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miércoles, 22 de abril de 2015

METER EL DIABLO EN EL INFIERNO Giovanni Boccaccio

METER EL DIABLO EN EL INFIERNO
Tercera Jornada - Narración décima
GIOVANNI BOCCACCIO

En la ciudad de Cafsa, en Berbería, hubo hace tiempo un hombre riquísimo que, entre otros hijos, tenía una hijita hermosa y donosa cuyo nombre era Alibech; la cual, no siendo cristiana y oyendo a muchos cristianos que en la ciudad había alabar mucho la fe cristiana y el servicio de Dios, un día preguntó a uno de ellos en qué materia y con menos impedimentos pudiese servir a Dios. El cual le repuso que servían mejor a Dios aquellos que más huían de las cosas del mundo, como hacían quienes en las soledades de los desiertos de la Tebaida se habían retirado. La joven, que simplicísima era y de edad de unos catorce años, no por consciente deseo sino por un impulso pueril, sin decir nada a nadie, a la mañana siguiente hacia el desierto de Tebaida, ocultamente, sola, se encaminó; y con gran trabajo suyo, continuando sus deseos, después de algunos días a aquellas soledades llegó, y vista desde lejos una casita, se fue a ella, donde a un santo varón encontró en la puerta, el cual, maravillándose de verla allí, le preguntó qué es lo que andaba buscando. La cual repuso que, inspirada por Dios, estaba buscando ponerse a su servicio, y también quién le enseñara cómo se le debía servir. El honrado varón, viéndola joven y muy hermosa, temiendo que el demonio, si la retenía, lo engañara, le alabó su buena disposición y, dándole de comer algunas raíces de hierbas y frutas silvestres y dátiles, y agua a beber, le dijo:
-Hija mía, no muy lejos de aquí hay un santo varón que en lo que vas buscando es mucho mejor maestro de lo que soy yo: irás a él.

Y le enseñó el camino; y ella, llegada a él y oídas de éste estas mismas palabras, yendo más adelante, llegó a la celda de un ermitaño joven, muy devota persona y bueno, cuyo nombre era Rústico, y la petición le hizo que a los otros les había hecho. El cual, por querer poner su firmeza a una fuerte prueba, no como los demás la mandó irse, o seguir más adelante, sino que la retuvo en su celda; y llegada la noche, una yacija de hojas de palmera le hizo en un lugar, y sobre ella le dijo que se acostase. Hecho esto, no tardaron nada las tentaciones en luchar contra las fuerzas de éste, el cual, encontrándose muy engañado sobre ellas, sin demasiados asaltos volvió las espaldas y se entregó como vencido; y dejando a un lado los pensamientos santos y las oraciones y las disciplinas, a traerse a la memoria la juventud y la hermosura de ésta comenzó, y además de esto, a pensar en qué vía y en qué modo debiese comportarse con ella, para que no se apercibiese que él, como hombre disoluto, quería llegar a aquello que deseaba de ella.

Y probando primero con ciertas preguntas que no había nunca conocido a hombre averiguó, y que tan simple era como parecía, por lo que pensó cómo, bajo especie de servir a Dios, debía traerla a su voluntad. Y primeramente con muchas palabras le mostró cuán enemigo de Nuestro Señor era el diablo, y luego le dio a entender que el servicio que más grato podía ser a Dios era meter al demonio en el infierno, adonde Nuestro Señor lo había condenado. La jovencita le preguntó cómo se hacía aquello; Rústico le dijo:

-Pronto lo sabrás, y para ello harás lo que a mí me veas hacer. Y empezó a desnudarse de los pocos vestidos que tenía, y se quedó completamente desnudo, y lo mismo hizo la muchacha; y se puso de rodillas a guisa de quien rezar quisiese y contra él la hizo ponerse a ella. Y estando así, sintiéndose Rústico más que nunca inflamado en su deseo al verla tan hermosa, sucedió la resurrección de la carne; y mirándola Alibech, y maravillándose, dijo:

-Rústico, ¿qué es esa cosa que te veo que así se te sale hacia afuera y yo no la tengo?

-Oh, hija mía -dijo Rústico-, es el diablo de que te he hablado; ya ves, me causa grandísima molestia, tanto que apenas puedo soportarlo.

Entonces dijo la joven:

-Oh, alabado sea Dios, que veo que estoy mejor que tú, que no tengo yo ese diablo.

Dijo Rústico:

-Dices bien, pero tienes otra cosa que yo no tengo, y la tienes en lugar de esto.

Dijo Alibech:

-¿El qué?

Rústico le dijo:

-Tienes el infierno, y te digo que creo que Dios te haya mandado aquí para la salvación de mi alma, porque si ese diablo me va a dar este tormento, si tú quieres tener de mí tanta piedad y sufrir que lo meta en el infierno, me darás a mí grandísimo consuelo y darás a Dios gran placer y servicio, si para ello has venido a estos lugares, como dices.

La joven, de buena fe, repuso:

-Oh, padre mío, puesto que yo tengo el infierno, sea como queréis.

Dijo entonces Rústico:

-Hija mía, bendita seas. Vamos y metámoslo, que luego me deje estar tranquilo.

Y dicho esto, llevada la joven encima de una de sus yacijas, le enseñó cómo debía ponerse para poder encarcelar a aquel maldito de Dios. La joven, que nunca había puesto en el infierno a ningún diablo, la primera vez sintió un poco de dolor, por lo que dijo a Rústico:

-Por cierto, padre mío, mala cosa debe ser este diablo, y verdaderamente enemigo de Dios, que aun en el infierno, y no en otra parte, duele cuando se mete dentro.

Dijo Rústico:

-Hija, no sucederá siempre así.

Y para hacer que aquello no sucediese, seis veces antes de que se moviesen de la yacija lo metieron allí, tanto que por aquella vez le arrancaron tan bien la soberbia de la cabeza que de buena gana se quedó tranquilo. Pero volviéndole luego muchas veces en el tiempo que siguió, y disponiéndose la joven siempre obediente a quitársela, sucedió que el juego comenzó a gustarle, y comenzó a decir a Rústico:

-Bien veo que la verdad decían aquellos sabios hombres de Cafsa, que el servir a Dios era cosa tan dulce; y en verdad no recuerdo que nunca cosa alguna hiciera yo que tanto deleite y placer me diese como es el meter al diablo en el infierno; y por ello me parece que cualquier persona que en otra cosa que en servir a Dios se ocupa es un animal.

Por la cual cosa, muchas veces iba a Rústico y le decía:

-Padre mío, yo he venido aquí para servir a Dios, y no para estar ociosa; vamos a meter el diablo en el infierno.

Haciendo lo cual, decía alguna vez:

-Rústico, no sé por qué el diablo se escapa del infierno; que si estuviera allí de tan buena gana como el infierno lo recibe y lo tiene, no se saldría nunca.
Imagen de Internet

Así, tan frecuentemente invitando la joven a Rústico y consolándolo al servicio de Dios, tanto le había quitado la lana del jubón que en tales ocasiones sentía frío en que otro hubiera sudado; y por ello comenzó a decir a la joven que al diablo no había que castigarlo y meterlo en el infierno más que cuando él, por soberbia, levantase la cabeza:

-Y nosotros, por la gracia de Dios, tanto lo hemos desganado, que ruega a Dios quedarse en paz.

