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jueves, 22 de noviembre de 2018

RENUNCIA Antonio Fco. Rguez. A.


RENUNCIA
Antonio Fco. Rodríguez Alvarado

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Debo aceptar
Que la mujer
De mis sueños
Nunca ha
Soñado conmigo.
Ni en sus
Peores pesadillas
Me ha visto pasar.


Adiós a mis sueños…
Debo renunciar
A esta quimera
Imposible de alcanzar.
Buscaré al amor
De mi vida
En la vida real
Ahí… la podré encontrar.



Veracruz, Ver. 15.11.2012


martes, 20 de noviembre de 2018

NOSTALGIAS Antonio Fco. Rguez. A.


NOSTALGIAS
Antonio Fco. Rodríguez Alvarado

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Cuántas veces no añoramos los recuerdos felices de nuestra infancia y deseamos en cierto modo recrearlos para reconstruir esa época pletórica de hermosos instantes. Es una bella ensoñación que queremos tenerla eternamente presente e inmaculada.


     Y a veces, nos da miedo, que esos recuerdos no tengan continuidad con el presente. Que su forma y esencia hayan cambiado tanto, que dejen de ser los que atesoramos en nuestro corazón y en nuestra mente.


     No es nada fácil enfrentar el presente y el futuro, pero creo que más doloroso puede ser enfrentar el pasado. La incertidumbre puede volverse un suspenso de miedo…


     Se puede quebrar la magia y romper ese encanto…




Veracruz, Ver. México 20.11.16


sábado, 17 de noviembre de 2018

TÚ PINTAS MI MUNDO Antonio Fco. Rguez. A.


TÚ PINTAS MI MUNDO
Antonio Fco. Rodríguez Alvarado

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Ayer, desperté y me levanté de la cama con deseos de dibujar o pintar. Como no tenía soporte o lonetas para ello, me dirigí a una tienda de dibujo. La empleada estaba atendiendo a una guapa y joven mujer, no pude evitar impresionarme de la belleza de esta dama. Acabó atrapándome al escucharle hablar con gran conocimiento sobre los materiales que solicitaba. En lo que esperaba su cuenta volteó hacia mí, y debió ver la cara de embobado en que me tenía ella. Sus ojos brillaron como riéndose de mí, me saludó con una bella sonrisa y con un cálido
¡Hola!

¡Hola, buen día! Por lo que veo, me imagino que eres toda una maestra en este arte.

Gracias, pero no es así, el maestro era mi difunto esposo.

¡Disculpa, lo lamento!

No tengas cuidado. ¿Y a ti, te encanta el dibujo?

A partir de este instante, ya no sé si me encanta tanto el dibujo… cómo lo bello de tu sonrisa. Disculpa si te incomodo.

Al contrario, muy agradecida por tan fino halago que me haces.

Me llamo Francisco y mi mejor regalo de este día es conocerte.

Gracias Francisco, yo me llamo Erata.

¿Erata…de Eros? Con razón, es por eso que al conocerte despertaste mis anhelos y mis ansías de amor.



Francisco y tú me atrajiste por tu cara de embobado y ahora… por tus lindas ocurrencias.

Bueno, la pregunta obligada: ¿qué vas hacer saliendo de aquí?

¿No sé? debo regresar aquí en un par de horas por parte de mi pedido.

Mira qué casualidad, se me acaba de ocurrir lo mismo… para volverte a ver una vez más.

Mira Francisco, aquí cerca hay un buen Café, podemos desayunar, tomar un rico café y platicar. Creo que nos hará bien conocernos más. ¿Qué te parece?

¡Excelente idea! ¡Vamos!

De entrada, los dos tomamos una taza de vivificante café doble carga. Rica combinación de caracolillo.

Nos identificamos más al comentarme, además de su gusto por la pintura, su gusto por  la lectura universal. Y el placer que le ocasionaba el visitar museos de antropología.

Pasados algunos momentos, ella, con un serio semblante y mirándome a los ojos, me confesó:  Después de un par de años de novios, Federico y yo nos casamos. Regresábamos de nuestra Luna de Miel, cuando tuvimos ese aparatoso accidente automovilístico, él murió a causa de un fuerte golpe en la cabeza.

