de nuevo el canto de los escolares, el canto de los muchachos que se mofaban de mí, se dejó oír durante un buen rato detrás de nosotros:

Alégrense, enfermos,
tienen al médico en su propia cama.

A ese paso nunca llegaría a mi casa; mi clientela está perdida; un sucesor ocupará mi cargo, pero sin provecho, porque no puede reemplazarme; en mi casa cunde el repugnante furor del caballerizo; Rosa es su víctima; no quiero pensar en ello. Desnudo, medio muerto de frío y a mi edad, con un coche terrenal y dos caballos sobrenaturales, voy rodando por los caminos. Mi abrigo cuelga detrás del coche, pero no puedo alcanzarlo, y ninguno de esos enfermos sinvergüenzas levantará un dedo para ayudarme. ¡Se han burlado de mí! Basta acudir una vez a un falso llamado de la campanilla nocturna para que lo irreparable se produzca.


FIN



miércoles, 24 de octubre de 2018

ACERCÁNDONOS A LA MUERTE... Antonio Fco. Rguez. A.


ACERCÁNDONOS A LA MUERTE...
Antonio Fco. Rodríguez Alvarado
  

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Me preguntas:


¿Qué pasa cuando se abrazan el amor y la muerte?
¿Se muere el amor?
¿O se enamora la muerte?


Te respondo:


Tal vez la muerte moriría enamorada
Y el amor amaría hasta la muerte


Y concluyo:


La muerte le daría eternidad al amor
y el amor le daría vida a la muerte,
por lo que ambos vivirían eternamente.





Veracruz, Ver. México 24.10.16




viernes, 12 de octubre de 2018

CARIÑO Antonio Fco. Rguez. A.


CARIÑO
Antonio Fco. Rodríguez Alvarado


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Nuestras vidas al lado de los astros,
Son tan efímeras como estrellas fugaces.
Al marcharte quise perpetuarte
Sembrando los recuerdos de ti
En el jardín de mi alma.


A plena luz de la luna,
Con lágrimas de amor,
Noche tras noche
Los irrigaba.


Y florecieron…
Rosas tan bellas como tú
Y las llamé cariño
Como te llamé a ti…




Veracruz, Ver. 12.10.18



miércoles, 3 de octubre de 2018

LOCO POR TÚ AMOR Antonio Fco. Rguez. A.


LOCO POR TÚ AMOR
Antonio Fco. Rodríguez Alvarado

lmagen Internet

En este momento no voy a decirte ninguna poesía, solo deseo tenerte junto a mí para siempre. No quiero dejar de verte,  ni que te escapes de mi alma y mis sentimientos. ¿Quieres esconderte…? Ahí tienes mí corazón para que lo hagas. ¡Me harás feliz, cómo siempre!



Sabemos muy bien que lo nuestro es una hermosa locura. La plenitud de nuestro amor es tan inmensa como el fulgor de luna llena. Y hasta las estrellas palidecen porque no conocen un amor tan grande como el nuestro.


Eres tan bella qué no sé si amarte o adorarte. Sabes muy bien que me enloqueces, ¿y sabes qué…? ¡Gozo mí locura… hasta el cielo! Sí, así es, no tengo límites para amarte.


Ahora dime tú… ¿Me querrás igual a como yo te quiero?

Jajaja… ¿te da pena decírmelo?

Muy bien, sólo respóndeme… ¡con un beso!




Veracruz, Ver, México.  03.10.18



sábado, 29 de septiembre de 2018

SUEÑOS COMPARTIDOS Antonio Fco. Rguez A.


SUEÑOS COMPARTIDOS
Antonio Fco. Rodríguez Alvarado

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Cuando quieras estar conmigo
No traigas nada contigo.
No quiero que tus apegos
O tus recuerdos
Te den remordimientos
Que te hagan regresar.
Quiero ser tu mundo
El universo que mereces
Y que aún no conoces.
  

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De ser posible
No esperes despertar
Ven a mí en tus sueños
Y siente la ilusión
De una nueva vida
De amor, de anhelos
Y de placer
En la que nunca, nunca...
Terminará el amanecer.