Y así impuso algún silencio a la joven, la cual, después de que vio que Rústico no le pedía más meter el diablo en el infierno, le dijo un día:

-Rústico, si tu diablo está castigado y ya no te molesta, a mí mi infierno no me deja tranquila; por lo que bien harás si con tu diablo me ayudas a calmar la rabia de mi infierno, como yo con mi infierno te he ayudado a quitarle la soberbia a tu diablo.

Rústico, que de raíces de hierbas y agua vivía, mal podía responder a los envites; y le dijo que muchos diablos querrían poder tranquilizar al infierno, pero que él haría lo que pudiese; y así alguna vez la satisfacía, pero era tan raramente que no era sino arrojar un haba en la boca de un león; de lo que la joven, no pareciéndole servir a Dios cuanto quería, mucho rezongaba. Pero mientras que entre el diablo de Rústico y el infierno de Alibech había, por el demasiado deseo y por el menor poder, esta cuestión, sucedió que hubo un fuego en Cafsa en el que en la propia casa ardió el padre de Alibech con cuántos hijos y demás familia tenía; por la cual cosa Alibech de todos sus bienes quedó heredera. Por lo que un joven llamado Neerbale, habiendo en magnificencias gastado todos sus haberes, oyendo que ésta estaba viva, poniéndose a buscarla y encontrándola antes de que el fisco se apropiase de los bienes que habían sido del padre, como de hombre muerto sin herederos, con gran placer de Rústico y contra la voluntad de ella, la volvió a llevar a Cafsa y la tomó por mujer, y con ella de su gran patrimonio fue heredero. Pero preguntándole las mujeres que en qué servía a Dios en el desierto, no habiéndose todavía Neerbale acostado con ella, repuso que le servía metiendo al diablo en el infierno y que Neerbale había cometido un gran pecado con haberla arrancado a tal servicio. Las mujeres preguntaron:

-¿Cómo se mete al diablo en el infierno?

La joven, entre palabras y gestos, se los mostró; de lo que tanto se rieron que todavía se ríen, y dijeron:

-No estés triste, hija, no, que eso también se hace bien aquí, Neerbale bien servirá contigo a Dios Nuestro Señor en eso.


Luego, diciéndoselo una a otra por toda la ciudad, hicieron famoso el dicho de que el más agradable servicio que a Dios pudiera hacerse era meter al diablo en el infierno; el cual dicho, pasado a este lado del mar, todavía se oye. Y por ello vosotras, jóvenes damas, que necesitáis la gracia de Dios, aprended a meter al diablo en el infierno, porque ello es cosa muy grata a Dios y agradable para las partes, y mucho bien puede nacer de ello y seguirse.



lunes, 20 de abril de 2015

EL DEMONIO ME DIJO Giovanni Papini

EL DEMONIO ME DIJO
GIOVANNI PAPINI

I

     En toda mi vida he hablado con Demonio solamente cinco veces. Entre todos los que viven hoy, me jacto de ser aquel que lo trata con más familiaridad y que lo conoce más íntimamente. Me trata—lo afirmo con cierto orgullo que no quiero ocultar—con una benigna condescendencia, que alguna vez ha llegado a conmoverme. Cuando estoy con él, no me canso de oírle. Mejor aún: lo escucho y lo miro con fijeza. El Demonio, tal como se ha presentado ante mí, al menos, es una figura enormemente sugestiva y que sale fuera de lo vulgar y plebeyo. Es muy alto y muy pálido; es todavía bastante joven, pero su juventud es de aquellas que han vivido mucho y que son más tristes que la vejez. Su rostro, blanquísimo y alargado, no ofrece otras particularidades que la boca sutil, cerrada y estrecha y una arruga, única y muy profunda, que se levanta perpendicularmente entre las cejas y se pierde casi en el nacimiento de los cabellos. No he sabido nunca de qué color son sus ojos, porque no he podido nunca contemplar más de un instante; y no sé tampoco de qué color son sus cabellos, porque un gran gorro de seda, que no se quita jamás, los esconde cuidadosamente. Viste decentemente de negro, y sus manos están siempre, invariablemente, enguantadas.

     Es un poco difícil que en estos tiempos se decida a venir entre nosotros. Un día me confesaba, con aire de tristeza:

     —Ahora los hombres no me interesan realmente. Se compran con poco, pero valen siempre menos. No tienen ni médula, ni alma, ni vida; tal vez carecen de sangre, suficientemente roja para escribir el contrato de pragmática.

     A pesar de estos pesares, cuando se aburre ciertos días en su reino tan concurrido, viene a visitarnos. Nadie, en verdad, se da cuenta de su presencia, porque los hombres ya no le reconocen, y pasan a su vera, creyéndole un prójimo cualquiera, sonriendo y quitándose el sombrero con un gesto de sensualidad y de aplomo que mete miedo. Pero yo siento siempre la huella de su paso, y me apresuro a gozar de su querida compañía. La conversación del Demonio es la más útil y agradable que conozco: es una de esas charlas la suya que hace comprender el mundo—especialmente el que habita en nosotros—mucho mejor que todos esos manualotes que pueden leerse en la biblioteca universitaria de Heidelberg.

     No he encontrado nunca ser más indulgente que el Diablo. Conoce tan maravillosamente las iniquidades, las bribonadas, las porquerías y las bestialidades humanas, que nada le maravilla ni le repugna. Es pacífico antiguo, y me parece más cristiano que todos los cristianos que hay en el mundo. Ha perdonado hasta a aquel que le condenó y le arrojo de su lado. Cuando habla de él, reconoce en efecto, que el Omnipotente obró justamente arrojándole del cielo, puesto que un rey no puede permitir que haya en torno a él seres demasiado soberbios e indisciplinados.

     —Si hubiera sido yo en su lugar—me confesó una vez,—habría condenado al rebelde a una pena harto más terrible. Le habría obligado a la inacción, a la inmovilidad. Por el contrario, Dios estuvo generosamente misericordioso conmigo y me proporcionó medios para seguir la carrera; me aburro de vez en cuando; no tengo muchas quejas; me hubiera aburrido cien mil veces más en el seno de la beatitud celestial.

     Está animado, aún hacia los hombres, de una cierta bondad tenuemente irónica, secundada, digámoslo, de un profundo desprecio que a ratos no sabe disimular. El Demonio es, profesionalmente, el atormentador de los hombres; pero el hábito le ha hecho menos feroz y menos terrible. No es, en la actualidad, el hirsuto y monstruoso demonio de la Edad Media, rabudo y con cuernos, que acariciaba vírgenes en los monasterios y ocasionaba fiebres solitarias a los padres en el desierto.

     Se ha convencido ahora que la tentación es perfectamente inútil. Los hombres pecan porque sí, naturalmente y espontáneamente, sin necesidad de excitaciones ni de súplicas. Les deja en paz, y los hombres corren hacia él como el agua se precipita por la pendiente. Por ende, no les considera como enemigos dignos de conquistarse, mas como buenos y fieles súbditos dispuestos a pagar su tributo sin hacerse rogar cosa mayor. Y no de otro modo, no por otra suerte de razonamientos, le ha brotado, en estos últimos tiempos, por nosotros los hombres, una piedad que no apaga el desdén, sino que lo atenúa y lo vela. Me sostiene en este parecer la última entrevista que he celebrado con él, en la cual me ha revelado algo que no carece de interés para todos los que buscamos en más arriba y el más allá.