Un par de lágrimas rodaron por su bello rostro. Guardé silencio y respeto por tan infausto y doloroso recuerdo.

Me conmovió ver su mirada triste y llorosa, y le dije: Erata, teniéndote junto a mí, enfrente de mis ojos, me pregunto: ¿para qué busco en telas y colores la belleza que descubro en ti, en tu alma, en tu cara?

El rubor que le ocasionaron mis palabras aumentó la luz de su belleza.

Salimos, nos dirigimos por los pendientes a la tienda de dibujo. Ya ahí, ella me invitó a conocer su casa. -¡Para qué conozcas tu casa! Me dijo.

En el trayecto, a punto de llegar a su casa, nos cayó un tremendo aguacero, que tuvimos que correr para llegar a ella. Entramos como “pichos mojados” y al ver nuestras fachas nos causó a ambos burlas y sonoras carcajadas.

Toma, me dijo dándome un café humeante. Me voy a bañar, espérame aquí. No se te ocurra abandonarme OK.

Estaba sentado, leyendo una revista, cuando la veo pegada enfrente de mí completamente desnuda, el agua resbalaba por las curvas de todo su cuerpo formando un ardiente lago a sus pies. ¡Muy pocas veces en la vida he visto cuerpos tan perfectos, tan voluptuosamente bellos!

¡Sécame! y al querer agarrar la toalla que traía en una de sus manos me dijo: con ella no, ¡sécame con tus caricias, con tus besos, con tus manos!

Así sentado, como estaba, la abracé por la pelvis, le acaricié con lujuria las grandes, redondas y duras nalgas. Pegada mi cabeza a su vientre  lo llené de suspiros y besos. Y alzando la cara vi sus pezones erectos y alcanzándolos con la punta de la lengua y con la boca, empecé a besarlos y succionarlos. Los suspiros, gemidos, ayes y gritos in crescendo del placer rompían el silencio que había dejado la lluvia.


Después de una mutua, apasionada y completa entrega nuestros cuerpos seguían ardiendo como tizones…



Xalapa, Ver. México 17.11.18



martes, 6 de noviembre de 2018

LA BRUJA Y EL ASOMAGADO Antonio Fco. Rguez. A.


LA  BRUJA Y EL ASOMAGADO

“EL ASOMAGADO”
Antonio Fco. Rodríguez Alvarado

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-¡Pancho, ya no aguanto a Toñito!
Todos los días “mete la pata”.
Lo mandé al mercado por el chicharrón y se puso a jugar con sus amigos. Aparte de llegar tarde, le robaron los chicharrones.

Ayer lo regañé muy fuerte por mentiroso, imagínate se puso a decir delante de la gente que te vio abrazando y besando a la comadre Chona. Qué coraje me dio, ¿De dónde saca tanta imaginación, este chamaco? 

Nada más falta que te venga a decir, que me vio besando con el compadre Hilario, esposo de la comadre Chona. ¡Qué barbaridad!

-¿Qué haremos con este chamaco?

¡Trae al diablo por dentro!

Claro, a un diablo tonto.

-Vieja, entiende…  aún está chamaco.

¿Chamaco? pero si Paquito no hacía esas tonteras cuando tenía su edad.

Entonces… ¿no sé qué será lo que tenga Toñito?

Te repito, ya no aguanto más sus mensadas. Mañana lo llevaré con la bruja que vive por “El Cerrito”.

¡Ay vieja, no creo que una bruja corrija lo que no han corregido tus chanclazos!

Pero, no te desanimo,  llévalo con ella, nada se pierde con probar…

-¡Doña Hermelinda, doña Hermelinda! ¿Se encuentra usted en casa?

-Sí doña Toñita, ¿en qué le puedo servir?

Aquí le traigo a mi chamaco que dice y hace  muchas tonterías, quiero que me lo cure.

A ver, ¿platíqueme que hace…?

Después de un buen rato de plática y de “chequeo”, le dice doña Hermelinda a doña Toñita:

Señora, su hijo está sano, no trae ningún diablo adentro.

¡Por favor, doña Hermelinda! ¿Entonces que tiene?

Doña Toñita, su hijo es un niño inmaduro.