Xalapa, Ver. México. 29.09.18



viernes, 28 de septiembre de 2018

EL MÍSTICO PASEO DE LA NOCHE Lesbia Gómez


EL MÍSTICO PASEO DE LA NOCHE
Lesbia Gómez

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Insomne y sin sueños, se paseaba la noche.
La vi caminar solitaria entre sus sombras,
En follajes espesos hablaban los árboles,
Se podía escuchar sin sonido…
El rítmico latir del corazón del silencio.


El cielo, de estrellas, bañaba el ambiente.
Sórdido, era el tímido tañer de las campanas
que al rezo llamaban, a devotas mujeres.
Un aleluya, en himno entonaban reunidas.
Y místico se hacía, el pasear de la noche,
que desnuda de luces, se ocultaba en sus sombras.


Solemnes, se esparcían las brumas,
Era el quejido del peregrino
que se perdía, en sus laberintos de dudas.
En derredor de nostalgias, cantaban las hadas.
No es fantasía, en nenúfares, estaban sentadas.


Y la noche, cansada, y en su caminar solitario,
a los amantes, les abría sus puertas en oquedades
Y entraran a hacer el amor,
en la intimidad virgen, de su vientre.




lunes, 17 de septiembre de 2018

LA LLEGADA DEL CAOS Fco. Javier Fontela García


LA LLEGADA DEL CAOS
(Relato fantástico)
Francisco Javier Fontela García

Imagen de Internet


Escribo esta relación de los hechos que han provocado el caos en el mundo sin saber si algún día alguien llegará a leerla, pues, dadas las circunstancias, no resulta exagerado pensar que el fin de nuestra civilización es inminente.



La primera fase de este apocalipsis empezó hace varios meses, cuando un monstruo de tamaño colosal y forma indescriptible surgió del mar cerca de la ciudad portuaria de Vigo, situada en el noroeste de España. Nunca se llegaron a especificar las dimensiones exactas del monstruo, pero superaba ampliamente en tamaño a cualquier animal marino conocido y no se parecía a nada conocido por la ciencia. Aunque la mera visión de semejante ser fue suficiente para que miles de personas enloquecieran de terror y huyeran despavoridas del puerto, en un primer momento se descartó que pudiera salir del agua y atacar la ciudad, pues, en tal caso, debería morir aplastado por su propio peso, tal como les sucede a las ballenas cuando se quedan varadas en una playa. Craso error: bien porque la constitución de aquel ser no fuera completamente material, en el sentido usual del término, o bien por cualquier otro motivo igualmente inexplicable, el monstruo abandonó el mar sin sufrir el menor daño e inició un ataque brutal contra la ciudad de Vigo, que no tardaría en ser borrada del mapa junto con la mayoría de sus habitantes. Una vez arrasada la ciudad, el monstruo volvió al mar y desapareció sin dejar rastro. Aunque la Armada y la Guardia Civil lo buscaron durante días por toda la bahía y aguas adyacentes, resultó imposible localizarlo. Aquella cosa se había marchado de nuestro mundo tan rápida y misteriosamente como había venido.
…




Antes de desaparecer, el monstruo había sido grabado por numerosas cámaras y, como es lógico, las imágenes recogidas dieron la vuelta al mundo, apareciendo en todas las televisiones del planeta, así como en innumerables vídeos de Internet. Aquel ser presentaba un aspecto tan terrorífico que su mera visión provocaba un hondo estremecimiento incluso en las personas más audaces, por lo cual no es de extrañar que durante las noches siguientes muchos televidentes e internautas de todo el mundo tuvieran horrendas pesadillas, en las que el monstruo volvía del abismo para extender el horror y la muerte por doquier. Lo extraño es que, con el paso del tiempo, aquellas pesadillas, en vez de atenuarse, se volvieron cada vez más frecuentes y horribles, hasta acabar provocando serios desórdenes mentales en muchas de sus víctimas. Algunas se volvieron locas y otras prefirieron suicidarse antes que volver a soñar con aquel monstruo, que, cual un nuevo Freddy Krueger, parecía ser capaz de atacar a la Humanidad desde el reino de los sueños. Podemos decir que esta fue la segunda fase del Apocalipsis, aunque su gravedad fuera muy inferior a la de lo que vendría después.
…
Nyarlathotep, imagen Internet