II

Lo encontré la última vez en una de esas calzadas solitarias de los alrededores de Florencia, empotradas entre muros grises, de los cuales asoman ramos de olivo. Caminaba leyendo un librito, encuadernado en negro, y reía para sus adentros como él solo sabe reír. Me acerqué a él, y apenas me vio, cerró el libro, me cogió por un brazo y comenzó a decirme:

     —Conozco, muchos siglos ha, este libro. Se trata de la Biblia, y yo la releo de vez en cuando, cuando quiero ponerme de buen humor. Este volumen está escrito en inglés… Apropósito. El inglés encaja perfectamente en el Antiguo Testamento, mientras el italiano se presta admirablemente para el Nuevo. Estaba leyendo ahora mismo, por milésima vez, los primeros capítulos del Génesis: tú comprenderás seguramente la razón. En ellos tengo yo reservado un papel importante, y me permito el lujo de ser alguna vez, además de soberbio, un poco vanidoso. Me complace, pues, verme bajo las prisioneras escamas de la serpiente. Arrollado en el árbol como en las viejas estampas, sacudiendo mi cabeza negruzca hacia el dulce cuerpo de la graciosa Eva. Sin embargo, es un verdadero pecado que la historia de la tentación haya sido alterada por los historiadores, siervos de Dios. Un día u otro, si me sobra tiempo, haré seguramente una edición corregida de la Biblia, pero no solamente corregida, sino aumentada, porque los santos y piadosos Padres han tenido a menos escribir con la debida frecuente mi nombre y han dejado en la obscuridad algunas de mis empresas más insignes.

     “Volviendo a lo de la tentación, repito mi querido amigo, que la narración bíblica es descaradamente falsa. Jamás he hablado así a ningún hombre, pero creo que eres tú aquel a quién puede decirse lo que ningún hombre podría imaginarse de su cuenta y riesgo. Te confesaré, por ende, que no fui, en el verdadero sentido de la palabra un tentador y un engañador. Cuando me dirigí a Eva para obligarla a gustar del fruto prohibido, no tenía ninguna tentación de precipitar a los hombres en la desgracia. Era mi único propósito vengarme de Jehová, que, según se me antoja por entonces, se había portado conmigo indignamente. Quería precisamente crearle enemigos en potencia y no me pasó por las mentes engañar, cuando dije a Eva: Comed de esto y seréis semejantes a Dios.

     “No decía—créeme—más que la pura y verdadera verdad. En efecto; el árbol prohibido era el de la sabiduría, el árbol de la ciencia, no solamente del bien y del mal, como afirma el Hebreo, sino de lo verdadero y de lo falso, de lo visible y de lo invisible, del cielo y de la tierra, de los animales y de los espíritus. Y tú sabes, querido amigo, que sabiduría es potencia y que ser Dios significa precisamente ser sabio y poderoso. Yo no quería engañar a los hombres apuntándole la manera de hacerse semejantes a Jehová. Mi interés estaba en que triunfasen porque contaba con sus ayudas para tornar a conquistar el Cielo.

     “Presiento en tu mirada que quieres preguntarme algo más y sé lo que quieres preguntarme. ¿Cómo se explica entonces que Adán y Eva, a pesar de haber gustado el fruto prohibido, no fueron dioses, sino que, por el contrario, fueron arrojados por su Dios del paraíso terrenal?

     “Te explicaré brevemente, si te agrada, este aparente misterio. Eva, en la confusión del momento, no se dio cuenta de que los frutos del árbol eran muchos y muy diversos entre sí; tan atropellada y confusa estaba, que no oyó lo que yo le gritaba entonces. Porque yo le decía al oído que no era cosa de tocarlos, de comer poco de ellos, sino que era absolutamente preciso despojar enteramente el árbol, o lo que es igual, conquistar toda la sabiduría. Por el contrario, apenas hubo probado parcamente del fruto prohibido, le faltó la presencia de espíritu suficiente para coger y comer rápidamente todos los demás frutos. Y así acaeció que Jehová pudo darse cuenta del peligro y castigarlos con el destierro eterno. Si Adán y Eva hubieran comido todos los frutos del árbol maravilloso el Gran Viejo no hubiera podido, seguramente, arrojarlos del Paraíso. Hubiéranse convertido en dioses contra Dios, y ningún ángel armado de espadas flamígeras hubiera podido obligarles a la vergonzosa fuga. Dios pudo castigarlos porque no habían pecado absolutamente. El pecado original fue castigado porque no fue suficiente grande. Así pasa siempre en la tierra, y no quiero recordarte una vez más la fábula de Alejandro y del pirata, para demostrarte que se castiga un delito cuando es pequeño, y se ensalza y premia cuando es grande.

      “El hombre, en aquel día lejano, perdió, pues, una de las probabilidades de convertirse en Dios, y yo una de las ocasiones más felices para volver al Cielo. Pero yo creo, excelente amigo mío, y así te lo digo, aunque los hombres no concedáis demasiado crédito a los consejos del Demonio, yo creo que estáis aún en sazón de acabar con los frutos del árbol; que aún es tiempo de que lleguéis a ser dioses. No recordáis, ciertamente el camino del Paraíso terrenal; pero yo sé que la semilla del árbol se ha diseminado en los alrededores del Paraíso y que ya ha adquirido vigor y lozanía. Se trata de buscarlo en vuestros bosques y de cultivarlo con amor hasta que vuelva una vez más a mostrar sus frutos. Y entonces—creed en vuestro viejo amigo el Demonio que lacayos envidiosos quieren presentarme como vuestro mortal enemigo, — entonces podréis comer vuestro antojo, hasta saciaros, y mi promesa se cumplirá. “¿Quieres preguntarme alguna particularidad algún signo de reconocimiento fácil para dar con el árbol y sus frutos? No puedo decirte nada; de veras. Órdenes superiores me lo prohíben. Es preciso que lo encuentres por ti mismo, pacientemente, constantemente. Y avísame así que lo encuentres, porque tal vez mi misión concluya y el buen Dios me llamará a su lado.”

     La voz del Demonio al llegar aquí, se hizo un poco más melancólica que de ordinario. La arruga secta y profunda que se insinúa en mitad de su frente, se me antojó más honda. Y después de haberse detenido algún minuto, como preocupado por alguna cavilación nueva, continuó su camino en silencio mirando las estrellas que comenzaban a temblar en el lánguido cielo del crepúsculo.




LA NOVELA DEL TRANVÍA Manuel Gutiérrez Nájera.

LA NOVELA DEL TRANVÍA
MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA


Cuando la tarde se obscurece y los paraguas se abren, como redondas alas de murciélago, lo mejor que el desocupado puede hacer es subir al primer tranvía que encuentre al paso y recorrer las calles, como el anciano Víctor Hugo las recorría, sentado en la imperial de un ómnibus. El movimiento disipa un tanto cuanto la tristeza, y para el observador, nada hay más peregrino ni más curioso que la serie de cuadros vivos que pueden examinarse en un tranvía. A cada paso el vagón se detiene, y abriéndose camino entre los pasajeros que se amontonan y se apiñan, pasa un paraguas chorreando a Dios dar, y detrás del paraguas la figura ridícula de algún asendereado cobrador, calado hasta los huesos. Los pasajeros se ondulan y se dividen en dos grupos compactos, para dejar paso expedito al recién llegado.