¿Y no tiene cura mi hijo?

Creo que no doña Toñita, porque además de inmaduro… es asomagado*.

¡Ay doña Hermelinda, me deja más desconsolada!

¿No me puede ayudar en algo?

Es un caso muy difícil. Pero déjeme consultar  a mis “maestras” para ver qué puedo hacer. Y después de leer  sus cartas, y preparar una misteriosa pócima, le dice a la angustiada madre:

Doña Toñita, dele esta “vitamina” a su hijo. Con ella dejara de envejecer a los 40 años. Así no se burlarán más de él. Imagínese que llegue a viejo y… con esa forma de ser. “No se iba a acabar el bullying” de la gente.

La pobre madre se retiró triste y llorosa, pero con la remota esperanza de que un día el cielo le bendiga al hijo con algo de su justicia divina.

En tanto… doña Hermelinda  en lo que guardaba a sus “maestras” se puso a reflexionar:

Pobre criatura, está igual de “asomagado que don Hilario.

¿Será que estos defectos se hereden de padrinos a ahijados…?




 *Asomagado. Menso, que no razona bien.

Xalapa, Ver. México. 06.11.18


lunes, 5 de noviembre de 2018

DOS AMORES Antonio Fco. Rguez. A.


DOS AMORES
Antonio Fco. Rodríguez Alvarado


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Te vi, y la refulgente  luz de tu mirada y tu incitante sonrisa me tendieron un arcoíris que salvaba el abismo de mis desilusiones pasadas, llevándome al paraíso donde sanar mis heridas de amor, y empezar juntos una nueva vida.




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 Al verte, pensé como un demonio apasionado meterme en tu cuerpo y en tu alma para que seas mía para siempre, y al mismo tiempo para entregarme a ti con todas mis ansias de lujuria y de amor.



Veracruz, Ver. 01.11.18



lunes, 29 de octubre de 2018

UN MÉDICO RURAL Franz Kafka


UN MÉDICO RURAL
Franz Kafka

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Estaba muy preocupado; debía emprender un viaje urgente; un enfermo de gravedad me estaba esperando en un pueblo a diez millas de distancia; una violenta tempestad de nieve azotaba el vasto espacio que nos separaba; yo tenía un coche, un cochecito ligero, de grandes ruedas, exactamente apropiado para correr por nuestros caminos; envuelto en el abrigo de pieles, con mi maletín en la mano, esperaba en el patio, listo para marchar; pero faltaba el caballo… El mío se había muerto la noche anterior, agotado por las fatigas de ese invierno helado; mientras tanto, mi criada corría por el pueblo, en busca de un caballo prestado; pero estaba condenada al fracaso, yo lo sabía, y a pesar de eso continuaba allí inútilmente, cada vez más envarado, bajo la nieve que me cubría con su pesado manto. En la puerta apareció la muchacha, sola, y agitó la lámpara; naturalmente, ¿quién habría prestado su caballo para semejante viaje? Atravesé el patio, no hallaba ninguna solución; distraído y desesperado a la vez, golpeé con el pie la ruinosa puerta de la pocilga, deshabitada desde hacía años. La puerta se abrió, y siguió oscilando sobre sus bisagras. De la pocilga salió una vaharada como de establo, un olor a caballos. Una polvorienta linterna colgaba de una cuerda.

Un individuo, acurrucado en el tabique bajo, mostró su rostro claro, de ojitos azules.

-¿Los engancho al coche? -preguntó, acercándose a cuatro patas.

No supe qué decirle, y me agaché para ver qué había dentro de la pocilga. La criada estaba a mi lado.

-Uno nunca sabe lo que puede encontrar en su propia casa -dijo ésta. Y ambos nos echamos a reír.

-¡Hola, hermano, hola, hermana! -gritó el palafrenero, y dos caballos, dos magníficas bestias de vigorosos flancos, con las piernas dobladas y apretadas contra el cuerpo, las perfectas cabezas agachadas, como las de los camellos, se abrieron paso una tras otra por el hueco de la puerta, que llenaban por completo. Pero una vez afuera se irguieron sobre sus largas patas, despidiendo un espeso vapor.

