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miércoles, 19 de julio de 2017

CHOGOSTA, GEOFAGIA PRECOLOMBINA, EL CRISTO NEGRO Antonio Fco. Rguez. A.

“CHOGOSTA”
GEOFAGIA EN AMÉRICA PRECOLOMBINA
Y EL CRISTO NEGRO
Antonio Fco. Rodríguez Alvarado


Imagen Internet

CHOGOSTA. Del pipil xogoctali de  xogoc, agrio, ácido + tali, tierra.  En náhuatl  proviene de xococ, agrio, ácido + tlalli, tierra: “Tierra o barro de sabor ácido y/o agrio”. Un alimento ancestral, es un lodo chicloso, un poco duro, de color blanco y tonos rosas o anaranjados que se extrae cerca de Jáltipan, más o menos a un metro de hondo. Su sabor es ácido, por lo que una vez que es extraída, se amasa o tritura y vacía en un recipiente con agua, para después hacerla bolitas y meterla a un horno tradicional, un tapanco o tapestle (catre) que se localiza siempre arriba de los fogones del lugar, por cinco a diez días, oreándose con el humo y calor de las brasa y de unas hierbas llamadas gogopetas hasta que las rueditas se encuentran tostadas y se comen como golosinas. 



Imágenes Internet

Los bebedores lo usan como botana. Se come “por vicio” (geofagia por déficit de calcio). Es utilizada como fuente de calcio por las embarazadas. Se suele vender usualmente en fiestas religiosas (García de León, Guitera Holmes, Rodríguez Alvarado).

          No confundir con las lajas que son suelos deslavados de colores moteados. Generalmente se encuentran en el subsuelo. Son muy duros y sin materia orgánica, infértiles. No tienen ningún uso y también son llamados “suelos agrios”. Se encuentran en la orilla de los caminos o en las cárcavas. Algunas personas los comen (aunque no tienen similitud con el suelo con que se prepara la “chogosta”).

          GEOFAGIA. Consumo regular y deliberado de materiales terrosos como suelos, arcillas y otras substancias minerales. La geofagia humana puede estar relacionada con la pica, un desorden alimenticio caracterizado por una necesidad anormal de consumir sustancias no alimenticias. Desde la época greco-romana se mantiene en la farmacopea tradicional la constancia de que existe un consumo habitual o circunstancial (embarazo, niñez, enfermedad) de arcillas y tierras en grupos indígenas de todos los continentes, conocidos para entonces.  Se encuentra principalmente en África, China, Indonesia, Sudamérica.

     Un trabajo publicado en la revista American Journal of Clinical Nutrition mostraba, en 1979, la incidencia de geofagia en el sur de EEUU, en zonas rurales de Mississipi. Incluso en algunos lugares se puede comprar arcilla para su consumo. Los autores localizaron los 25 lugares de los cuales la población extraía la arcilla, y contabilizaron que hasta un 57% de las mujeres y un 16% de los niños de ambos sexos tomaban arcilla, pero en ningún caso varones adultos y adolescentes (…), no se halló correlación entre geofagia y hambre, anemia o problemas de parásitos en los intestinos -uno de los problemas consecuencia de la geofagia, si se consumen tierras con larvas, es precisamente los parásitos.

     En cualquier caso, el consumo de diferentes tipos de tierras por los indígenas americanos está ampliamente documentado en la literatura etnográfica y sus usos se pueden agrupar en cuatro categorías que con mucha frecuencia se presentan interrelacionadas: 1.-medicina; 2.-condimento; 3.-sustituto alimenticio y 4.-objeto ritual.

     Suelo como comida y como detoxificante, se observa especialmente en los pueblos indígenas, en los largos periodos de hambre esta práctica toma un enorme valor ya que permite tener una sensación de saciedad, asimismo en otros pueblos el suelo es mezclado con plantas para que este adsorba todas las fitotoxinas de ellas (Los estudios han demostrado una gran disminución en estos pueblos por la intoxicación con glicoalcaloides [papas, tomates, remolacha y pimientos] y aflatoxinas [toxinas producidas por hongos en granos y cereales], especialmente la AfB1).