Así se dividieron las aguas del Mar Rojo para que los israelitas lo atravesaran a pie enjuto. El paraguas escurre sobre el entarimado del vagón, que, a poco, se convierte en un lago navegable. El cobrador sacude su sombrero y un benéfico rocío baña la cara de los circunstantes, como si hubiera atravesado por enmedio del vagón un sacerdote repartiendo bendiciones e hisopazos. Algunos caballeros estornudan. Las señoras de alguna edad levantan su enagua hasta una altura vertiginosa, para que el fango de aquel pantano portátil no las manche. En la calle, la lluvia cae conforme a las eternas reglas del sistema antiguo: de arriba para abajo. Mas en el vagón hay lluvia ascendente y lluvia descendente. Se está, con toda verdad, entre dos aguas.

 Yo, sin embargo, paso las horas agradablemente encajonado en esa miniaturesca arca de Noé, sacando la cabeza por el ventanillo, no en espera de la paloma que ha de traer un ramo de oliva en el pico, sino para observar el delicioso cuadro que la ciudad presenta en ese instante. El vagón, además, me lleva a muchos mundos desconocidos y a regiones vírgenes. No, la ciudad de México no empieza en el Palacio Nacional, ni acaba en la calzada de la Reforma. Yo doy a Uds. mi palabra de que la ciudad es mucho mayor. Es una gran tortuga que extiende hacia los cuatro puntos cardinales sus patas dislocadas. Esas patas son sucias y velludas. Los ayuntamientos, con paternal solicitud, cuidan de pintarlas con lodo, mensualmente.

Más allá de la peluquería de Micoló, hay un pueblo que habita barrios extravagantes, cuyos nombres son esencialmente antiaperitivos. Hay hombres muy honrados que viven en la plazuela del Tequesquite y señoras de invencible virtud cuya casa está situada en el callejón de Salsipuedes. No es verdad que los indios bárbaros estén acampados en esas calles exóticas, ni es tampoco cierto que los pieles rojas hagan frecuentes excursiones a la plazuela de Regina. La mano providente de la policía ha colocado un gendarme en cada esquina. Las casas de esos barrios no están hechas de lodo ni tapizadas por dentro de pieles sin curtir. En ellas viven muy discretos caballeros y señoras muy respetables y señoritas muy lindas. Estas señoritas suelen tener novios, como las que tienen balcón y cara a la calle, en el centro de la ciudad.

Después de examinar ligeramente las torcidas líneas y la cadena de montañas del nuevo mundo por que atravesaba, volví los ojos al interior del vagón. Un viejo de levita color de almendra meditaba apoyado en el puño de su paraguas. No se había rasurado. La barba le crecía "cual ponzoñosa hierba entre arenales". Probablemente no tenía en su casa navajas de afeitar... ni una peseta. Su levita necesitaba aceite de bellotas. Sin embargo, la calvicie de aquella prenda respetable no era prematura, a menos que admitamos la teoría de aquel joven poeta, autor de ciertos versos cuya dedicatoria es como sigue:

A la prematura muerte de mi abuelita,
a la edad de 90 años.

La levita de mi vecino era muy mayor. En cuanto al paraguas, vale más que no entremos en dibujos. Ese paraguas, expuesto a la intemperie, debía semejarse mucho a las banderas que los independientes sacan a luz el 15 de septiembre. Era un paraguas calado, un paraguas metafísico, propio para mojarse con decencia. Abierto el paraguas, se veía el cielo por todas partes.

¿Quién sería mi vecino? De seguro era casado, y con hijas. ¿Serían bonitas? La existencia de esas desventuradas criaturas me parecía indisputable. Bastaba ver aquella levita calva, por donde habían pasado las cerdas de un cepillo, y aquel hermoso pantalón con su coqueto remiendo en la rodilla, para convencerse de que aquel hombre tenía hijas. Nada más las mujeres, y las mujeres de quince años, saben cepillar de esa manera. Las señoras casadas ya no se cuidan, cuando están en la desgracia, de esas delicadezas y finuras. Incuestionablemente, ese caballero tenía hijas. ¡Pobrecitas! Probablemente le esperaban en la ventana, más enamoradas que nunca, porque no habían almorzado todavía. Yo saqué mi reloj, y dije para mis adentros:

—Son las cuatro de la tarde. ¡Pobrecillas! ¡Va a darles un vahído! Tengo la certidumbre de que son bonitas. El papá es blanco, y si estuviera rasurado no sería tan feote. Además, han de ser buenas muchachas. Este señor tiene toda la facha de un buen hombre. Me da pena que esas chiquillas tengan hambre. No había en la casa nada que empeñar. ¡Como los alquileres han subido tanto! ¡Tal vez no tuvieron con qué pagar la casa y el propietario les embargó los muebles! ¡Mala alma! ¡Si estos propietarios son peores que Caín!

Nada; no hay para qué darle más vueltas al asunto: la gente pobre decente es la peor traída y la peor llevada. Estas niñas son de buena familia. No están acostumbradas a pedir. Cosen ajeno, pero las máquinas han arruinado a las infelices costureras y lo único que consiguen, a costa de faenas y trabajos, es ropa de munición. Pasan el día echando los pulmones por la boca. Y luego, como se alimentan mal y tienen muchas penas, andan algo enfermitas, y el doctor asegura que, si Dios no lo remedia, se van a la caída de la hoja. Necesitan carne, vino, píldoras de fierro y aceite de bacalao. Pero, ¿con qué se compra todo esto? El buen señor se quedó cesante desde que cayó el Imperio, y el único hijo que habría podido ser su apoyo, tiene rotas las dos piernas. No hay trabajo, todo está muy caro y los amigos llegan a cansarse de ayudar al desvalido. ¡Si las niñas se casaran!... Probablemente no carecerán de admiradores. Pero como las pobrecitas son muy decentes y nacieron en buenos pañales, no pueden prendarse de los ganapanes ni de los pollos de plazuela. Están enamoradas sin saber de quién, y aguardan la venida del Mesías. ¡Si yo me casara con alguna de ellas!... ¿Por qué no? Después de todo, en esa clase suelen encontrarse las mujeres que dan la felicidad. Respecto a las otras, ya se bien a qué atenerme.



¡Me han costado tantos disgustos! Nada; lo mejor es buscar una de esas chiquillas pobres y decentes, que no están acostumbradas a tener palco en el teatro, ni carruajes, ni cuenta abierta en La Sorpresa. Si es joven, yo la educaré a mi gusto. Le pondré un maestro de piano. ¿Qué cosa es la felicidad? Un poquito de salud y un poquito de dinero. Con lo que yo gano, podemos mantenernos ella y yo, y hasta el angelito que Dios nos mande. Nos amaremos mucho, y como la voy a sujetar a un régimen higiénico se pondrá en poco tiempo más fresca que una rosa. Por la mañana un paseo a pie en el Bosque. Iremos en un coche de a cuatro reales hora, o en los trenes. Después, en la comida, mucha carne, mucho vino y mucho fierro. Con eso y con tener una casita por San Cosme; con que ella se vista de blanco, de azul o de color de rosa; con el piano, los libros, las macetas y los pájaros, ya no tendré nada que desear.

Una heredad en el bosque:
Una casa en la heredad;
En la casa, pan y amor...
¡Jesús, qué felicidad!