-Ayúdalo -dije a la criada, y ella, dócil, alargó los arreos al caballerizo. Pero apenas llegó a su lado, el hombre la abrazó y acercó su rostro al rostro de la joven. Esta gritó, y huyó hacia mí; sobre sus mejillas se veían, rojas, las marcas de dos hileras de dientes.

-¡Salvaje! -dije al caballerizo-. ¿Quieres que te azote?

Pero luego pensé que se trataba de un desconocido, que yo ignoraba de dónde venía y que me ofrecía ayuda cuando todos me habían fallado. Como si hubiera adivinado mis pensamientos, no se mostró ofendido por mi amenaza y, siempre atareado con los caballos, sólo se volvió una vez hacia mí.

-Suba -me dijo, y, en efecto, todo estaba preparado.

Advierto entonces que nunca viajé con tan hermoso tronco de caballos, y subo alegremente.

-Yo conduciré, pues tú no conoces el camino -dije.

-Naturalmente -replica-, yo no voy con usted: me quedo con Rosa.

-¡No! -grita Rosa, y huye hacia la casa, presintiendo su inevitable destino; aún oigo el ruido de la cadena de la puerta al correr en el cerrojo; oigo girar la llave en la cerradura; veo además que Rosa apaga todas las luces del vestíbulo y, siempre huyendo, las de las habitaciones restantes, para que no puedan encontrarla.

-Tú vendrás conmigo -digo al mozo-; si no es así, desisto del viaje, por urgente que sea. No tengo intención de dejarte a la muchacha como pago del viaje.

-¡Arre! -grita él, y da una palmada; el coche parte, arrastrado como un leño en el torrente; oigo crujir la puerta de mi casa, que cae hecha pedazos bajo los golpes del mozo; luego mis ojos y mis oídos se hunden en el remolino de la tormenta que confunde todos mis sentidos. Pero esto dura sólo un instante; se diría que frente a mi puerta se encontraba la puerta de la casa de mi paciente; ya estoy allí; los caballos se detienen; la nieve ha dejado de caer; claro de luna en torno; los padres de mi paciente salen ansiosos de la casa, seguidos de la hermana; casi me arrancan del coche; no entiendo nada de su confuso parloteo; en el cuarto del enfermo el aire es casi irrespirable, la estufa humea, abandonada; quiero abrir la ventana, pero antes voy a ver al enfermo. Delgado, sin fiebre, ni caliente ni frío, con ojos inexpresivos, sin camisa, el joven se yergue bajo el edredón de plumas, se abraza a mi cuello y me susurra al oído:

-Doctor, déjeme morir.

Miro en torno; nadie lo ha oído; los padres callan, inclinados hacia adelante, esperando mi sentencia; la hermana me ha acercado una silla para que coloque mi maletín de mano. Lo abro, y busco entre mis instrumentos; el joven sigue alargándome las manos, para recordarme su súplica; tomo un par de pinzas, las examino a la luz de la bujía y las deposito nuevamente.

Sí pienso indignado, en estos casos los dioses nos ayudan, nos mandan el caballo que necesitamos y, dada nuestra prisa, nos agregan otro. Además, nos envían un caballerizo…

En aquel preciso instante me acuerdo de Rosa. ¿Qué hacer? ¿Cómo salvarla? ¿Cómo rescatar su cuerpo del peso de aquel hombre, a diez millas de distancia, con un par de caballos imposibles de manejar? Esos caballos que no sé cómo se han desatado de las riendas, que se abren paso ignoro cómo; que asoman la cabeza por la ventana y contemplan al enfermo, sin dejarse impresionar por las voces de la familia.

-Regresaré en seguida -me digo como si los caballos me invitaran al viaje. Sin embargo, permito que la hermana, que me cree aturdido por el calor, me quite el abrigo de pieles. Me sirven una copa de ron; el anciano me palmea amistosamente el hombro, porque el ofrecimiento de su tesoro justifica ya esta familiaridad. Meneo la cabeza; estallaré dentro del estrecho círculo de mis pensamientos; por eso me niego a beber.