El  5 de Junio de 1800, el grupo de Humboldt encontró a los otomacos, etnias semi-sedentarias que vivían ante todo de la pesca y recolección. Humboldt escribe: Cuando el nivel del agua en el Orinoco y sus ríos tributarios es bajo, los otomacos viven de la pesca y de las tortugas...cuando tienen lugar las inundaciones, que duran de dos a tres meses, tragan tierra en cantidades increíbles....Los otomacos consumen diariamente durante varios meses de medio a tres cuartos de libra de arcilla grasa, rica en hierro, amasada en bolas puestas luego en la parrilla endureciéndolas al fuego, sin que su salud sufra por ello...dicen que es la arcilla la que los sacia y no los pocos alimentos que ingieren en ese tiempo. Y no sólo eso, sino que incluso en la época en la que la comida abundaba, los otomacos de vez en cuando sacaban esas bolas de tierra cocida, que llamaban “poyas”, para rasparlas y consumir su polvillo. Consumían además casabe, al igual que muchos otros pueblos indígenas de la región.

Los otomacos (actualmente extintos) vivían alrededor de la boca del Orinoco y otros en las costas de Cumaná, Nueva Barcelona y Caracas.

     POYA, bolas de una greda comestible muy fina y grasienta, que conservaban amontonadas en sus casas los indios otomacos, guamos y otros de Venezuela.  Esta arcilla era seleccionada, moldeada y «ligeramente endurecida al fuego» la dura costra tira un poco al rojo, lo cual debe atribuirse al óxido de hierro que contiene (Humboldt, 1985 [1799]: 435). En el momento de comerla la humedecían de nuevo. En la estación de sequía, en la que la pesca era abundante, el indio otomaco no consumía esas cantidades, sino que «raspa sus bolitas de poya y mezcla un poco de arcilla a sus alimentos» (Humboldt, 1985 [1799]: 436). el hecho de que las endurecían al fuego, ya que coincide con la preparación de nuestros artefactos, que están también ligeramente cocidos. El autor citado nos da noticia de otros muchos lugares del mundo en los que igualmente se consumía tierra, entre otros en la isla de Java en la que comían por golosina una arcilla ferruginosa que «tuestan después de haberla enrollado en pequeños cuernos» (Humboldt, 1985 [1799]: 439). Hay que hacer notar que este tostado no es por gusto, aunque parece que le da mejor sabor, ya que las tierras deben de cocerse para reducir su posibilidad de contaminación bacteriana.

     Cuando están embarazadas, las mujeres yanomamis (amazonas de Venezuela y Brasil) comen pellas de un barro blancuzco de las orillas de los caños, en plena Orinoquia venezolana. Lo hacen por el aporte de minerales que les supone y en eso no difieren mucho de los guacamayos que van por las mañanas a picotear las colpas, o ribazos de barro, para purificar su organismo.     En Java, en Indonesia, se ingería tierra arcillosa mezclándola con agua hasta hacer una pasta modelada después en tubos o huesos que se tostaban. Eso se llamaba “ampo” y se vendía en los mercados. Las javanesas lo tomaban para adelgazar porque comiendo tierra perdían el apetito. Arcillas comestibles se vendían asimismo en Bolivia, y los lapones, al norte de Europa, en momentos de escasez, podían comer un polvo blanco rico en minerales, una especie de harina de viejos fósiles pulverizados. Esa harina lapona, estudiada por Retzius, poseía muchas propiedades y tenía resto de hasta 19 especies de infusorios. Antaño en España había quien comía la arcilla con la que se fabricaban las alcarrazas, unas vasijas de tierra tan porosa y poco cocida que dejaban rezumar el agua y su evaporación servía para enfriar el líquido que quedaba dentro. En su única referencia a Ecuador el explorador alemán nos dice que en las cercanías de Quito, todas las casas indígenas tenían grandes vasijas con «agua o leche de Llanka», arcilla fina diluida (Humboldt, 1985 [1799]: 440) dentro de las medicinas tradicionales o alternativas.