Además, ya es preciso que me case. Esta situación no puede prolongarse, como dice el gran duque en la Guerra Santa. Aquí tengo una trenza de pelo que me ha costado cuatrocientos setenta y cuatro pesos, con un pico de centavos. Yo no sé de dónde los he sacado: el hecho es que los tuve y no los tengo. Nada; me caso decididamente con una de las hijas de este buen señor. Así las saco de penas y me pongo en orden. ¿Con cuál me caso?, ¿con la rubia?, ¿con la morena? Será mejor con la rubia... digo, no, con la morena. En fin, ya veremos. ¡Pobrecillas'. ¿Tendrán hambre?

En esto, el buen señor se apea del coche y se va. Si no lloviera tanto —continué diciendo en mis adentros— le seguía. La verdad es que mi suegro, visto a cierta distancia, tiene una facha muy ridícula. ¿Qué diría, si me viera de bracero con él, la señora de Z? Su sombrero alto parece espejo. ¡Pobre hombre! ¿Por qué no le inspiraría confianza? Si me hubiera pedido algo, yo le habría dado con mucho gusto estos tres duros. Es persona decente. ¿Habrán comido esas chiquillas?


En el asiento que antes ocupaba el cesante, descansa ahora una matrona de treinta años. No tiene malos ojos; sus labios son gruesos y encarnados: parece que los acaban de morder. Hay en todo su cuerpo bastantes redondeces y ningún ángulo agudo. Tiene la frente chica, lo cual me agrada porque es indicio de tontera; el pelo negro, la tez morena y todo lo demás bastante presentable. ¿Quién será? Ya la he visto en el mismo lugar y a la misma hora dos... cuatro... cinco... siete veces. Siempre baja del vagón en la plazuela de Loreto y entra a la iglesia. Sin embargo, no tiene cara de mujer devota. No lleva libro ni rosario. Además, cuando llueve a cántaros, como está lloviendo ahora, nadie va a novenarios ni sermones. Estoy seguro de que esa dama lee más las novelas de Gustavo Droz que el Menosprecio del mundo del padre Kempis. Tiene una mirada que si hablara, sería un grito pidiendo bomberos. Viene cubierta con un velo negro. De esa manera libra su rostro de la lluvia. Hace bien. Si el agua cae en sus mejillas, se evapora, chirriando, como si hubiera caído sobre un hierro candente. Esa mujer es como las papas: no se fíen Uds., aunque las vean tan frescas en el agua: queman la lengua.


La señora de treinta años no va indudablemente al novenario. ¿A dónde va? Con un tiempo como este nadie sale de su casa, si no es por una grave urgencia. ¿Estará enferma la mamá de esta señora? En mi opinión, esta hipótesis es falsa. La señora de treinta años no tiene madre. La iglesia de Loreto no es una casa particular ni un hospital. Allí no viven ni los sacristanes. Tenemos, pues, que recurrir a otras hipótesis. Es un hecho constante, confirmado por la experiencia, que a la puerta del templo, siempre que la señora baja del vagón, espera un coche. Si el coche fuera de ella, vendría en él desde su casa. Esto no tiene vuelta de hoja. Pertenece, por consiguiente, a otra persona. Ahora bien, ¿hay acaso alguna sociedad de seguros contra la lluvia o cosa parecida, cuyos miembros paguen coche a la puerta de todas las iglesias, para que los feligreses no se mojen? Claro es que no. La única explicación de estos viajes en tranvía y de estos rezos, a hora inusitada, es la existencia de un amante, ¿Quién será el marido?

Debe de ser un hombre acaudalado. La señora viste bien, y si no sale en carruaje para este género de entrevistas, es por no dar en qué decir, Sin embargo, yo no me atrevería a prestarle cincuenta pesos bajo su palabra. Bien puede ser que gaste más de lo que tenga, o que sea como cierto amigo mío, personaje muy quieto y muy tranquilo, que me decía hace pocas noches:

—Mi mujer tiene al juego una fortuna prodigiosa. Cada mes saca de la lotería quinientos pesos. ¡Fijo!

Yo quise referirle alguna anécdota atribuida a un administrador muy conocido de cierta aduana marítima. Al encargarse de ella dijo a los empleados:

—Señores, aquí se prohíbe jugar a la lotería. El primero que se la saque lo echo a puntapiés.

¿Ganará esta señora a la lotería? Si su marido es pobre, debe haberle dicho que esos pendientes que ahora lleva son falsos. El pobre señor no será joyero. En materia de alhajas sólo conocerá a su mujer que es una buena alhaja. Por consiguiente, la habrá creído. ¡Desgraciado!, ¡qué tranquilo estará en su casa! ¿Será viejo? Yo debo conocerle.,. ¡Ah!... ¡sí!... ¡es aquél! No, no puede ser; la esposa de ese caballero murió cuando el último cólera. ¡Es el otro! ¡Tampoco! Pero ¿a mí, qué me importa quién sea?

¿La seguiré? Siempre conviene conocer un secreto de una mujer. Veremos, si es posible, al incógnito amante. ¿Tendrá hijos esta mujer? Parece que sí. ¡Infame! Mañana se avergonzarán de ella. Tal vez alguno la niegue. Ése será un crimen; pero un crimen justo. Bien está; que mancille, que pise, que escupa la honra de ese desgraciado que probablemente la adora.

Es una traición; es una villanía. Pero, al fin, ese hombre puede matarla sin que nadie le culpe ni le condene. Puede mandar a sus criados que la arrojen a latigazos y puede hacer pedazos al amante. Pero sus hijos ¡pobres seres indefensos, nada pueden! La madre los abandona para ir a traerles su porción de vergüenza y deshonra. Los vende por un puñado de placeres, como Judas a Cristo por un puñado de monedas. Ahora duermen, sonríen, todo lo ignoran; están abandonados a manos mercenarias; van empezando a desamorarse de la madre, que no los ve, ni los educa, ni los mima. Mañana, esos chicuelos serán hombres, y esas niñas, mujeres. Ellos sabrán que su madre fue una aventurera, y sentirán vergüenza. Ellas querrán amar y ser amadas; pero los hombres, que creen en la tradición del pecado y en el heredismo, las buscarán para perderlas y no querrán darles su nombre, por miedo de que no lo prostituyan y lo afrenten.

Y todo eso será obra tuya. Estoy tentado de ir en busca de tu esposo y traerle a este sitio. Ya adivino cómo es la alcoba en que te aguarda. Pequeña, cubierta toda de tapices, con cuatro grandes jarras de alabastro sosteniendo ricas plantas exóticas. Antes había dos grandes lunas en los muros; pero tu amante, más delicado que tú, las quitó. Un espejo es un juez y es un testigo. La mujer que recibe a su amante viéndose al espejo, es ya la mujer abofeteada de la calle.

Pues bien; cuando tú estés en esa tibia alcoba y tu amante caliente con sus manos tus plantas entumecidas por la humedad, tu esposo y yo entraremos sigilosamente, y un brusco golpe te echará por tierra, mientras detengo yo la mano de tu cómplice. Hay besos que se empiezan en la tierra y se acaban en el infierno.

Un sudor frío bañaba mi rostro. Afortunadamente habíamos llegado a la plazuela de Loreto, y mi vecina se apeó del vagón. Yo vi su traje; no tenía ninguna mancha de sangre; nada había pasado. Después de todo, ¿qué me importa que esa señora se la pegue a su marido? ¿Es mi amigo acaso? Ella sí que es una real moza. A fuerza de encontrarnos, somos casi amigos. Ya la saludo.