La madre permanece junto al lecho y me invita a acercarme; la obedezco, y mientras un caballo relincha estridentemente hacia el techo, apoyo la cabeza sobre el pecho del joven, que se estremece bajo mi barba mojada. Se confirma lo que ya sabía: el joven está sano, quizá un poco anémico, quizá saturado de café, que su solícita madre le sirve, pero está sano; lo mejor sería sacarlo de un tirón de la cama. No soy ningún reformador del mundo, y lo dejo donde está. Soy un vulgar médico del distrito que cumple con su deber hasta donde puede, hasta un punto que ya es una exageración. Mal pagado, soy, sin embargo, generoso con los pobres. Es necesario que me ocupe de Rosa; al fin y al cabo es posible que el joven tenga razón, y yo también pido que me dejen morir. ¿Qué hago aquí, en este interminable invierno? Mi caballo se ha muerto y no hay nadie en el pueblo que me preste el suyo. Me veré obligado a arrojar mi carruaje en la pocilga; si por casualidad no hubiese encontrado esos caballos, habría tenido que recurrir a los cerdos. Esta es mi situación.

Saludo a la familia con un movimiento de cabeza. Ellos no saben nada de todo esto, y si lo supieran, no lo creerían. Es fácil escribir recetas, pero en cambio es un trabajo difícil entenderse con la gente. Ahora bien, acudí junto al enfermo; una vez más me han molestado inútilmente; estoy acostumbrado a ello; con esa campanilla nocturna todo el distrito me molesta, pero que además tenga que sacrificar a Rosa, esa hermosa muchacha que durante años vivió en mi casa sin que yo me diera cuenta cabal de su presencia… Este sacrificio es excesivo, y tengo que encontrarle alguna solución, cualquier cosa, para no dejarme arrastrar por esta familia que, a pesar de su buena voluntad, no podrían devolverme a Rosa. Pero he aquí que mientras cierro el maletín de mano y hago una señal para que me traigan mi abrigo, la familia se agrupa, el padre olfatea la copa de ron que tiene en la mano, la madre, evidentemente decepcionada conmigo -¿qué espera, pues, la gente?- se muerde, llorosa, los labios, y la hermana agita un pañuelo lleno de sangre; me siento dispuesto a creer, bajo ciertas condiciones, que el joven quizá está enfermo.

Me acerco a él, que me sonríe como si le trajera un cordial… ¡Ah! Ahora los dos caballos relinchan a la vez; ese estrépito ha sido seguramente dispuesto para facilitar mi auscultación; y esta vez descubro que el joven está enfermo. El costado derecho, cerca de la cadera, tiene una herida grande como un platillo, rosada, con muchos matices, oscura en el fondo, más clara en los bordes, suave al tacto, con coágulos irregulares de sangre, abierta como una mina al aire libre. Así es como se ve a cierta distancia. De cerca, aparece peor. ¿Quién puede contemplar una cosa así sin que se le escape un silbido? Los gusanos, largos y gordos como mi dedo meñique, rosados y manchados de sangre, se mueven en el fondo de la herida, la puntean con sus cabecitas blancas y sus numerosas patitas. Pobre muchacho, nada se puede hacer por ti. He descubierto tu gran herida; esa flor abierta en tu costado te mata. La familia está contenta, me ve trabajar; la hermana se lo dice a la madre, ésta al padre, el padre a algunas visitas que entran por la puerta abierta, de puntillas, a través del claro de luna.

-¿Me salvarás? -murmura entre sollozos el joven, deslumbrado por la vista de su herida.

Así es la gente de mi comarca. Siempre esperan que el médico haga lo imposible. Han perdido la antigua fe; el cura se queda en su casa y desgarra sus ornamentos sacerdotales uno tras otro; en cambio, el médico tiene que hacerlo todo, suponen ellos, con sus pobres dedos de cirujano. ¡Como quieran! Yo no les pedí que me llamaran; si pretenden servirse de mí para un designio sagrado, no me negaré a ello. ¿Qué cosa mejor puedo pedir yo, un pobre médico rural, despojado de su criada?