Se dice que en el siglo XVII, algunos nobles españoles comieron tanta tierra, que las autoridades religiosas y el gobierno impusieron severas penalidades.      En cualquier caso, hubo una fuerte persecución de este uso de tierras comestibles en tiempos de la colonia en todo el continente americano. Por ejemplo, en el pueblo de Huehuetlán, en 1625, comer tierra se castigaba con más de cien azotes y la pérdida de los derechos a tener algún cargo público durante cuatro años (Castello, 1986: 104). Es probable que esta persecución fuera debida al carácter mágico religioso de la medicina indígena con independencia de la acción empírica de los principios activos de sus remedios. En este sentido, es interesante que algunos santuarios católicos de gran prestigio, tanto antigua como actualmente, estén levantados sobre terrenos con este tipo de tierras comestibles, generalmente relacionados con algún hecho milagroso. En ellos se ofrecen a los fieles tabletas con estas tierras benditas para curar sus enfermedades por la intervención divina. Estas tabletas suelen tener impresa una imagen religiosa. Al menos en el mexicano Santuario de Nuestra Señora de San Juan de los Lagos en Jalisco, algunas de ellas tienen simplemente impresa la hoja en la que se cocieron.

                Óscar H. Horst (1990:169-176) ha investigado la geofagia o práctica ceremonial de ingerir arcilla o tierra en cuatro centros religiosos mesoamericanos, dos de ellos santuarios marianos.

     La creencia precolombina en el poder curativo de la tierra, herencia manifiesta en tabletas terrosas de color blanco, decoradas con figuras religiosas moldeadas que venden en el mercado de Esquipulas. Se ingieren disueltas o masticadas. Las tabletas están hechas en molde miden 8 cm de largo, 5 cm de ancho, y entre 1 y 2 cm de grueso. Se venden en puestos de recuerdos y golosinas en paquetitos de fácil transporte. La geofagia ceremonial se presenta en otros santuarios de Cristos negros: en Tila, Chiapas, la “tierrita del Señor” se extrae de un banco de arcilla vecino a la cueva donde la tradición ubica la aparición de la imagen (Navarrete s/fa); en Veracruz, llaman “chogosta” a las pequeñas bolas de barro con ceniza, por ejemplo en Otatitlán y en la región de Pajapan (García de León, 1976). En el Santuario del Señor del Pozo –Cristo Blanco-, de Venustiano Carranza, Chiapas, la arcilla blanca la obtienen de un banco cercano. En el Santuario de Chimayó, Nuevo México (conocido como el “Lourdes de América”), levantado sobre las rojas tierras de las montañas de la Sangre de Cristo y fundado en 1805 en honor al Señor de Esquipulas, la “tierra bendita” sale del Pocito, abierto en una capilla interior (Borgheyi 1956).

     La tierra bendita que mana de su pocito, entre otros usos, es preparada en infusión por los peregrinos para curar síntomas similares a los que cura el taku. Ejemplos semejantes son el Santuario de Nuestra Señora de San Juan de los Lagos de Jalisco y el Santuario del Señor del Santo Entierro de Carácuaro en México y el Santuario del Cristo Negro de Esquipulas en Guatemala, entre otros.

     En este punto recordé el cuento “En Semana Santa, no…” del libro Tepozpizaloya, sierra de Jalisco, de Graciela S. Szymanski. Relata una procesión llevando a Cristo, San Caralampio y la Virgen: “La procesión daba vuelta de la iglesia nueva a la iglesia vieja y había la obligación de llegar a la tienda de don Tiburcio. Unos hacían lo posible por ir hincados; cogiendo tierra y metiéndosela en la boca, cumplían con los sacramentos porque la tierra es sacrosanta”.

