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martes, 4 de marzo de 2014

ANTONIO MARIANO RODRÍGUEZ GONZÁLEZ

ANTONIO M. RODRÍGUEZ GONZÁLEZ
ARMANDO RAMÍREZ RODRÍGUEZ

“El canario es un europeo que nace en África y emigra a América”. Sentencia antigua.





     “La Amistad”, “Ninfa de los Mares”, “El Triunfo”, “La Verdad”, “El Rosario”, eran los veleros que construidos con maderas del Valle de Aridane surcaban el Atlántico, de España hacia Cuba. Varios de ellos naufragaron en Las Bermudas por fuertes temporales. El velero “El Rosario”, en el transcurso de dos años fue ocupado por la familia Rodríguez González, haciendo travesía desde el puerto de Naos. Eran de 18 a 20 días, lo que duraba el viaje.

     Emigraron de los Llanos de Aridane, en La Palma, de las Islas Canarias. Embarcaron en el velero “El Rosario” y del puerto de Naos le dijeron adiós a la Isla Bonita, su último lugar de Europa fue la Gomera y de ahí surcaron el Atlántico para llegar a Caibaren, provincia de las Villas, en la Isla de Cuba.
     Se habían reunido en Los llanos, Antonio con sus padres y sus hermanos, en una tarde de verano, cuando la brisa cargada de humedad estaba presente, y en forma decidida optaron por radicar en América, Cuba o México, sus planes incluían vender su casa y tres fincas, pero solo cuándo hubiesen adquirido una nueva propiedad en el Nuevo Continente.

     La casa de los abuelos, a tres cuadras del centro, era bastante amplia con un jardín interior, llena de espacios, con flores y un hermoso y milenario drago (Dracaena draco). En la sala sobresalía un típico balcón canario.
Islas Canarias
     En el velero “El Rosario”, había tiempo suficiente para pensar, en los molinos de viento, pensaban que dejaban atrás la tradicional loa a la Virgen y la danza de los enanos, y se despidieron solemnemente de la Virgen de los Remedios, lo último que vieron en la isla fue la caldera del Tamburiente, un gran cráter en forma de herradura abierto al mar por la barranca de Las Angustias, y también vivieron los últimos vientos alisios que hacía muy placentero el clima.


     Toda la familia, en el transcurso de dos años, entre 1885 y 1888, se asentaron en la isla caribeña. Pedro Rodríguez P. y Petra González L. fueron mis bisabuelos, y sus hijos eran Manuel, José, Pedro, Josefa, Antonio y Felisa, esta última viuda de Federico González, traía a su hijo Federico de tres y medio años de edad. Al llegar a Cuba quedaron maravillados por el azul turquesa del Mar Caribe y por la prosperidad agrícola de la región. De Caibaren marcharon en tren al pueblo de Camajuani, y de este último sitio a Jagüeyes, a la finca Barrabas y palo Prieto, que previamente mi abuelo Antonio les había preparado para su residencia a toda la familia y para que se dedicaran a la agricultura. Barrabás está situado en las inmediaciones del camino de Camajuani a Santa Clara, siendo atravesada en forma tranquila por el río de Sagua la Chica, que al humedecer la tierra en sus proximidades la hacía más apta para la siembra del tabaco y de la caña de azúcar, cultivos a los que la familia se dedicó en la isla caribeña.

     No hacía aún un año que ya estaba reunida la familia, dedicándose a los trabajos agrícolas, cuando Felisa enfermó de una salmonelosis y murió el 17 de octubre de 1889, sólo tenía 27 años de edad. La tifoidea ocupaba un lugar predominante en las defunciones, por la ausencia de antibióticos. Eran presa fácil de ésta y de otras enfermedades.