Allí está el coche; entra a la iglesia; ¡qué tranquilo debe estar su marido! Yo sigo en el vagón. ¡Parece que todos vamos tan contentos!



jueves, 9 de abril de 2015

TE DESEO TIEMPO Poema de los Indios americanos

TE DESEO TIEMPO
POEMA DE INDIOS AMERICANOS

No te deseo un regalo cualquiera,
te deseo aquello que la mayoría no tiene,
te deseo tiempo, para reír y divertirte,
si lo usas adecuadamente podrás obtener de él lo que quieras.

Te deseo tiempo para tu quehacer y tu pensar
no sólo para ti mismo sino también para dedicárselo a los demás.

Te deseo tiempo no para apurarte y andar con prisas
sino para que siempre estés contento.

Te deseo tiempo, no sólo para que transcurra,
sino para que te quede:

tiempo para asombrarte y tiempo para tener confianza
y no sólo para que lo veas en el reloj.

Te deseo tiempo para que toques las estrellas
y tiempo para crecer, para madurar. Para ser tú.

Te deseo tiempo, para tener esperanza otra vez y para amar,
no tiene sentido añorar.

Te deseo tiempo para que te encuentres contigo mismo,
para vivir cada día, cada hora, cada minuto como un regalo.

También te deseo tiempo para perdonar y aceptar.

Te deseo de corazón que tengas tiempo,

tiempo para la vida y para tu vida.


REMOLINO Eduardo Turrent Rozas

REMOLINO
(LA REVOLUCIÓN MEXICANA EN LA COSTA DE SOTAVENTO)
EDUARDO TURRENT ROZAS

Proemio del libro
     
     La Revolución Mexicana fue en su cuna remolino formado a impulsos de un despertar de conciencias que por luengos años soportaron azotes, discriminaciones, encierros, despojos, privilegios, compadrazgos espúreos e iniquidades sin cuento. Vientos leves al principio precursores del meteoro en formación que al tomar cuerpo acogió en su vórtice, -vientre maternal- a los desheredados i soñadores que luego abonaron el suelo patrio con su sangre i con su pensamiento para que fructificara la simiente de anhelos acariciados.

     A ello el título de Remolino de este libro; porque su contenido es en su totalidad trasunto de los vientos que soplaron en el Sur del Estado de Veracruz, -al igual que por todo el país- cuajados en el meteoro que hecho bomba, estalló en manos de Aquiles Serdán en la heroica Puebla el 18 de noviembre de 1910.

     Cada capítulo de los que se compone la obra es un cuadro de ese pasado; causales del movimiento unos i de sucedidos durante la contienda otros. Gajos de historia escritos con aleación de cuento.

     No quise adentrarme en la precisión exacta de las fechas de sucedidos, ni de lugares ni en el de las personas actuantes a las que cito con nombres escogidos al azar. Sépase sólo que si hablo de “colgados”, se debe a que antes del movimiento era uno de los drásticos castigos que se aplicaba a los desafectos al régimen, como lo fuera también en plena lucha entre las tropas del gobierno i las del pueblo. Que si digo “despojo”, es porque en todas las municipalidades eran dueños de vidas i haciendas los caciques del lugar en connivencia con “la justicia” siempre en manos venales. Que el cuerpo de Rurales a que aludo, sólo servía para perseguir i matar a los que se oponían a los dictados i caprichos del poderoso –con facultades irrestrictas entre otras, la de formar consejo a quienes caían en sus manos i aplicarles la pena de muerte si ese era su criterio o la consigna recibida-; i que dentro del estado feudo-carcelario imperante, la gente era befada i las mayorías sufrían el atropello manifiesto de unos cuantos que pisoteaban todo derecho amparados con el fuero de la influencia o el poder.

     El primer relampagueo de la conflagración que más tarde abarcaría todos los confines del suelo mexicano, tuvo efecto en la costa de Sotavento el 30 de septiembre de 1906 cuando el incansable e idealista sin mácula Hilario C. Salas llegó en abierta rebeldía hasta el corazón de la ciudad de Acayucan al frente de los nativos de la sierra de Xoteapan; hecho de armas que fracasó por haberse dispersado su desorganizada gente al saber que lo habían herido. Para esta acción de armas aprovechó Salas el descontento de los rebeldes ante la pérdida de sus tierras que les habían sido arrebatadas por los sucesores de don Manuel Romero Rubio, firmemente apoyado por las autoridades del lugar. En dicho ataque silbaron las flechas de los serranos entre el fragor de los disparos de las escopetas, el centellear de los machetes i los gritos proferidos en su dialecto por los atacantes que con arma i voz protestaban por el despojo de su heredad. Pocos días después, el 3 de octubre, hubo otro levantamiento en el pueblo vecino de Ixhuatlán. (Estos brotes tuvieron conexión con el de Cananea que encabezaron Manuel M. Diéguez, Esteban Baca Calderón, Francisco Ibarra i otros muchos.

     Al ser conocido en la costa de Sotavento el Programa de Principios del Partido Liberal Mexicano expedido en San Luis Missouri el 1º. De julio del propio año de 1906, los simpatizadores del movimiento en gestación lo acogieron con el mayor entusiasmo sin temor a las bayonetas pretorianas, instalando desde luego el Club Liberal “Valentín Gómez Farías” en Coatzacoalcos, el “Vicente Guerrero” en Chinameca i otros más en distintos lugares del sur del Estado de Veracruz; i la región de Los Tuxtlas se constituyó en sede principalísima de agitación i propaganda, pasando de mano en mano i reimprimiéndolos, todo manifiesto escapado a la vigilancia del gobierno pese a las drásticas medidas tomadas para impedirlo.

     En CATEMACO destacaron con peligro de su vida i más tarde dieron su sangre unos i su dinero otros, Teodoro Constantino Gilbert –que llegó a ser Coronel en el período constitucional-, su padre del mismo nombre i Lauro T. Cadena i Rosendo Pérez los que fueron aprehendidos en dicha villa junto con Fausto O. Rosario i otros el 15 de octubre de 1906 sumando esa sola vez 29 los apresados. En ZAPOAPAN, sierra arriba de Matacanela donde tenía instalado su trapiche de caña, Pedro Carvajal que ya en plena revolución entró a Catemaco al frente de sus fuerzas acompañado de su segundo, el Gral. Paredes. (Carvajal fue quien prendió fuego a la casa que el eterno Alcalde del pueblo tío Pancho Mortera había mandado construir a un costado de la iglesia i en la que esperaba pasar sus últimos días. Se creía merecedor de respeto por su edad i por su política siempre tibia, sin iniciativa de maldad, aunque fiel obediente al mandato i a la consigna). En CALERÍA se sumaron a la causa: Apolinar Martínez, Manuel Turrent, Teófilo Villegas, José Cariño, Onésimo Cadena, Feliciano Herrera, Feliciano Tepax, Eleuterio Canela, Leopoldo Martínez, José i Francisco Rosas, Ramón Chávez, Joaquín i Enrique Acosta, Eduardo Pardeiz, Florentino Xagala, Eugenio Cruz Hernández, Vicente Tornado, Antonio Osorio, Rafael Martínez, Agustín Fermán e Ignacio Guzmán. En SANTIAGO TUXTLA el Prof. Juan de Dios Palma que más tarde figuró en la política militante i le tocó firmar en Querétaro la Constitución de 1917 que nos rige; i en SAN ANDRÉS TUXTLA, el periodista Juan B. O’ Bando, Rafael Carrión Álvarez, el poeta Primitivo R. Valencia, (a éste se le debe considerar como precursor aunque pueda aplicársele el cuento del perico, porque más que por convicción entró a la lucha empujado por las circunstancias); el abogado Gabriel Figueroa, Julio Lara Delfín i uno que otro más que sumados a los anteriores no llegaron a diez. San Andrés era el centro, la madriguera de la reacción formada por los poseedores de la riqueza i el poder, por sus alcahuetes i por quienes recibían sus mendrugos que temerosos de perderlos no osaban siquiera levantar la voz. Vivía confiado en el seguro fracaso de los de abajo. En el Casino se tomaba champaña i se hacía escarnio de la pobreza entre el bailar de polkas i lanceros mientras en las afueras arrastraba su sable sobre el empedrado de la calle i el enladrillado de la banqueta, el Cabo de Rurales Luis Castillo, a quien a la vuelta de sus incursiones se le aplaudía i agasajaba al saber de uno que otro enemigo del régimen al que le hubiera echado la soga al cuello.