Para combatir aquella epidemia de pesadillas, que llevaba camino de convertirse en un serio problema sanitario, un científico estadounidense llamado Baxter patentó unas pastillas de su invención que impedían soñar. Aunque al principio algunos médicos opusieron reparos a las pastillas del doctor Baxter, este recibió el apoyo de las autoridades y las principales multinacionales farmacéuticas le ofrecieron cantidades millonarias por la compra de la patente. Gracias al apoyo institucional y a una agresiva campaña de publicidad, las voces discordantes fueron reducidas al silencio, más allá de dudosos foros de Internet, donde los presuntos efectos negativos de las pastillas Baxter se mezclaban con teorías “conspiranoicas” y elucubraciones pseudocientíficas de nulo prestigio. Y como la gente estaba harta de soñar con el monstruo, en pocos días se vendieron millones de unidades, que convirtieron al hasta entonces desconocido doctor Baxter en el hombre más rico del mundo (por cierto, al igual que el monstruo él también desapareció misteriosamente, sin que se volviera a saber nada de él). Entonces, literalmente de la noche a la mañana, llegó la tercera fase del horror, infinitamente peor que las dos anteriores.
…



 Imágenes Internet

Las pastillas del doctor Baxter, efectivamente, impedían soñar con el monstruo, pero la eliminación de los sueños tuvo unos efectos psicológicos realmente terribles, infinitamente peores que los de las más atroces pesadillas. Tal como habían intuido los psicoanalistas de finales del siglo XIX, el sueño es útil para la mente humana, no solo porque le permite evadirse de los sinsabores de la vida, sino porque lo ayuda a desahogar, de una forma relativamente inocua, los impulsos más oscuros del subconsciente. Destruida esa barrera de control que es el sueño, el lado oscuro del subconsciente se apodera de la mente y se convierte en el todo, provocando que nuestros demonios interiores salgan a la luz de forma inexorable. Así pues, una mañana millones de personas de todo el mundo que habían tomado las pastillas Baxter antes de acostarse se encontraron con las manos manchadas de sangre y enloquecidas por lo que habían hecho durante la noche. En vez de dormir y soñar, todos se habían levantado de sus camas en un estado de frenesí incontrolable y habían hecho realidad sus más tenebrosos deseos, bajo los efectos de algo peor que la simple locura. Quienes aún conservaban suficiente cordura para sentir remordimientos optaron por suicidarse, pero otros, completamente enloquecidos, siguieron violando y matando sin parar… hasta que otro loco más fuerte los mató a ellos.
…




Ahora estoy escribiendo esto (ignoro para quién), mientras alguien que una vez fue mi mejor amigo intenta entrar en mi casa para matarme. A él, como a tantos otros, lo han enloquecido las pastillas Baxter. Yo, al ser alérgico a uno de sus componentes, no llegué a tomarlas y gracias a eso aún conservo la cordura, ya que no la esperanza. Sé que todo está perdido, tanto para mí como para el resto del mundo, y el único consuelo que me queda es la comprensión: todo esto, desde la aparición del monstruo marino hasta ahora, siempre formó parte de un diabólico plan para destruir a la Humanidad, un plan ideado por una inteligencia inhumana e implacable. ¿Quién era realmente el doctor Baxter? ¿Qué provocó la locura de su ayudante, quien fue la última persona que lo vio antes de su desaparición y que poco después murió en un manicomio, chillando “Nyarlathotep, Nyarlathotep ha vuelto”? ¿A qué venía esa alusión a un dios del caos que, teóricamente, solo existe en las fantasías literarias de H. P. Lovecraft? 


Ahora debo terminar. Él ha conseguido derribar la puerta de mi casa y…



Septiembre/2018