     La fama curativa del Cristo Negro acrecentó el fervor, sobre todo si entre los favorecidos estuvo nada menos que el Primer Arzobispo de Guatemala fray Pedro Pardo de Figueroa, quien en 1737, después de haber orado ante la imagen  sanó de enfermedad contagiosa. En gratitud ordenó erigir el imponente santuario o iglesia de Santiago de Esquipulas, terminado en 1758 y consagrado con gran pompa al siguiente año, acontecimiento que contribuyó a la rápida propagación del culto.

     Para la primera mitad del siglo XIX el canónigo Juan Paz Solórzano dio a conocer una lista de templos y capillas en Guatemala, en los cinco países de Centroamérica y en México dedicados a este culto.

     En México y Centroamérica existen cerca de 25 localidades con capillas, iglesias parroquiales y santuarios donde se les rinde culto. Los más importantes son los de Esquipulas; Tila, Chiapas; Otatitlán, Veracruz; Tlacolula, y Chimayó, Nuevo México, donde hay un santuario dedicado al Cristo de Esquipulas.

     La creciente popularidad alcanzada en los últimos años del siglo XVI en el sur de Estados Unidos y Mesoamérica, postulan que se debió a la persistencia indígena en el simbolismo del color negro, a la creencia en el poder curativo de la ingestión de tierra, y a la fama de los milagros que pronto trascendió a los pueblos indígenas y españoles.

     Hay raíz indígena en el culto del Señor de Otatitlán, lugar de peregrinación del centro de Veracruz, la región del Papaloapan y el norte de Oaxaca, cercano a Tuxtepec, donde los aztecas mantenían una guarnición militar para custodiar la ruta comercial a Xicalango y un templo dedicado a Yacatecuhtli (Señor de la nariz), deidad mexicana del comercio, también llamado Tonalámatl de los Pochteca, se le representa en el Códice Féjérvary-Mayer con el cuerpo pintado de negro, el área de la boca en rojo y un prominente apéndice nasal. Entre los mayas Ek Chuac (Estrella Negra) es su dios del comercio y aparece en el Códice Madrid con el cuerpo pintado de negro y el área de la boca en rojo. Este último dios era venerado en tierra de indios chortís, en donde al terminar la conquista se fundó la población de Esquipulas, a la que en 1595 se entregó la imagen de un crucificado tallado por el escultor Quirio Cataño. La importancia comercial del emplazamiento, situado cerca de la confluencia entre Honduras, El Salvador y Guatemala, aunado a la pronta fama del poder milagroso del color oscuro, hizo que el culto rebasara las fronteras de la Nueva España.  Navarrete (2000: 64).

     Esto me parece un sucedáneo a la comunión o ritual, que se denominaba teocua (comer al dios o divinidad), en el que se creaban las ixiptla (figuras de los dioses, o alusivas a ellos, con harina de grano de huautli), Las ceremonias en las que se hacía ayuno, ofrendas y danzas, no sólo se hacían con fines de pedimento de lluvia, sino también para saneamiento de padecimientos cuyo origen se atribuía a faltas morales y relacionadas con el agua, como la sífilis y la deformación de huesos por fiebre reumática, respectivamente. “Quienes tenían faltas y las confesaban ante los sacerdotes de Tlazoltéotl y Tezcatlipoca, éstos les prescribían que después de la confesión tenían que comer los ixiptla (figura que representaba al dios), con lo cual se rompía el ayuno”.

     Por ello, esta arcilla era asociada a tiempos de ayuno, abstinencia y pobreza.


