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lunes, 12 de diciembre de 2016

DEMONIOS DEL MALPAÍS Antonio Fco. Rguez. A.

DEMONIOS DEL MALPAÍS
Antonio Fco. Rodríguez Alvarado
 
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 Fui invitado a la exposición artesanal de  Ocumicho, Michoacán. Estas exposiciones han viajado al extranjero teniendo ya reconocimiento internacional.


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     El lugar se encuentra inmerso en una enorme área de coladas lávicas conocidas geológicamente como Karst, y por sus características morfológicas o paisajistas como Malpáis o Malpaís.


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OCUMICHO
En Ocumicho, sus pobladores creen que el “miríngua” pierde a la gente en el malpáis, el lugar donde las “akuitzi” (víboras) tienen alas, donde corre el “corcobi” (pequeñas lechuzas que corren en el malpáis), donde canta melancólicamente el “tucuru” (tecolote) y donde se refugia el “no ambákiti”. Esta enorme zona volcánica de llanos rocosos, antigua ruta del ganado, empieza en Turícuaro y pasa por las comunidades de Arantepácua, Capaácuaro, Pomacuarán, Ahuíran, San Juan Viejo y San Juan Nuevo, Urapicho y Cocucho. En Ocumicho (Tierra de muchas tuzas) acaba este “Queshúcua Púntaro” donde antes vivían los “apaches”.


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     Dentro de los datos recabados sobre su cosmología. Se dice que al llegar los frailes, los dioses tarascos de piedra,  considerados demonios por la nueva religión, se fueron a esconder al malpáis, poblándose éste, desde entonces, de más “demonios”.


     Todo me pareció demasiado interesante: su original y bella artesanía que tiene como principal modelo o exponente al mismo diablo, según la variada y rica concepción de sus creadores artísticos. Y además, por su volcánica geografía, que pareciera ser de otro planeta, o de alguna época prehistórica o antediluviana, propia de la formación de nuestro planeta Tierra. Y claro, el mágico entorno poblado de dioses y demonios, así como de otros entes sobrenaturales.


    






     Disfruté de la belleza artesanal, tratando de digerirla visualmente poco a poco, bocado a bocado, para que quedara impresa en el paladar de mis sentidos. Finalmente, le tomé fotos para el recuerdo.  


     Al día siguiente convencí a dos de mis amigos anfitriones para recorrer parte de la volcánica serranía. Salimos de la población en una troca, la cual, dos horas después, tuvimos que dejar encargada en una ranchería, y de ahí iniciamos una larga caminata mochila al hombro. Entre más nos adentrábamos se nos dificultaba más la marcha debido a la gran irregularidad del terreno. Ocasionalmente encontrábamos una pequeña vereda que servía de relax para nuestras piernas. Yo iba disparando mi cámara fotográfica, impresionado por el tipo del lávico suelo, y de algunos “khuarápu” (alacranes), “tsáki” (lagartijas), iguanas y “akuitzi” (serpientes) que trataban de esconderse en hoyos, en cuevas y en los cada vez más escasos matorrales al vernos pasar cerca de ellos.


     Miguel, uno de mis amigos, nos alertó diciendo: ̶ ¡Caminemos acaso una hora más y retornemos pues ya nos estamos acercando a los dominios de “no ambákiti”…! antes de terminar de pronunciar este nombre, sentimos que la temperatura descendió varios grados, sintiendo un gran escalofrío, y la claridad del día se convirtió en penumbras, como si quisiera volverse noche en un instante.

     Un suave canto melancólico, nos hizo estremecer de miedo.  ̶ Es el “tucuru”, dijo Andrés, mi otro acompañante. No es bueno escuchar su canto, nos puede adormecer. Además, avisa al “miríngua”, sobre nuestra presencia. Pegados a nuestras cabezas oímos unos aletazos, que nos abanicaron un aire frío y húmedo.   ̶ “corcobi”, dijeron mis amigos.

     Todo ocurrió de forma sorpresiva. Así que inesperadamente tuvimos que buscar el camino de regreso. El clima era frío y húmedo, pero nuestros cuerpos sudaban como si el piso de  lavas hubiera cobrado vida. Veníamos lívidos, espantados y a la vez preocupados por nuestras vidas. Nuestras lámparas sordas no alumbraban lo suficiente, realmente creo que mis amigos no pensaron usarlas esta vez.


     De momento, nos sentimos golpeados o empujados por un aire que nos enrarecía la respiración, y nos ponía los nervios al borde de la locura. Haciéndonos perder el rumbo. Esta vez, nadie dijo nada. Sabíamos que era el propio “Miríngua” quien nos venía “arriando”.


     Mis amigos, más avezados a estos caminos, adelantaron bastante su marcha, dejándome a merced de “Miríngua”. Por momentos, la densa oscuridad, me permitió verlos caerse al suelo y tardar en volverse a levantar.


     Ya estaban a punto de desfallecer mis fuerzas, cuando dejé de sentir los empujones sobre mi espalda. Y ellos, mis amigos, regresaron por mí, y tomándome de los brazos me arrastraron hasta salir del malpáis.


     Aún no salía de mi azoro, y les pregunté:    ̶  ¿Qué sucedió? Ellos ya más calmados me explicaron, que era una costumbre ancestral en sus familias: para matar a los demonios hacían figuras de éstos y las enroscaban con “akuitzi” serpientes.



Pequeño glosario:

KORKOBÍ. Máscara de la danza de los viejitos de Charapan; Bubo SPP, variedad de lechuza a la que se le atribuyen poderes mágicos.

MIRÍNGUA. Duende, espíritu o ser imaginario que disfrazado de aire suele engañar extraviando o volviendo loca  a las personas.

NO AMBÁKITI.  Diablo, cruel, malo; ser sobrenatural que causa muerte.

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TUCÚRU O TUKÚRI. Búho (Bubo virginianus). Ave nocturna que sirve de nahual a los hechiceros. Se le atribuyen poderes mágicos.
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Veracruz, Ver. 11 Dic.16


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