     Tomado del libro REMOLINO  de Eduardo Turrent Rozas. Primera edición 29 de julio de 1958 EDITORIAL VERACRUZ, México, D. F.



jueves, 2 de abril de 2015

EL PUENTE DE LOS PERROS Guillermo González Galera.

EL PUENTE DE LOS PERROS
(Chusca anécdota de Doña Mercedes López de Santa Anna de Paula Toro)
GUILLERMO GONZÁLEZ GALERA

     No viene al caso señalar los defectos de los campechanos, que son muchos, como corresponde a toda comunidad tropical heredera de una tradición que le permite vivir a costa del recuerdo; pero tampoco está de más mencionar que los alegres descendientes de una pintoresca mezcla de indígenas, comerciantes y piratas cultivan algunas virtudes singulares que, en el plano político, les han proporcionado siempre una estabilidad envidiable.

     Efectivamente, lo que en otros lugares se resuelve por medio de conflictos sangrientos, porque nadie está dispuesto a que su gremio sea humillado –y de las discusiones se pasa a las trompadas y a los garrotazos-, en Campeche se trueca en un mimetismo que ya quisiera para su coleto el más consumado camaleón. Y es así como, en tiempo de colonias, los porteños eran peninsularistas, y hasta los caballos pertenecían al partido español; en la época de la efervescencia insurgente, eran casi rebeldes; bajo la República, republicanos; durante el efímero imperio de Iturbide, monárquicos; y, cuando se enteraron de que la estrella del futuro Su Alteza Serenísima empezaba a fulgurar, se declararon santanistas. Esto último no obsta para que, en 1830, y para evitar fricciones innecesarias y tópicos mal entendidos, los campechanos fuesen paulistas; por aquello de que el comandante militar de la plaza, cuñado del esforzado caudillo veracruzano, se llamaba Francisco de Paula Toro, y porque sonaba más eufónico ese término que el de toristas.

     Don Pancho, en su calidad de jefe castrense de Campeche, no se sabe si poseía atribuciones administrativas propias del poder civil o se las tomaba por su cuenta; pero el hecho es que compartía la autoridad con el gobernador Don José Segundo Carvajal quien, nada celoso de los militares, prefería dejar a Don Francisco actuar, toda vez que el coronel se distinguía por su espíritu de progreso. Pues bien, quizá procurando la ventura de los campechanos, o por dar satisfacción a los deseos de su mujer, la virtuosa Doña Mercedes López de Santa Anna de Paula Toro, que gustaba de los paseos dominicales en el campo, héte que el comandante dispuso un día construir un puente sobre el canal de desagüe del suburbio de Santa Ana, vecindad a la que Doña Mechita le tenía particular afecto nacido probablemente de la homonimia.

     Recibió el encargo de realizar la obra el afamado alarife Don José de la Luz Solís, que fue también al arquitecto de la Alameda; y en pocos meses, gracias al empeño y la diligencia del experto maestro, el puente quedó casi listo. Como se anotó Doña Mercedes era aficionada a pasear por la campiña; y en cierto ocasión llegó, en compañía de su marido, a inspeccionar los trabajos del puente. La señora se mostró entusiasmada con la mejora material, y creyó prudente comentar que, además de que sería de indudable beneficio para los habitantes del barrio, a ella le serviría de viaducto para disfrutar de un acogedor rincón de descanso en medio del monte. Examinando lo contraído, atrajeron su atención los cuatro extremos en que el puente remataba, por lo que preguntó al alarife: -¿Quiere usted decirme, Don Pepe, para qué son los remates del puente?

     -Tengo instrucciones de mi coronel aquí presente - contestó el aludido-, de colocar sobre los remates cuatro hermosos pebeteros, que han pedido a México y se encuentran ya en camino, y que simbolizarán respectivamente el fuego inextinguible de la ciencia, del arte, del pensamiento y del amor.

     Después de oír tales palabras, la señora de Toro no preguntó más, pero guardó un silencio reflexivo.

     Transcurridos algunos días doña Mercedes, acompañada de un aya, se apeó de su carruaje frente al puente en ejecución, y tras ella bajo un mocetón que a duras penas sostenía una traílla a la que estaban sujetos dos magníficos e imponentes mastines. Dirigiéndose a Don José de la Luz, la primera dama interrogó: -¿Qué le parecería las estatuas de Aníbal y Alejandro para rematar el puente?

     A lo que respondió Don José: -Señora, creo que serían unos remates admirables; y, por otra parte, estarían acordes con la profesión de mi coronel, ya que tan augustos personajes fueron grandes guerreros.

     Dijo Doña Mechita: -No me he explicado claramente, Don Pepe; yo no estoy hablando de esos conquistadores franceses (Doña Mechita no era muy versada en historia universal) sino de perros, los que ve usted aquí; ¿no cree que
quedarían soberbios como remates del puente?

     Aunque cortesano, el señor Solís, que comprendió la intención de la de Toro, se atrevió a replicar: -¡Pero, Doña Merceditas! ¡No pretenderá usted que se modifique el proyecto de mi coronel! ¡Él ha dicho que los pebeteros adornarán el puente, y que serán el símbolo de la constante aspiración de los campechanos, no importa que sean de este barrio, hacia lo alto! ¡Además, los pebeteros llegarán en el próximo barco!

     -Mire usted, Don Pepe –repuso Doña Mercedes-, yo respeto mucho a mi esposo y sus ideas, pero también adoro a mis perros; y se me ha ocurrido que especímenes de raza tan pura y majestuosa como Aníbal y Alejandro deben pasar a la posteridad, y nada mejor para ello que aprovechar los remates del puente.

     Y agregó: -Le ruego, y conste que no acostumbro hacerlo, que en lugar del proyecto original, usted que es un escultor consagrado, se ocupe de modelar cuatro figuras de mis mastines en actitud de ladrar, para que, ya puestos en su sitio, ejerzan la vigilancia permanente de la ciudad. Estoy segura de que de sus hábiles manos saldrán los perros más bellos que jamás ha esculpido ningún artista!
     Halagado por haber sido ascendido de albañil a escultor, Don José de la Luz ya no respingó, y prometió a Doña Mercedes que atendería su súplica.