     “Este controvertido tema, es diagnosticado a menudo como enfermedad o trastorno, físico o mental Sin embargo, también existen regiones “civilizadas” en donde se sigue practicando tal ingesta (o abundan los trastornados), lo cual se considera aberrante. Quizás aberrante sea la mente de aquellos llamados científicos que descalifican hechos como este sin buscarles explicación.

     Mercedes Guinea, descubrió en los sitios de Atacames y Japotó en la costa de Ecuador unos artefactos de tierra que bautizó como empanadillas. Posteriormente se enteró que son tan reconocidas por los actuales ecuatorianos como el de los tamales, bollos, humitas u otros alimentos cotidianos que se envuelven en hojas de bijao (Calathea sp. o Heliconia bihai L) o de choclo de maíz (Zea mays), y muy probablemente la Achira (Canna edulis) para su cocinado. Las empanadillas son básicamente distintas tierras que fueron envueltas en hojas, y sometidas después a una ligera cocción u horneado. La cocción las endureció, mientras que la hoja produjo una impresión que aún se conserva.


 Empanadilla de Atacames
Empanadilla de Japoto

     Bollo. Una masa envuelta en hoja de plátano o maíz, de diversos tamaños y semejante a los tamales de la Nueva España. Este término es el que se emplea en la costa ecuatoriana en la actualidad.

     En Suramérica llaman choclo a la envoltura del maíz, la cual los náhuatl, llamaron totomoxtle. En quichua, la llaman chala, que algunos una vez seca la usan para liar cigarrillos. La achira, es conocida en náhuatl como acaxochitl, también es llamada caña de Papantla (azafrancillo) y por su forma “pico de gallo”. El bijao, sabemos bien que en náhuatl es llamado achiote.

     Humita. Del quichua huminta, torta de maíz.  Pasta hecha de maíz tierno rallado, pimiento y otros condimentos que, dividida en trozos, se envuelve en chala, se cuece en agua o se asa en el rescoldo (brasas).

     Especialmente, en el caso del bijao sus hojas pueden resistir el horneado, el asado a la brasa y la cocción prolongada. Para darle la flexibilidad necesaria para amoldarse sin romperse, antes de usarlas se mojan en agua caliente, o se pasan ligeramente por el fuego, después cuando la masa está cocinada se desprenden fácilmente, dejando su huella si la finura de la masa lo permite. Aparte de su función de contenedor la hoja del bijao transmite un agradable sabor al alimento que se cuece en ella.


Imágenes de acaxochitl

     La evidencia más temprana en el área andina de un posible consumo de tierras es la encontrada en unos coprolitos del sitio precerámico Huarmey en la costa peruana, en fechas en torno a 2500 a.C. Dillehay et al. (1997: 50).  Y en fechas aún más tempranas (5770-3000 a.C.) identificaron en el valle de Zaña unos hornos para producir cal a partir de piedras calcáreas. Propusieron, como el uso más probable del producto, su consumo junto a hojas de coca.

     Browman (2004: 134-135), en la introducción de un estudio de las tierras comestibles a la venta actualmente en el mercado de Oruro en Bolivia, habla de media docena de tierras comestibles (pasa, katawi, lejía, makaya, millu y sirsukena) encontradas en distintos contextos arqueológicos de las costas de Perú y Chile y de la cuenca del Titicaca, abarcando un periodo cronológico desde 510 a.C. hasta 1450 d.C.

     Recientemente Richard Cooke ha mostrado objetos procedentes de sus excavaciones en Cerro Juan Díaz, en Panamá, que son similares a las empanadillas.

    Algo más de suerte tenemos con las noticias de los cronistas. El jesuita Bernabé Cobo en su Historia del Nuevo Mundo nos da noticia de cuatro tipos diferentes de arcillas y tierras (pasa, chaco, millu y tacu) preparadas de diversos modos (salsas, polvos, cocimientos), que los indios del Perú comían con diversos fines curativos y detoxificantes e incluso como golosina para las mujeres (Cobo, 1964 [1653]: 115-116). Nos interesa especialmente su referencia a la forma de presentación del Tacu, ya que este tipo de presentación se ajusta al aspecto físico de las empanadillas

     «la cual, en panes y bollos venden los indios en las plazas y se aprovechan della para curar cámaras de sangre» (Cobo, 1964 [1653]: 116).