     A los dos meses siguientes, en diciembre de 1899, el bisabuelo Pedro Rodríguez, también fallece de tifoidea, en la finca Jagüeyes, ambos están sepultados en el cementerio de Camajuani, provincia de las Villas. Manuel Rodríguez, en ese tiempo fue a los Llanos de Aridane, con todo el poder que le otorgó su madre, con el fin de proponer la casa y las tres fincas, realiza las ventas, cobrando en onzas de oro, pero en el trayecto de su travesía, muere en los primeros días de 1900, sepultándolo en el cementerio de Jíbara, en la provincia de Oriente. El capitán del velero “El Rosario” mandó un telegrama a sus hermanos, para explicarles lo sucedido y entregarles sus pertenencias y el dinero de la venta de las propiedades que había realizado en La Palma. El velero estaba fondeado en el puerto de Caibaren. La madre recibió todo el dinero y el equipaje que traía con una carta explicativa del doloroso caso. La bisabuela, a los 67 años murió en Camajuani, el 27 de noviembre de 1901, de un infarto al miocardio. Pedro, al faltarle su madre, estaba inconsolable, vendió su casa en Camajuani y embarcó para México en 1902, desapareciendo por encanto, porque nunca más en la vida se volvió a saber de él. José residía en Sagua con su familia, su esposa y sus dos hijos y falleció en 1920. Josefa, se casó con un inglés, y ella falleció en 1932, en la Habana, probablemente también de una infección intestinal.

     Mi abuelo Antonio, hombre muy trabajador, gana dinero en las zafras del tabaco y en las moliendas del Ingenio, retirándose de esos trabajos, se dedica al comercio de víveres.

     Se casa en Cuba, y la esposa muere al nacer una niña. Las desgracias no vienen separadas, con ello, pierde su comercio en un incendio, una noche de 1893, pudiendo perder la vida ya que entró al establecimiento imprudentemente, al tiempo que una garrafa de alcohol, hacía explosión.

     Viudo y desalentado por la tragedia vendió sus propiedades y no le quedó un palmo de tierra en el país que le había dado cobijo. -No me duele mi ruina, dijo antes de partir a México, dos años antes de la Guerra de Independencia,  en busca de fortuna; viajó en el barco "Nuestra Señora del Rosario" y arribó al puerto de Veracruz en donde se dedicó al comercio. Vendía vinos, licores y puros. En uno de sus viajes por el interior del estado de Veracruz llegó a Catemaco en donde conoció a la joven y hermosa         Olivia Mortera Aguirre (hija del último Alcalde del Porfiriato, Don Francisco D.Mortera Cinta), estableciéndose en  dicho lugar, donde inicia su nueva familia, teniendo 11 hijos, tres de ellos murieron muy pequeños. Tenía un terreno a 1 kilómetro del centro de la población, llamado “La Poza”, donde cultivaba frutos menores, tabaco y tenía su ganado vacuno. Este terreno lo compró en junio de 1904 por la cantidad de doscientos pesos a doña Bartola Hernández y a don Onofre Absalón. Diariamente iba a “La Poza”, y en la entrada implantó la “Cruz” en recuerdo de Santa Cruz de Tenerife, en sus Islas Canarias. Pasaba por el camino de Tataltetas, y trabajaba cultivando la tierra para sostener a su numerosa familia. Su casa céntrica y confortable, con amplias piezas y un gran patio donde estaba un pozo de agua limpia, árboles frutales, cultivo de verduras y gallinas.

     Los hijos que le sobrevivieron fueron: Esperanza, Hilda, Isabel, Pedro, Francisco, Carlos, Antonio y Manuel. (No recuerdo el nombre de la hija nacida en Cuba).

     Mi abuelo Antonio, era alto, robusto, con unas grandes manos, frente alta, pelo castaño oscuro, ojos café oscuro, usaba lentes, monedero, reloj de bolsillo y cinturón ancho. Era muy alegre pero sereno en sus resoluciones. Tomaba mucho café y fumaba puro; a veces pipa bañada en vino. Sus hijos y sus nietos le llamábamos “Papatoto”. Murió de cáncer en la garganta. Su esposa Olivia era bondadosa, fuerte, sana y alegre. Dueña de su hogar, excelente cocinera y todas sus actividades femeninas eran llevadas a cabo de excelente forma, se esmeraba en los panqués y fabricaba un chocolate casero de inmejorable calidad. Pero lo más importante en ella, era el amor que les daba a sus hijos.



     Esta es la biografía de mi abuelo paterno Antonio Mariano Rodríguez González, realizada por mi primo hermano Armando Ramírez Rodríguez en su libro “La Torre del Tiempo” en junio del 2003. Tiene muy pequeñas adiciones de su hermano Roberto Ramírez Rodríguez y mías.



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