Y he aquí que empiezan a llegar los parientes y todos los ancianos del pueblo, y me desvisten; un coro de escolares, con el maestro a la cabeza, canta junto a la casa una tonada infantil con estas palabras:

Desvístanlo, para que cure,
y si no cura, mátenlo.
Solo es un médico, solo es un médico…

Mírenme: ya estoy desvestido, y, mesándome la barba y cabizbajo, miro al pueblo tranquilamente. Tengo un gran dominio sobre mí mismo; me siento superior a todos y aguanto, aunque no me sirve de nada, porque ahora me toman por la cabeza y los pies y me llevan a la cama del enfermo. Me colocan junto a la pared, al lado de la herida. Luego salen todos del aposento; cierran la puerta, el canto cesa; las nubes cubren la luna; las mantas me calientan, las sombras de las cabezas de los caballos oscilan en el vano de las ventanas.

-¿Sabes -me dice una voz al oído- que no tengo mucha confianza en ti? No importa cómo hayas llegado hasta aquí; no te han llevado tus pies. En vez de ayudarme, me escatimas mi lecho de muerte. No sabes cómo me gustaría arrancarte los ojos.

-En verdad -dije yo-, es una vergüenza. Pero soy médico. ¿Qué quieres que haga? Te aseguro que mi papel nada tiene de fácil.

-¿He de darme por satisfecho con esa excusa? Supongo que sí. Siempre debo conformarme. Vine al mundo con una hermosa herida. Es lo único que poseo.

-Joven amigo -digo-, tu error estriba en tu falta de empuje. Yo, que conozco todos los cuartos de los enfermos del distrito, te aseguro: tu herida no es muy terrible. Fue hecha con dos golpes de hacha, en ángulo agudo. Son muchos los que ofrecen sus flancos, y ni siquiera oyen el ruido del hacha en el bosque. Pero menos aún sienten que el hacha se les acerca.

-¿Es de veras así, o te aprovechas de mi fiebre para engañarme?

-Es cierto, palabra de honor de un médico juramentado. Puedes llevártela al otro mundo.

Aceptó mi palabra, y guardó silencio. Pero ya era hora de pensar en mi libertad. Los caballos seguían en el mismo lugar. Recogí rápidamente mis vestidos, mi abrigo de pieles y mi maletín; no podía perder el tiempo en vestirme; si los caballos corrían tanto como en el viaje de ida, saltaría de esta cama a la mía. Dócilmente, uno de los caballos se apartó de la ventana; arrojé el lío en el coche; el abrigo cayó fuera, y sólo quedó retenido por una manga en un gancho. Ya era bastante. Monté de un salto a un caballo; las riendas iban sueltas, las bestias, casi desuncidas, el coche corría al azar y mi abrigo de pieles se arrastraba por la nieve.

-¡De prisa! -grité-. Pero íbamos despacio, como viajeros, por aquel desierto de nieve, y mientras tanto, de nuevo el canto de los escolares, el canto de los muchachos que se mofaban de mí, se dejó oír durante un buen rato detrás de nosotros:

Alégrense, enfermos,
tienen al médico en su propia cama.

A ese paso nunca llegaría a mi casa; mi clientela está perdida; un sucesor ocupará mi cargo, pero sin provecho, porque no puede reemplazarme; en mi casa cunde el repugnante furor del caballerizo; Rosa es su víctima; no quiero pensar en ello. Desnudo, medio muerto de frío y a mi edad, con un coche terrenal y dos caballos sobrenaturales, voy rodando por los caminos. Mi abrigo cuelga detrás del coche, pero no puedo alcanzarlo, y ninguno de esos enfermos sinvergüenzas levantará un dedo para ayudarme. ¡Se han burlado de mí! Basta acudir una vez a un falso llamado de la campanilla nocturna para que lo irreparable se produzca.


FIN



miércoles, 24 de octubre de 2018

ACERCÁNDONOS A LA MUERTE... Antonio Fco. Rguez. A.


ACERCÁNDONOS A LA MUERTE...
Antonio Fco. Rodríguez Alvarado
  

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Me preguntas:


¿Qué pasa cuando se abrazan el amor y la muerte?
¿Se muere el amor?
¿O se enamora la muerte?


Te respondo:


Tal vez la muerte moriría enamorada
Y el amor amaría hasta la muerte


Y concluyo:


La muerte le daría eternidad al amor
y el amor le daría vida a la muerte,
por lo que ambos vivirían eternamente.





Veracruz, Ver. México 24.10.16