     Debemos esta inestimable información a la etnohistoriadora Chantal Caillavet.

     Con la misma intención de curar estas diarreas sanguinolentas los indígenas de Picoaza, a seis horas de camino de Puerto Viejo, no lejos del yacimiento de Japoto, bebían en 1605 «los polvos de cierta tierra blanca quemada» (Ponce, 1992: 46)

             Browman (2004) nos ofrece el resultado del análisis de 24 tipos de tierras comestibles a la venta en el mercado de Oruro en Bolivia.

Arcilla rojiza procedente de Armenia y usada en medicina, en pintura y como aparejo en el arte de d (...) Decaimiento, vómitos, diarrea y fiebre, al igual que dolores de cabeza. También calambres, artritis (...) Filosilicatos de magnesio y hierro.

Entre otras propiedades, la sílice tiene la de ser un importante agente antitóxico.

     Comparando nuestros análisis con los datos que aportan los autores anteriormente citados y especialmente con los de Browman (2004: 136-38), ya que son más precisos, encontramos que las empanadillas se asemejan en mayor medida a las tierras que incluye en los dos primeros grupos en los que se dividen las del mercado de Oruro: Grupo de los filosilicatos y Grupo de sodio y calcio. En el primero de los grupos está la llamada pasa (aymara) o chaco (quechua) que son esmectitas (silicatos de aluminio hidratado de K, Mg y Fe). Los autores citados coinciden en su uso para la adsorción de las fitotoxinas, como antihemorrágico y en dolores estomacales. Browman, hace notar que entre sus ventajas dietéticas está la de proveer de complementos minerales esenciales, pero esto parece una apreciación suya y no de los usuarios. La pasa se vende en polvo, en barras y como golosina (Cobo, 1964 [1653]: 115 y Browman, 2004: 136). Girault (1984: 526) cita un Recetario Anónimo del 1873 en el cual se indica que su acción se potencia si se mezcla con otra tierra, taku. Del segundo grupo las más similares son las calcitas, en concreto: katawi, hakemasa y taku. El katawi de Oruro es fundamentalmente cal o calcita con trazas de algún elemento arcilloso, que se prepara como salsa y se consume con quinoa o cañihua, y el de los Kallawayas (Girault, 1984: 532), estalactitas calcáreas, útiles en las hemorragias bucales. Cobo no la menciona. La hakemasa analizada por Browman es un carbonato de calcio, con magnesio y silvita. Girault (1984: 533) la identifica como toba caliza y Cobo tampoco la menciona. Coinciden en su uso como antihemorrágico, añadiendo el primero sus poderes curativos contra el susto (Browman, 2004: 137) y citando el segundo un manuscrito anónimo de 1680 que aporta su utilidad en casos de disentería (Girault, 1984: 533). Finalmente, el taku es una caolinita, con algo de esmectita, para Browman (2004: 138), una arcilla limonita para Girault (1984: 533) (cocida o no), y tierra amarilla rica en hierro similar al Bolo Arménico del Viejo Mundo para Cobo (1964 [1653]: 115). Los tres coinciden en que se vende como panes, bolas o bollos y, aunque aquí parece haber una mayor diversidad de opiniones, se usa para el mal de aire, hemorragias, diarreas y parálisis. Otra notable coincidencia con nuestros hallazgos es la composición de las bolas de poya de los otomacos. Humboldt (1985 [1799]: 435) hace notar que estas no son esteatitas como parecía pensarse, si no que, por el contrario, tienen en su composición una mayor cantidad de sílice que de alúmina, junto a óxido de hierro y cal. Nuestras empanadillas tienen un casi cuatro veces más sílice que alúmina. Coinciden con esto las preferencias de las medicinas naturistas actuales que consideraran que las arcillas más interesantes desde el punto de vista terapéutico son las más ricas en sílice.
Quizás sea el taku, o mejor aún, la mezcla de taku y pasa de la que habla el Recetario Anónimo de 1873 citado más arriba (Girault, 1984: 526).  