     Ganada la escaramuza por el lado del obrero, la dama se encaminó a ver a sí consorte; y ya de frente a él le dijo estas palabras, después de haber preparado con un cariñoso beso: -Panchito, hoy recibí carta de mi hermano Toño, y me ha recomendado que yo te salude con un fuerte abrazo. De esas cosas de política que no entiendo, dice que pronto substituirá al general Bustamante (éste era, en 1830, el Presidente de la República), y que yo te lo informe. Y también preguntó por Aníbal y Alejandro, los que, recordarás, él me obsequió; y me dice que le agradaría especialmente que se
pusieran esfinges de los mastines en el puente en construcción.
     Don Francisco: -¡Mechita, querida mía, no faltaba más!
No era necesario que le hablaras a Antonio del puente; basta que tu voluntad sea que las estatuas de tus perros se coloquen allí para que se cumpla tu deseo; y así se hará. Pensándolo bien, serán más artísticos los canes como remates del puente que los pebeteros. ¡Ah! Y cuando le escribas a tu hermano, dile que no se olvide de nosotros.

     En esa forma, Aníbal y Alejandro, reproducidas por partida doble, quedaron perpetuados en piedra en el puente del cuento; aunque no salieron imponentes de la mano del escultor; ni su actitud se antoja de ladrido vigilante sino de lúgubre lamento causado por la visión de un alma en pena.

     El puente fue inaugurado con el nombre de Puente de la Merced, según una placa conmemorativa en la que se lee la siguiente inscripción: “Año de MDCCCXXX. Se construyó este puente con el título de la Merced de Santa Ana, bajo la dirección del Alarife D. José de la Luz Solís”. El gobernador Carvajal mandó poner otra placa en el ya desde entonces llamado Puente de los Perros, con la siguiente inscripción:

“Año de MDCCCXXX. Se hizo por disposición del Señor coronel C. Francisco Toro, habiendo contribuido en unión de todo el partido, esta benemérita guarnición gratuitamente a su construcción y la de la alameda. A pueblos tan virtuosos militares tan recomendable, José Segundo Carvajal reconocido, dedica este documento”.


EL CHIVO BRUJO Rafael Alpuche Ramos

EL CHIVO BRUJO
RAFAEL ALPUCHE RAMOS


     Oriundo del suelo campechano, a cuyas tradiciones ha vinculado si existencia pintoresca, este raro animal causó espantos y congojas hace más de medio siglo. En vano trataríase de encontrar este curioso ejemplar en las Enciclopedias ni en las sabías clasificaciones de Lineo.

     Su nombre, sin embargo, indica muy a las claras, que algo debió haber tenido en su naturaleza, que participara de las características del macho cabrío y que, además, poseyera la gran virtud de conservar a los moradores campechanos, en constante zozobra espiritual. Porque, ¡ay! Infeliz mortal que tuviera la osadía de enfrentarse con este sujeto tan original como pernicioso. Los mayores de pobladas barbas blancas, le temían como al propio demonio y, a los chicos se les ponía en orden amenazándolos con la presencia de este ser supernatural a quien el sentimiento popular había consagrado como un émulo del infierno. Los “policías” encargados de la “ronda” en la ciudad, sobre corpulentas y bien nutridas cabalgaduras, tal vez aguijoneados por el propio instinto de conservación, o, porque muchas veces es más pródigo en dádivas y satisfacciones el hacerse desentendido que el querer saberlo todo, jamás se topaban con este ente de diabólica estructura. Y, lo tunantes, filosóficamente truncaban sus sentidas serenatas, y escabullían el cuerpo y el alma, al rumor de que se aproximaba el temido Caballero de la Noche. Este casi mitológico animal rondaba los suburbios, hurgando los misterios de las sombras. Pero no siempre, ni todos los días, ni en días definidos; sólo incursionaba cuando menos se le esperaba y en cualquier tiempo, pero a altas horas de la noche. De repente, como por arte de magia, -pues a la magia negra pertenece la personalidad de este cornúpeta- como una oleada quieta sobre un lago sereno corrían los rumores: “Oye, Chun, dicen que anoche salió el Chivo Brujo”, dicho así, como para que quedara en casa y para que no lo supieran todos los mortales del puerto. Pero, como todos los secretos, el rumor se iba propagando de boca en boca; al caer la noche, al noticia ya era del secreto dominio de toda la ciudad.

      Dicho está. ¿Quién sería aquel majo que se aventurara a la calle pasadas las once de la noche? Las damas, jóvenes y viejas, pero especialmente estas últimas, se entregaban a la oración y se disponían resignadamente al encierre casero, salvaguardando a sus mocetonas y atisbando por las rendijas de las puertas, al través de la penumbra, de la flama agonizante de los faroles, con ansia y temor a la vez. Acaso, los campechanos de hoy, recordarán esta personalidad nebulosa de hace medio siglo digna de compararse con la multiforme Xtabay.
Xtabay

     Una mañana, al reflejo de la naciente luz crepuscular, en el entonces gran escapado de San Francisco, en las vecindades de la vetusta y benemérita iglesia del barrio; en aquella silenciosa explanada del histórico Kin Pech, sobre la grama donde había llorado la noche sus lágrimas de rocío, amaneció un cuerpo muerto de apuesto varón proletario. En su semblante se dibujaba una risa sardónica, hirsuta la pelambre del cuero cabelludo, los ojos ampliamente abiertos y desorbitados, tal parecía que el cuerpo que dormía el sueño eterno, había entregado su alma en el regazo del demonio. Cuchicheos por aquí; secreteos por allá; coloquios artificiales; miradas austeras en torno del cadáver del mal afortunado joven….

     La noche anterior había vagado en soltura por los ámbitos de la ciudad el temido Chivo Brujo… ¿Sería que aquel cuerpo inerte había encontrado la muerte en sus propias manos, en un arranque de pasión amorosa, de decepción, de celo, de locura?... “El Chivo Brujo” –se decía- “Se encontró con el Chivo Brujo” –murmuraban las gentes, sin detenerse a hacer honras al desaparecido-.

     “El Chivo Brujo”, es el caso, podía hacer este milagro y más, con su sola presencia. Pues ¿qué ser humano podría resistir el influjo de in Chivo bípedo, poseedor de una larga y peluda cola, dueño de un par de grandes y filosos cuernos, semejantes a un par de bien afilados machetes, con un par de ojazos de fuego que relampagueaban misteriosamente en medio de las sombras de la noche? ¿Quién podría mirar cara a cara a este noctívago sujeto, detener su miedo y permanecer con vida, al percibir el fragoroso ruido de sus pesadas cadenas? ¡Pues tal era el “Chivo Brujo” hace medio siglo en playas campechanas! ¡Peor que Lorencillo, Agramont o Pata de Palo! La presencia de este misterioso personaje era necesarísimo en ocasiones, y todo mundo debería recogerse contrito y confesado a horas tempranas de la noche; ¡Paso al progreso y la civilización!


     Eran los tiempos en que los buenos comerciantes del puerto, sacaban tripas de mal año, a base de contrabando marítimo. Pero un día, un buen día en que Dios no estaba para hacer milagros, “Chivo Brujo” fue capturado con todo y su infernal arreo y complicada parafernalia, y puesto en exhibición bajo los portales de la Comandancia de la Policía. Se recogieron valiosos contrabandos de las bodegas, y “El Chivo Brujo” perdió, desde entonces, todo lo que de brujo y chivo tenía; los campechanos recobraron la tranquilidad por mucho tiempo perdida y el vulgo se dio cuenta de la verdad de aquellos misterios…