Análisis y composición mineralógica

     Actualmente Nicole Platel ha analizado aplicando las técnicas habituales y añadiendo las ventajas de la Microscopía Electrónica de Barrido (MEB) que en resumen, se trata de una tierra calcárea ligeramente cocida conteniendo pequeños granos calcáreos y abundantes pequeños agregados rojos-oxidados, cuya concentración puede alcanzar 54 % de hematita, transformada en magnetita en el transcurso de la cocción. 

Conclusión

     Todo lo anteriormente expuesto nos permite saber que las llamadas empanadillas, entre otros nombres, son tierras comestibles del tipo del taku o la pasa, e incluso de la poya, cuyo consumo pervive desde tiempos prehispánicos en distintas regiones del continente americano. Que además de su uso ritual, su uso principal estaría relacionado con sus propiedades de adsorción de toxinas y protección de las mucosas del tracto intestinal ante estos tóxicos químicos, dentro de una dieta muy rica en alimentos con alto contenido en distintas fitotoxinas. Si bien la presencia en su composición de calcio, hierro y otros minerales necesarios para el buen funcionamiento del cuerpo humano también debió contribuir a otros aspectos de la salud de sus consumidores. Las empanadillas se cocieron o tostaron para impedir la proliferación bacteriana, y de paso mejorar su sabor, envueltas en hojas como cualquier otro tamal o bollo. El tamaño pequeño de la mayor parte parece indicar que su función no fue la de ser un sustituto alimenticio, como en el caso de los otomacos, si no que se consumiría como condimento, con fines medicinales e incluso como golosina.

Bibliografía:

 BOUCHARD, J.-F., 2005 – Proyecto Manabí, Costa central del Ecuador. Sitio de Japotó. Temporada 2005. Informe de Actividad. Manuscrito presentado al Instituto Nacional del Patrimonio del Ecuador, Subdirección Regional de Guayaquil.

BROWMAN, D. L., 2004 – Tierras comestibles de la Cuenca del Titicaca: Geofagia en la prehistoria boliviana. Estudios Atacameños, 28.

Mercedes Guinea. El uso de tierras comestibles por los pueblos costeros del Periodo de Integración en los Andes septentrionales.

Navarrete Cáceres, Carlos. El Cristo negro de Tila, Chiapas. En Arqueología Mexicana Vol. VIII-Núm. 46. Noviembre-Diciembre 2000. Editorial Raíces, S. A. de C. V. /INAH, México, D. F.

Óscar H. Horst. Arcilla geofágica en América. (Geophagal Clays in the Americas). Mesoamérica (1990:169-176).

Pancorbo, Luis. Abecedario de antropologías. Primera edición 2006. Editorial Siglo XXI, Madrid, España.

Szymanski, Graciela S. Tepozpizaloya (Lugar en donde suena el cobre) cuentos. Primera edición 1974. Federación Editorial Mexicana. México, D. F.

Winick, Charles. Diccionario de antropología. Primera edición 1969. Editorial Troquel S. A.  Buenos Aires, Argentina.

Wikipedia. Humboldt, Alexander: Reise in die Äquinoktial-Gegenden des Neuen Kontinents. Editorial: ttmar Ette. 2 tomos. Insel, Frankfurt am Main y Leipzig 1991.


Humboldt, A., 1985 [1799] – Viaje a las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente, 601 p.; Caracas: Monte Ávila Editores, T. 4 (Traducción de Lisandro Alvarado.


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